Obsesiones que matan, enredos irreparables, lascivia, seducción, lujuria y sobre todo la pasión.
La vida la a golpeado de muchas maneras, principalmente con un matrimonio irremediablemente roto, ella, siendo una arquitecta de renombre y una diseñadora famosa, se adentra en el mundo de los negocios.
Creyendo que su vida no mejoraría más, su exesposo quien se desposo nuevamente con su amante, vuelve y pone su mundo de cabeza.
Y cuando todo no podía ser peor, un Coronel, un exnovio de años atrás quien se encuentra comprometido, se reencuentra con dicha mujer que le provoca de nuevo una obsesión que dañara a los que están a su alrededor.
Por eso, nadie sabía que los engaños fueran tan placenteros como lo que despertó en la fría Celine Blackwood y el indomable Coronel Alexander Morgan.
Después de todo, ¿Los amantes lograran tener su final feliz? ¿Podrán los Villanos de esta novela sobrevivir a las adversidades?
Trilogía "Hijos del Engaño"
Enemy to lovers.
Tomo 1
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Capítulo IV
La cólera era algo que lo tachada de violento, así era John Mayers, y lo peor del caso, es que la mujer que ahora mismo tomaba sus pertenencias para salir de aquel mismo lugar, ignorándolo olímpicamente.
Se colocó de pie para divisarla desde su posición, él la conocía, como el hecho de que su sola presencia la intimidad, pero ahora, no veía justamente eso. Aunque mucho tiempo, pero pocos años, reconocía el hecho de que la mujer aún era portadora de una gran belleza, una inigualable, labios carnosos de un rosado durazno, pómulos rosados, antes ella no mostraba sus pecas, pero ahora si, y la hacían lucir con un toque infantil.
Pero aun así su rostro seguía siendo el de una mujer elegante y bella, y su cuerpo, de eso no se diga, aun tenía esa figura de reloj de arena que le fascinaba, pero era menuda, podía asegurar que él era él doble de grande que ella. Su melena castaña, había crecido más de lo que ella lo trajo cuando decidieron casarse, ahora, su melena caía como una gran cascada cubriendo sus hombros hasta su cintura definida y delgada. La había recorrido tan descaradamente delante de ella, que logró ver sus ojos fijamente en los suyos.
—Terminaste, o deseas que me dé la vuelta, para que veas el resto
Dijo con una ceja alzada y un toque sarcasmo, que lo hizo pasar saliva violentamente ante su descaro, miró sus pies esporádicamente mientras masajeaba su mandíbula.
—No es como si no te hubiera visto ya, Celine
—Lo mismo digo John, pero verdaderamente me encuentro confundida, ¿No habías sido tu el que dijo que no nos volviéramos a encontrar?
—Las personas cambian Celine
—No lo creó, hasta cierto punto siguen siendo la misma persona, solo, que ocultan ese algo, que no desean que nadie más vea
Aquello provocó una reacción que desencadenó una serie de molestia en el hombre que sonrió, sus manos se posaron en sus caderas e intento acercarse a la mujer, pero esta no lo permitió al moverse al otro lado de la oficina. Si de algo estaba segura Celine Blackwood, era el hecho de que no lo quería cerca de ella.
—No lo hagas
—El que, ¿El alejarme?
—No, provocarme, tú sabes lo que ocurre, atiéndete a las consecuencias
—No, tú, atiéndete a las consecuencias John, el que seas el doble de grande que yo, que tengas una v*rga colgando entre tus piernas, no significa que yo sea inferior a ti, además tú viniste a mí, este es mi lugar, mi fortaleza, así que deja de verme y hablarme con tanta familiaridad, por qué cuando firmamos el divorcio dejamos de ser una familia
La manera, en que ella le había hablado, sin tapujos, sin pudor, sin miedo, pero tajante lo tomó por sorpresa, pues, le acaba de demostrar que no era la misma mujer de antes. Si no, que esa mujer, era una más sagaz, más precavida y sobre todo fría. En todo ese momento en el que estuvieron juntos, conversando, compartiendo tan pocas palabras, se dio cuenta de que en su rostro, no se manifestó alguna expresión y emoción. Le dejo claro las cosas y ante ese nuevo cambio de personalidad, ese cambio de vulnerabilidad a una más dominante.
—Celine
—No, señora Blackwood para ti, ahora si me lo permite, tengo otros asuntos que atender, en la brevedad le atenderé uno de nuestros arquitectos y un diseñador, por favor hágale saber sus opiniones, que tenga buena tarde
Dijo sin más preámbulo para encaminarse a la puerta y salir de aquello que la tenía tan alterada, pero se vio frustrado su plan de huida, al sentir como una mano grande y fuerte se apoderó de su codo con brusquedad jalando de ella en dirección contraría. La tomó del otro codo y la pego a su pecho con fuerza, escondiendo su rostro en el cuello de Celine, quien empezó a forcejear por intentar liberarse y poner la distancia debida.
—Suéltame, que crees que estás haciendo...
Jadeo con dolor, al sentir un mordisco en su piel sensible mientras empujaba su pecho con insistencia.
—Que ocurre, no te gusta, antes te fascinaba
La tonalidad de su voz fue en parte con burla y sorna, en su rostro, una sonrisa traviesa se mostró. Lo había provocado, le encantaba el simple hecho de que una mujer se resistiera ante él, verla más madura, más dominante, encendió su lívido, beso su cuello con nostalgia, antes lo tenía a su disposición, pero ahora le era más exquisito, le era, más prohibido, que no hizo más que exitarlo.
Los besos fogosos del rubio no eran para nada gentiles, el frío de su salida estaba provocando escalofríos, sus manos que la abrazaban sujetándola por la espalda eran morbosas y eso la asqueaba, sin ninguna oportunidad, y, dejando que las palabras "por favor" "para" se perdieron, para dar vía libre a su enojo. Acúmulo la fuerza en uno solo de sus brazos y al alejarlo por una milésima de segundos, lo aprovecho y abofeteo con una fuerza estridente, tanto así, que la palma de su mano dejó la huella en su piel blanca que había provocado que su rostro se girará hacia la derecha.
Aparto sus manos, y no se quedó a averiguar si se haya bajado molesto con ella o no, tomó el bolso del suelo que había caído antes y salió de la oficina casi corriendo.
No se quedaría a averiguar si estaba molesto por el atrevimiento que tuvo al abofetearlo, pero se lo tenía merecido, esos ojos lujuriosos miraban a una mujer que no era su esposa, él le había sido infiel, después de haberla moldeado a su gusto, vestirla a su gusto, convertirla en una mujer que no era, él, no fue tan santo y mantuvo quieto aquello que colgaba entre sus piernas.
Se protegió en aquellas cuatro paredes metálicas y solo ahí se permitió suspirar con pesadez. Aquello la tomó por sorpresa, jamás imagino que él, quien se había casado con su amante por amor, estuviera así de duro y deseoso por ella, no, no podía creer aquella locura.