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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:882.1k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 35

Capítulo 35

Bajé la mirada.

No sabía cómo explicarlo sin sonar fría.

Sofía, con todo y el drama fresco, no pensaba soltarme.

—A ver —dijo, limpiándose la nariz con una servilleta—. Ya están casados, viven juntos, duermen juntos...

—No empieces.

—Ya empecé. ¿No piensas intentar algo con él?

Me quedé callada.

—Digo, si entre ustedes hubiera algo real, tu matrimonio estaría más firme. Tú serías la señora Montalvo de verdad, no sólo en papel.

—No he pensado tan lejos.

—Pues piensa tantito.

Suspiré.

—Sofía, los sentimientos no funcionan por ganas. Si Dante no siente nada por mí, no importa cuánto lo intente.

—¿Y cómo sabes que no siente nada?

La miré.

Ella levantó las manos.

—Perdón, pero el hombre te llevó al hospital, te cuidó toda la noche, se enferma y tú lo cuidas, te llama si no llegas...

—Porque soy su esposa.

—Ajá.

—En serio. Dante es responsable. Mucho. Si se casó conmigo, va a cumplir el papel de esposo. Eso no significa que esté enamorado.

La palabra enamorado me incomodó apenas la dije.

La empujé lejos.

—Si su esposa fuera otra mujer, también la cuidaría —añadí—. Él es así. Correcto. Cuida lo que considera suyo, cumple lo que le toca, no deja tiradas sus responsabilidades.

Sofía me miró con los ojos hinchados.

—Qué bonito lo defiendes para decir que no te importa.

—No lo defiendo.

—Claro.

—Sólo estoy siendo realista.

Revolví la sopa aunque ya no necesitaba revolverla.

—Ahora estamos bien. No nos pedimos cosas imposibles. Mantenemos el matrimonio, convivimos, nos respetamos...

—Y cogen.

—Sofía.

—Perdón. Dato importante.

Me tapé la cara un segundo.

—Si yo me meto emocionalmente, voy a querer más. Y si quiero más, me va a doler cuando él no pueda darlo.

Sofía no respondió enseguida.

Yo miré el plato.

—Dante está acostumbrado a mandar, a controlar, a vivir con sus propias reglas. No creo que quiera una esposa colgándose de sentimientos que él no pidió.

—¿Y tú qué quieres?

Esa pregunta fue peor.

Porque por un segundo no tuve respuesta.

Pensé en su mano sobre mi cabeza esa mañana.

En su boca cerca de mi oído.

En la forma en que había esperado mi llamada.

En su cama.

En su cuerpo caliente.

En todo lo que no debía pensar mientras Sofía lloraba por un hombre infiel.

—Quiero estar tranquila —dije al fin.

Sofía suspiró.

—Neta, qué disciplinada eres. Yo en tu lugar ya estaría perdida.

Sonreí apenas.

No le dije que quizá yo no estaba tan lejos.

Después de cenar, recogimos los platos. Me bañé en su departamento y me prestó una camisola. Sofía y yo teníamos cuerpos parecidos, así que su ropa me quedaba sin problema.

Nos acostamos juntas.

Ella habló.

Mucho.

De cómo conoció a Adrián en la universidad. De cómo él la buscó casi un año. Flores. Desayunos. Mensajes largos. Esperarla bajo la lluvia. Promesas ridículas que en ese momento sonaban perfectas.

—Me decía que yo era la mujer de su vida —susurró Sofía, mirando el techo—. Que no iba a querer a nadie más.

Yo no supe qué decir.

Tal vez Adrián sí la quiso cuando se lo dijo.

Tal vez no mentía en ese momento.

Tal vez el problema de algunas promesas era que sólo duraban lo mismo que el amor de quien las hacía.

—Los hombres dicen lo que sea para tenerte —dijo Sofía—. Y cuando ya te tienen, les vale.

Le acaricié el brazo.

—No todos.

—Hoy no me digas eso.

—Está bien.

—Hoy todos.

—Hoy todos.

Volvió a llorar.

Lloró hasta que se le acabó la fuerza.

Después se quedó dormida con la cara hinchada y una mano apretando mi brazo.

Yo seguí despierta.

La miré dormir y sentí una incomodidad fría en el pecho.

No quería terminar así.

No quería ser una mujer rota en una cama ajena, repasando promesas que ya no servían.

Si el amor podía hacerte eso, tal vez lo más inteligente era no darle tanta entrada.

Con Dante, lo mejor era quedarme donde estaba.

Ser su esposa.

Cumplir.

No pedir más.

No soñar de más.

Cerré los ojos y me obligué a dormir.

A la mañana siguiente desperté atrapada.

Sofía me tenía abrazada con brazos y piernas, como si yo fuera almohada de cuerpo completo. Por un segundo, medio dormida, pensé que estaba en la cama de Dante.

Me quedé quieta.

No.

Sofía era más ligera.

Y menos caliente.

Y no olía a jabón amaderado ni tenía brazos duros que me hicieran sentir ridículamente segura.

Qué tontería.

Me moví con cuidado.

Sofía murmuró algo y me apretó más.

Intenté dormir otra vez. Era sábado, no tenía oficina, podía quedarme en cama. Pero ella me tenía en una posición imposible y el sueño ya se había ido.

Me liberé poco a poco, salí de la cama y fui al baño.

Me lavé la cara.

Me cepillé los dientes.

Luego tomé mi celular y salí a la sala para no despertarla.

Me senté en el sofá.

Abrí los mensajes de ayer.

Dante.

`Ya son las siete. ¿Por qué no has llegado?`

`¿Te quedaste trabajando?`

Dos frases cortas.

Muy él.

Frías en apariencia, pero...

No.

No iba a ponerme a leer intenciones entre líneas.

Al final le había llamado. Ya estaba.

Seguro doña Rosa le insistió para que preguntara.

Busqué el contacto de doña Rosa y le escribí:

`Doña Rosa, creo que no voy a volver tan pronto. No me prepare desayuno.`

Envié el mensaje y me levanté para preparar algo sencillo.

Dante bajó poco después a desayunar.

Había trabajado en el estudio hasta pasada la una de la mañana. Luego fue a la recámara, se acostó y durmió mal. Otra noche sin Ximena. Otra noche con la cama demasiado grande y el silencio demasiado quieto.

Al despertar, tenía la cabeza pesada.

No era fiebre.

Era falta de sueño.

Tomó el celular por reflejo y abrió la conversación con Ximena.

Nada nuevo.

Sólo sus propios mensajes de la noche anterior.

Dante dejó el celular sobre la mesa de noche con el ceño marcado.

Al bajar, doña Rosa ya tenía el desayuno servido: café, fruta, un sándwich caliente y pan dulce.

Una sola porción.

Dante se quedó mirando la mesa.

—¿Sólo una?

Doña Rosa levantó la vista.

—La señora Ximena no está en casa, señor.

—Ya sé.

Doña Rosa lo miró con discreción.

—Además, me mandó mensaje hace ratito. Dijo que no le prepare desayuno, que no vuelve tan pronto.

Dante levantó la mirada.

—¿Te mandó mensaje?

—Sí, señor.

Dante guardó silencio.

El teléfono de él no había sonado.

Ni vibrado.

Nada.

Ximena le había avisado a doña Rosa.

No a él.

—¿Dijo cuándo vuelve?

—No.

Dante apoyó los dedos sobre la mesa y dio un par de golpes suaves. Ordenado. Seco.

—Llámala.

Doña Rosa parpadeó.

—¿Yo?

—Sí.

—Señor Dante, si usted quiere saber cuándo vuelve, puede llamarle usted.

—Te escribió a ti.

Doña Rosa se quedó callada.

Lo miró.

Él no cambió la cara.

Pero ella entendió bastante.

—Claro, señor.

Sacó el celular y me llamó.

Yo acababa de preparar huevos con tortillas para Sofía y para mí. Iba a despertarla cuando sonó el teléfono.

—Hola, doña Rosa.

—Señora Ximena, buenos días. ¿Cuándo vuelve a casa?

—No sé todavía. Cuando Sofía esté un poco más estable.

Hubo un pequeño silencio.

Luego escuché la voz de doña Rosa, más lejos:

—Señor Dante, dice la señora Ximena que no sabe cuándo vuelve.

Me quedé inmóvil.

¿Señor Dante?

—¿Dante está ahí?

—Sí, señora. Él me pidió que le llamara para preguntar.

Mi mano apretó el celular.

—Ah.

Doña Rosa añadió, con una tranquilidad criminal:

—La extraña mucho. Anoche casi ni cenó.

—¿Qué?

—Doña Rosa —dijo Dante al fondo.

Su tono.

Seco.

Advertencia pura.

Doña Rosa sonó sinceramente confundida:

—¿Qué dije mal, señor?

Me ardió la cara.

No.

No iba a creer eso.

Doña Rosa estaba bromeando.

Seguro.

—Doña Rosa, ¿me lo pasa?

—Claro.

Hubo movimiento.

Luego la voz de Dante.

—Hola.

Me recorrió un cosquilleo por la oreja.

Ridículo.

Era sólo una voz.

—Tú... ¿querías saber cuándo vuelvo?

—Sí.

—No sé todavía.

—Si vas a volver para comer, puedo decirle a doña Rosa que prepare algo para ti.

—Yo le aviso a ella.

Silencio.

Ay.

Lo dije sin pensar.

—Digo, para que no prepare de más —agregué.

—Ajá.

—¿Hay algo más?

Dante tardó un segundo.

—¿Cómo está tu amiga?

Miré hacia la recámara.

—Mal. Lloró mucho anoche. Pero ya durmió.

—¿La acompañaste toda la noche?

—Sí.

—Ya veo.

Su voz sonó más baja.

—Quédate con ella entonces.

—Eso pensaba. Como es fin de semana, quizá la saco a caminar o a comprar algo. Para distraerla.

Otro silencio.

—¿Todo el fin de semana?

—Tú dijiste que me quedara con ella.

—Sí.

Pero ese sí no sonó tan sí.

—¿Descansaste bien? —preguntó después.

—Sí. No te preocupes.

—Bien.

La llamada quedó abierta.

Ninguno habló.

Yo escuchaba su respiración al otro lado. Pesada, contenida. Pensé en colgar, pero se me hizo grosero.

Entonces pregunté lo primero que se me ocurrió:

—¿Ya no tienes fiebre?

—No.

La respuesta salió inmediata.

Y algo cambió en su voz.

Se aligeró.

Como si esa pregunta le hubiera gustado.

—Aunque ya no tengas fiebre, no te confíes —dije—. Sigue tomando agua.

—Sí.

—Y pídele a doña Rosa que te prepare más agua de pera. La tos no se quita de un día para otro.

—Sí.

—Come bien. Nada de café nada más. Fruta, verduras, algo con vitaminas.

—Está bien.

—Y descansa.

—Ajá.

—Y haz ejercicio.

Dante hizo una pausa.

Luego dijo, con esa voz baja que me daba problemas:

—Si tú no estás, ¿cómo hago ejercicio?

Me quedé muda.

El calor me subió hasta las orejas.

—Me refería a ejercicio normal.

—Yo también.

Mentiroso.

—Voy a desayunar —solté rápido—. Cuelgo.

Colgué antes de que dijera otra cosa.

Apoyé el celular contra mi pecho y respiré hondo.

No.

No iba a sonreír.

No iba a pensar en su tono.

No iba a acordarme de esa mañana en su cama.

Me di unas palmadas en la cara y fui a despertar a Sofía.

Dante se quedó mirando el celular de doña Rosa.

La llamada ya se había cortado, pero la sonrisa seguía ahí. Pequeña. Tonta. Imposible de justificar con trabajo, fiebre o responsabilidad matrimonial.

Podía imaginar a Ximena roja, con los ojos abiertos, colgando rápido para escapar de su propia vergüenza.

La imagen le dejó una calidez absurda en el pecho.

Doña Rosa tosió.

—Señor Dante.

Él parpadeó.

—¿Sí?

—Mi celular.

Dante miró el aparato en su mano.

—Ah.

Se lo devolvió.

Doña Rosa lo tomó y se guardó la sonrisa.

O lo intentó.

—Escuché lo de la señora Ximena —dijo él, acomodándose como si recuperara autoridad—. Quiere que prepare más agua de pera.

—Sí, señor.

—También dijo que tome agua.

—Y que coma frutas, verduras, que descanse y que haga ejercicio.

Dante levantó apenas la ceja.

Doña Rosa no pudo evitarlo:

—Se nota que la señora Ximena está preocupada por usted. Aunque esté cuidando a su amiga, se acuerda de su garganta, su comida y hasta de su ejercicio.

Dante bajó la mirada a la mesa.

La comisura de su boca volvió a moverse.

—¿Está preocupada por mí?

Doña Rosa lo miró.

El señor Dante, serio, elegante, dueño de media calma del mundo, estaba preguntando eso como si necesitara oírlo dos veces.

Ella sonrió.

—Mucho, señor.

1
Cliente anónimo
Que hermosa historia, me encantó. Felicidades
Paola castro
perdón pero dijo primero la compre antes de la boda y ahora dice la compré hace 2 años que se ponga de acuerdo
Maritza
me encantó
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Esa frase se puede interpretar en otro sentido. 😂😂😂😂😂🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Pero ella aceptó sin chistar. Parece una niñita , esperando que le digan qué hacer.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Angelica Tamayo
me parecio hermoso por eso quiero una segunda parte por que nos quedamos esperando cuando aparecerian de nuevo los padres de ximena
Ofelia Juarez
Lo que pasa es que sus padres la minimizaron y ella no pudo madurar bien se sientehindegur😭a
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Raquel Privitera
ya dije q es una pesadilla 80 c de lo mismo es cansador yo no se si es o se hace👿👿👿
Raquel Privitera
esta mujer es una pesadilla 👿👿
Raquel Privitera
me enferma esa mujer no es más tonta x q no se prepara me da rabia parece una nena caprichosa no una mujer 👿👿👿👿👿👿👿👿
Liliana García
Mejor déjalo, que ya cambié esa actitud por favor!!!
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Como que ese comentario ya cae mal
Liliana García
Sólo cuando vas de compras se te olvida 🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Ya cae mal, le cuesta acostumbrarse y como no dice eso a los regalos 🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Al paso que van creó que pasará 1 año 🤣🤣🤣
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣 me recordó a mi marido, no a ese extremo pero él es así
Liliana García
Hasta que me topo a un papá que no solapa
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