Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 35 EL DOLOR.
Maya se quedó sin aliento.
—¿Usted lo ayudó?
—Le abrí la puerta. Esa noche, después de que apuñalara al cuidador, Dante salió corriendo. Estaba en shock. Lleno de sangre. No sabía dónde ir. Yo lo agarré del brazo, lo saqué por la puerta trasera, y le dije: "Corre. No mires atrás. Corre". Y él corrió.
—¿Y usted? ¿Qué pasó con usted?
—Me quedé. Dije que había encontrado el cuerpo. Que no sabía nada. Me creyeron, o hicieron como que me creían. A nadie le importaban los niños de esa casa. Éramos invisibles.
Ernesto bajó la mirada.
—Nunca supe qué fue de Dante. Hasta que empecé a verlo en las noticias. El mafioso. El hombre temido. El que había salido de la nada y lo había conquistado todo. Y pensé: ese es el niño al que ayudé a escapar. Ese es el niño que mató para defenderse. Y me pregunté si estaría orgulloso de mí. O si me odiaría por no haber hecho más.
—Usted le salvó la vida —dijo Maya—. No puede odiarlo por eso.
—Quizá —respondió Ernesto—. Pero no vine a hablar del pasado. Vine a advertirles. Augusto Valente me contactó. Me ofreció dinero para declarar en contra de Dante. Para decir que lo vi matar a sangre fría, que no fue defensa propia, que es un asesino desde niño.
Maya sintió que se le helaba la sangre.
—¿Va a hacerlo?
—No —respondió Ernesto, con una firmeza que contrastaba con su aspecto frágil—. No voy a hacerlo. Pero quería que supieran que Valente está dispuesto a todo. Va a remover el pasado de Dante. Va a buscar testigos falsos, pruebas inventadas, cualquier cosa para destruirlo. Y necesitan estar preparados.
—¿Por qué nos advierte? —preguntó Maya—. ¿Qué gana con eso?
Ernesto la miró. Sus ojos azules, cansados, brillaron con algo que parecían lágrimas.
—Porque ese niño merece ser feliz —dijo—. Después de todo lo que pasó, después de todo lo que sufrió, merece una vida. Y usted, señora, usted es su oportunidad. Lo vi en la televisión, en la conferencia de prensa. La forma en que la miraba. Nunca había visto a Dante Carusso mirar a nadie así. Usted es lo mejor que le ha pasado. Y no voy a permitir que Valente se lo quite.
Maya no supo qué decir. Se levantó, se acercó a Ernesto, y le tomó las manos entre las suyas.
—Gracias —dijo—. Gracias por haberlo salvado entonces. Y gracias por querer salvarlo ahora.
Ernesto asintió, sin soltar sus manos.
—Cuídelo —dijo—. Él no sabe pedir ayuda. Pero la necesita.
—Lo sé —respondió Maya—. Y lo haré. Siempre.
*_*
Dante llegó media hora después.
Cuando entró en la biblioteca y vio a Ernesto, se quedó paralizado en el umbral. Su rostro, normalmente impenetrable, se transformó en un mapa de emociones contradictorias: sorpresa, incredulidad, algo que parecía miedo.
—¿Ernesto? —dijo, con una voz que apenas reconocía—. ¿Eres tú?
El hombre mayor se puso de pie. Lo miró con los ojos brillantes.
—Hola, Dante. Ha pasado mucho tiempo.
Dante no se movió. Parecía una estatua, como si acercarse fuera a romper el hechizo.
—¿Cómo me encontraste?
—Siempre supe dónde estabas —respondió Ernesto—. Te seguí en las noticias. En los periódicos. Vi cómo crecías, cómo te volvías poderoso, cómo te convertías en el hombre que eres hoy. Nunca me atreví a acercarme. Pensé que no querrías saber nada de ese pasado.
—¿Y por qué ahora?
—Porque Valente me contactó. Me ofreció dinero para mentir sobre ti. Para decir que lo del cuidador no fue defensa propia. Para hundirte.
La mandíbula de Dante se tensó.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que no —respondió Ernesto—. Y vine a advertirte. Valente va a remover todas las piedras. Va a buscar a todos los que estuvimos en esa casa. Algunos hablarán por miedo. Otros, por dinero. Necesitas estar preparado.
Dante dio un paso al frente. Luego otro. Cerró la distancia que lo separaba de Ernesto y lo miró a los ojos.
—¿Por qué haces esto? —preguntó—. ¿Por qué arriesgas tu vida por mí? Valente puede hacerte daño.
Ernesto sonrió. Era una sonrisa triste, arrugada, pero genuina.
—Porque aquella noche, cuando te abrí la puerta, te hice una promesa en silencio. Te prometí que si sobrevivías, yo haría todo lo posible para que no tuvieras que volver a pasar por algo así. No pude cumplirla durante treinta años. Pero ahora puedo. Y voy a hacerlo.
Dante lo miró un largo momento. Luego, sin decir una palabra, lo abrazó.
Fue un abrazo torpe, extraño, el abrazo de dos hombres que no estaban acostumbrados a la ternura. Pero duró. Y cuando se separaron, los dos tenían los ojos húmedos.
—Quédate —dijo Dante—. Aquí. En la mansión. Valente no te encontrará.
—No puedo —respondió Ernesto—. Tengo una vida. Una esposa. Un hijo. Si desaparezco, Valente sospechará. Pero te daré todo lo que sé. Los nombres de los otros niños de la casa de acogida. Los que Valente va a contactar. Y tú puedes llegar a ellos antes.
Dante asintió.
—Dame los nombres.
Ernesto sacó un papel doblado del bolsillo interior de su chaqueta. Lo tendió a Dante.
—Ahí están todos. Los que recuerdo. Algunos ya murieron. Otros desaparecieron. Pero los que quedan… los que quedan pueden ayudarte. O pueden hundirte. Depende de a quién llegues primero.
Dante tomó el papel. Lo guardó en el bolsillo de su chaqueta, cerca del corazón.
—Gracias, Ernesto. No sé cómo pagarte.
—Ya me pagaste —respondió Ernesto—. Sobrevivir. Eso es todo lo que necesitaba.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias