Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.
Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.
Hasta que un día dejó de aguantar.
Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.
Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.
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Capítulo 35
Con los dedos ligeramente temblorosos, Valentina encendió el celular que llevaba varios días apagado a propósito. La pantalla cobró vida despacio y una cascada de notificaciones inundó la parte superior. Pero no fue eso lo que le apretó el pecho. Lo que le cortó la respiración fue un solo nombre que no dejaba de darle vueltas en la cabeza: Andrés.
Por alguna razón, algo tan sencillo como presionar el botón de llamada bastaba para que el corazón se le desbocara. Era extraño. Igual que entonces. Igual que aquella primera vez, hacía ya tanto tiempo, cuando se había armado de valor para llamarlo después de días enteros esperándose el uno al otro en silencio.
Valentina soltó un suspiro largo. Frente a ella, Santiago y Mateo estaban sentados muy derechos sobre la cama. Los dos clavaban la mirada en el celular con los ojos brillantes, como si aquel aparato fuera la puerta hacia alguien a quien extrañaban con todo el corazón.
—¡Mami, rápido! —Mateo se acercó jalándole el brazo—. Llama a papi.
—Ya, espérate tantito —contestó Valentina con una sonrisa tenue.
Santiago también se arrimó. Aunque intentaba aparentar calma, la mirada le delataba la misma ilusión.
Valentina tragó saliva antes de pulsar el ícono de la cámara.
Tuut... Tuut... Tuut...
Antes de que la pantalla mostrara rostro alguno, Mateo ya agitaba la mano con entusiasmo desmedido.
—¡Hola, papiii!
Santiago se rio tanto que los hombros le temblaban.
—Todavía no conectó, enano.
Mateo parpadeó confundido y volvió a mirar la pantalla.
Valentina soltó una risita suave. Hacía mucho que no presenciaba algo tan simple como aquello. Ver a sus hijos reírse sin ninguna carga encima.
—Esperen —murmuró con ternura mientras le besaba la coronilla a Mateo—. Ya está sonando. Solo hay que esperar a que papá conteste.
Esperaron con paciencia hasta que la pantalla dejó de sonar. Nadie respondió.
La sonrisa de Santiago se fue desvaneciendo poco a poco. Mateo, en cambio, empezó a golpear la pantalla con el dedo, convencido de que el rostro de su padre aparecería así.
Valentina se apresuró a marcar de nuevo.
—¡Vamos a intentar otra vez!
El resultado fue el mismo. Andrés no contestó.
—¿Por qué no contesta, mamá? —preguntó Santiago en voz baja.
Valentina forzó una sonrisita a pesar de que algo incómodo y difícil de explicar le empezaba a llenar el pecho.
—A lo mejor papá está en el baño. Por eso no escuchó el teléfono.
Santiago asintió despacio. El niño se quedó pensando unos segundos antes de recargarse en el hombro de su madre.
—Papá cuando va al baño se tarda un montón —dijo encogiéndose de hombros con toda naturalidad.
Valentina volteó a mirarlo. Un segundo de silencio. Y luego no pudo contener la carcajada.
Mateo también se rio, aunque era evidente que no entendía el chiste.
Entre aquellas risas pequeñas, el corazón de Valentina, sin embargo, dolió más. Porque detrás de esas costumbres absurdas y cotidianas había alguien a quien sus hijos extrañaban profundamente. Alguien que ella misma se había esforzado por borrar de sus pensamientos.
En otro lugar, Andrés no tenía la menor idea de que alguien lo había estado esperando al otro lado de una pantalla. Estaba en la habitación de Mateo.
El piso estaba cubierto de ropa infantil separada con cuidado. Camisetas pequeñas, shorts, carritos de juguete del menor.
De vez en cuando se detenía. Sus dedos recogieron una playera azul de Santiago. La contempló unos instantes. Y sin darse cuenta, la acercó a su rostro.
Cerró los ojos. Todavía conservaba el aroma de su hijo. El pecho se le comprimió de golpe. Abrazó la prenda despacio, como si estuviera abrazando al niño de verdad.
—Te extraño, campeón —susurró Andrés con la voz rota.
Una casa tan grande se sentía de pronto como un cascarón vacío. No había pisadas diminutas ni risas infantiles. No estaban los gritos de Mateo corriendo con un juguete en la mano. No estaba Santiago quejándose de que su hermano le había desarmado el lego. Y no estaba Valentina regañándolos a los dos por dejar la casa patas arriba.
Aquella noche terminó de empacar solo. Metió la ropa prenda por prenda en una maleta grande mientras tragaba el nudo que llevaba horas atorado en la garganta.
Esa noche, sin pensarlo, eligió dormir en la cama de Santiago. En aquella cama pequeña. Con la cobija que todavía conservaba el olor de su hijo. Sin saber que alguien lo había llamado varias veces durante la noche.
A la mañana siguiente, el ambiente se sentía mucho más sombrío. Santiago estaba sentado a la mesa del desayuno con la cara hundida entre los hombros. Normalmente era el primero en atacar la comida que preparaba su madre. Pero esa mañana no. Solo movía la cuchara de un lado a otro sin llevársela a la boca.
Valentina lo observó en silencio.
—¿Qué tienes, mi amor?
No hubo respuesta.
—Santiago.
El niño levantó la cara despacio. Y cuando Valentina le vio los ojos, el pecho se le encogió como si alguien se lo estuviera estrujando. Tenía los ojos llorosos.
—Mamá... —la voz de Santiago apenas se escuchó—. ¿Papá ya se olvidó de nosotros?
La pregunta era sencilla, pero le pegó a Valentina como un puñetazo en el esternón. ¿Cuánto los tenía que extrañar Santiago para llegar a pensar algo así?
—Eso no puede ser, hijo —respondió Valentina mientras le acariciaba la cabeza con suavidad—. Seguro papá estaba trabajando hasta tarde y no encontraba su celular.
—¿Por qué no vamos a verlo, mamá? —insistió Santiago.
El cuerpo de Valentina se tensó al instante. La palabra "volver". Esa sola palabra la jaló de regreso a la noche que se había empeñado en sepultar con todas sus fuerzas.
Si recordaba lo que pasó aquella noche, no quería volver a acercarse a ellos jamás. La herida seguía abierta. Los dedos de Valentina se cerraron en un puño sobre la mesa sin que se diera cuenta.
Santiago agachó la cabeza todavía más. Sintió que había hecho algo que entristeció a su mamá.
—¿Te puse triste, mamá? —preguntó con la voz cada vez más pequeña.
Valentina reaccionó de golpe. Volteó rápido. Los ojos del niño rebosaban culpa. Como si creyera que acababa de cometer un error terrible.
El corazón de Valentina se le encogió al instante. Su hijo estaba cargando una herida que no le correspondía.
Valentina lo atrajo hacia ella y lo abrazó con fuerza.
—No, mi amor.
Le acarició la espalda despacio.
—No estoy triste por ti.
Santiago se quedó quieto.
—Vamos a intentar llamar a papá otra vez, ¿sí?
Poco a poco, el niño asintió entre sus brazos.
Mientras tanto, frente a la casa que pronto dejaría de ser suya, Andrés contemplaba las maletas ya trasladadas al patio. Un amigo acababa de partir rumbo al nuevo departamento alquilado.
Varios vecinos permanecían cerca de la reja. Sus rostros reflejaban cierta tristeza contenida. Andrés siempre había sido cercano con ellos. Ayudaba sin que se lo pidieran. Llevaba vecinos al hospital cuando hacía falta. O simplemente los saludaba cada vez que se cruzaban. Por eso su partida entristecía a más de uno.
—Pobre de Andrés, tener que vender la casa y el auto para pagar la pérdida en la empresa —cuchicheó una vecina.
—Ay, yo pensé que vendió todo por mantener a toda su familia: a los hermanos y a los padres —respondió otra.
—Bueno, qué se va a hacer. Es el mayor y gana bien; lo terminaron convirtiendo en el sostén de todos —murmuró la primera.
—¿En serio? No lo sabía.
—Es un secreto a voces por aquí. Doña Carmen venía casi diario a pedirle esto y aquello... incluyendo dinero.
Andrés soltó un suspiro largo. La mandíbula se le endureció. ¿Molesto? Por supuesto. A nadie le gusta que su vida sea el chisme del vecindario. Pero lo que más le irritaba era que todo fuera cierto. Y que quizá todo ese tiempo estuvo tan ocupado cubriendo las necesidades de su familia, que se olvidó de cuidar a quienes tenía más cerca.
De pronto se detuvo en seco. Arrugó el ceño.
—¿Y mi celular?
Se palpó los bolsillos del pantalón. Vacíos. La chamarra también. El gesto le cambió.
—¡Cielos!
Dio media vuelta y entró de prisa a la casa. Cruzó la sala, la cocina, el cuarto principal. Al entrar, sus ojos encontraron el aparato negro sobre el buró.
Andrés exhaló aliviado.
—Ahí estaba.
Tomó el celular y presionó el botón de encendido. La pantalla se iluminó. Unos segundos después, el rostro de Andrés se congeló.
Una tras otra, las notificaciones fueron apareciendo. Llamadas perdidas. Videollamadas. Varias.
Las manos de Andrés se enfriaron de golpe. La mirada se le clavó en el nombre que brillaba en la pantalla: Valentina.
Abrió los ojos de par en par.
—¿Qué...?
El corazón le empezó a martillar. Valentina lo había llamado la noche anterior. Varias veces. Una oleada de felicidad le calentó el pecho tan rápido que apenas tuvo tiempo de sentirla, porque al instante siguiente el arrepentimiento le cayó encima con mucha más fuerza.
—No puede ser... —Se restregó la cara con brusquedad. Valentina seguramente habría pensado de todo. Los niños también debieron estar esperándolo.
Andrés miró la pantalla unos segundos. Luego buscó el número a toda prisa.
—Tengo que devolverle la llamada —los dedos le temblaban al presionar el botón—. Ojalá todavía quiera contestarme.