Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 34
...Val....
Las fotos aparecieron un viernes.
Las vi en el teléfono de Paty, que me lo puso en la cara durante el descanso del turno con expresión de "necesitas ver esto antes que nadie".
Eran dos fotos. La primera: yo sentada frente a Octavio Heredia, el notario, en el restaurante La Perla. La segunda: la misma escena pero desde otro ángulo, con Adrián Herrera de pie junto a mi mesa, inclinándose hacia mí, con la mano extendida sosteniendo una tarjeta.
Debajo de las fotos, un titular en una cuenta de chismes de redes sociales: "Valentina Mendoza, hija del empresario Fernando Mendoza, captada en cena íntima con dos hombres desconocidos. ¿Doble vida?"
Cena íntima. Dos hombres. Doble vida.
—Es basura —dije, devolviéndole el teléfono a Paty.
—Ya lo sé, pero tiene cuatro mil compartidas.
—No me importa.
Sí me importaba. No por la reputación — eso me tenía sin cuidado. Me importaba porque alguien me había fotografiado sin que yo lo supiera. Alguien me estaba vigilando. Y las únicas personas que tenían razones para vigilarme eran mi padre y Luciano.
A las tres de la tarde, mi padre me llamó. Contesté porque necesitaba escuchar su tono para saber cuánto sabía.
—Valentina, ¿qué es esa porquería que está circulando en las redes?
—Una foto mía comiendo en un restaurante, papá. No es pornografía.
—¿Quién es el viejo? ¿Y el otro?
La voz de mi padre era aguda. Nerviosa. No estaba enojado por las fotos en sí — estaba asustado. Y Don Fernando Mendoza asustado significaba que algo en esas fotos le tocaba un nervio que no quería que nadie tocara.
El notario. Octavio Heredia. La misma persona que manejaba los bienes de la familia Aranda.
Mi padre tenía miedo de que yo supiera.
—Son conocidos —dije—. No te preocupes.
—¿Conocidos de qué? ¿Qué hacías con un notario?
—¿Cómo sabes que es notario?
Silencio. Se delató solo.
—Valentina, si estás metiendo las narices en cosas que no te corresponden—
—Me corresponde todo lo que tenga que ver con mi madre, papá. Ya te lo dije.
Colgué. Me temblaban las manos. Pero no por el espasmo — por la certeza. Mi padre sabía que yo estaba buscando. Y si sabía, iba a moverse para tapar lo que no quería que yo encontrara.
Le mandé un mensaje a Quiroga: «Mi padre sabe. Acelere lo que pueda.»
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...Seb....
Vi las fotos a las cuatro de la tarde. Marcos me las mandó con un "¿viste esto?" que no merecía respuesta.
Las miré. Val con el notario. Val con el tipo del saco mostaza. Los titulares inventados. La basura de siempre.
No sentí celos. No esta vez. Sentí algo peor: la certeza de que alguien le estaba haciendo esto a propósito. Alguien con acceso a fotógrafos, a cuentas de chismes, a prensa amarillista. Alguien que quería ensuciar a Val en público.
Abrí mi computadora. Llamé a Daniela.
—Necesito que investigues algo —dije—. Quiero saber quién está detrás de las fotos que circularon hoy de Valentina Mendoza. Qué cuenta las publicó, quién la financia, quién tomó las fotos.
—¿Es relevante para Grupo Cielo?
—Es relevante para mí.
Pausa.
—Lo investigo. ¿Algo más?
—Sí. Busca todo lo que haya sobre Elena Aranda de Mendoza. Especialmente los últimos días antes de su accidente. Registros médicos, registros policiales, notas de prensa. Todo.
—¿Elena Aranda? ¿La madre de Valentina?
—Sí.
—Sebastián, ¿qué estás buscando?
—La verdad.
Colgué. Abrí el navegador. Y busqué lo que llevaba días queriendo buscar pero no me atrevía.
"Elena Aranda accidente doméstico investigación".
Los resultados fueron escasos. Una nota de periódico de hacía diez años. Una mención en un boletín policial. Y un dato que se me clavó en el pecho como un clavo:
"El caso fue cerrado sin cargos. La caída fue clasificada como accidental."
Clasificada como accidental. No confirmada. No probada. Clasificada.
Alguien decidió que fue un accidente. Alguien con suficiente poder para cerrar un caso.
Seguí buscando. Y en el fondo de una página de resultados, en un blog judicial que archivaba expedientes públicos, encontré un documento escaneado. Una constancia del Registro Civil, fechada setenta y dos horas antes del "accidente" de Elena Aranda.
Un proyecto de convenio de divorcio y una solicitud preparada para iniciar el proceso. Elena Aranda de Mendoza había decidido divorciarse de Fernando Mendoza. Tres días antes de caer de un segundo piso.
Cerré la computadora. Me quedé mirando la pantalla negra.
Val no sabía esto. O tal vez sí lo sabía y era lo que la estaba destruyendo por dentro. De cualquier forma, lo que estaba viendo era un cuadro que se armaba solo: una mujer que quiere divorciarse, un esposo que la controlaba, una "caída" sospechosa, un caso cerrado sin investigación.
Y una hija que llevaba diez años cargando con todo esto sin que nadie la ayudara.
Agarré el teléfono. Marqué el número de Val.
—Hola —contestó.
—¿Viste las fotos?
—Sí.
—¿Estás bien?
—Sí. Son inventos.
—Lo sé. —Pausa—. Val, necesito decirte algo.
—¿Qué?
—Estoy investigando lo de tu madre.
Silencio. Largo. Pesado.
—¿Qué encontraste? —Su voz cambió. Más baja. Más tensa.
—Tu madre solicitó un divorcio tres días antes de caer.
Silencio absoluto. Cinco segundos. Diez.
—Val, ¿sigues ahí?
—Sí. —Pausa—. Eso no lo sabía.
—¿Quieres que pare?
—No. —Su voz se endureció—. No pares. Encuentra todo lo que puedas.
Colgué. Y sentí el peso de lo que acababa de empezar.
Porque si lo que sospechaba era cierto — si Fernando Mendoza tenía algo que ver con la caída de Elena Aranda— entonces Val no solo estaba luchando contra su padre por un testamento o unas propiedades.
Estaba luchando contra el hombre que posiblemente destruyó a su madre.
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