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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:49.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

NovelToon tiene autorización de Senja para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 33. Una cena llena de teatro

Sara estaba sentada con altivez en la silla principal, como la soberana de la casa. A su derecha, Priscila había elegido a propósito la silla pegada justo al lado de Adrián.

De vez en cuando, la mujer inclinaba el cuerpo y apoyaba el hombro en el brazo de Adrián con una sonrisa mimosa, como para dejarles claro a todos los habitantes de la casa quién tenía ahora más derecho a estar al lado de aquel hombre.

Renata, en cambio, llegó la última. Acercó su silla con calma y se sentó sin prestar atención a las miradas intimidantes de los tres que tenía enfrente.

—Buenas noches a todos —saludó Renata con naturalidad, como si nada le pesara.

Silencio. Nadie respondió a su saludo. Renata se limitó a esbozar una sonrisa apenas perceptible y empezó a servirse sopa caliente en el plato. Apenas dos cucharadas del caldo habían tocado su lengua cuando, de pronto, se oyó un quejido fingido.

—¡Uugh! —Priscila se tapó de golpe la boca con ambas manos. El rostro se le puso pálido de repente; entornó los ojos conteniendo la náusea.

Adrián, que estaba cortando la carne, soltó de inmediato el cuchillo y volvió la cabeza, alarmado.

—¿Priscila? ¿Qué te pasa?

La mujer se llevó una mano al pecho con los ojos fuertemente cerrados.

—No sé, amor, tengo unas náuseas horribles.

Antes de que nadie alcanzara a acercarle un vaso de agua, Priscila se levantó de golpe tapándose la boca. Corrió hacia el fregadero cercano a la alacena.

Adrián se puso de pie por reflejo, arrojó su servilleta y salió tras Priscila.

—¡Priscila! ¡Camina despacio!

Sara, también presa del pánico, se levantó de su silla.

—¡Por Dios, Priscila!

En medio de aquel alboroto, Renata solo le echó una ojeada por el rabillo del ojo y volvió a llevarse la cuchara a la boca con calma, como si lo que acababa de pasar no fuera más que un soplo de viento.

En el fregadero, Priscila escupió un poco de saliva a propósito para que sonara convincente.

—¡Uugh!

En cuanto oyó los pasos de Adrián acercarse, Priscila giró el cuerpo y se dejó caer entre los brazos del hombre.

—Amor, me duele muchísimo la cabeza —gimoteó con mimo, buscando a propósito la atención de aquel hombre.

Adrián la abrazó con fuerza por los hombros, con el rostro lleno de preocupación.

—Vamos ahora mismo al hospital, ¿sí? Para que te revisen.

Priscila negó de prisa con la cabeza.

—No hace falta, amor. No quiero ir al hospital.

—Pero tienes la cara muy pálida, Priscila.

Priscila se mordió el labio inferior y miró a Adrián con los ojos vidriosos.

—Los dos primeros meses de embarazo son así, ¿verdad, amor? El doctor dijo ayer que las náuseas y los vómitos en el primer trimestre son de lo más normal.

Sara, que llegaba detrás de ellos, asintió también con una amplia sonrisa.

—Sí, Adrián. Así son las embarazadas. Cuando yo te esperaba a ti me pasaba exactamente lo mismo. Náuseas terribles.

Priscila aprovechó el momento. Volvió a apoyar la cabeza en el pecho ancho de Adrián.

—Amor, solo necesito que estés conmigo.

Adrián suspiró y le acarició la espalda con suavidad.

—Sí, aquí estoy. No te muevas tanto ni te canses.

Al ver aquella escena tan armoniosa, Sara sonrió con enorme satisfacción. Luego volvió la vista hacia la mesa y miró a su nuera.

—Así es como debe ser. Un esposo tiene que ser atento con la madre de su bebé —dijo Sara alzando la voz. Y sonrió con burla en dirección a Renata—. Claro que una mujer estéril nunca sabrá lo que es estar embarazada y ser mimada por su esposo —añadió con sarcasmo.

Entre los brazos de Adrián, Priscila espiaba a escondidas el rostro de Renata desde la distancia. Esperaba con todas sus fuerzas que aquella mujer estallara de rabia o saliera corriendo entre lágrimas. Pero sus esperanzas se hicieron pedazos. Renata, en cambio, dejó la cuchara despacio. Tomó una servilleta y se limpió la comisura de los labios con enorme elegancia. Después miró de frente a los tres y esbozó una sonrisa tenue.

—Qué buena, la verdad —dijo Renata con naturalidad.

Todos volvieron la cabeza a la vez.

Sara resopló con sorna.

—¿Qué es lo bueno?

—La actuación. Muy buena y muy metida en el papel. Con solo fingir una arcada, ya tiene la atención completa de toda la casa —respondió Renata recostándose en el respaldo de la silla—. Mientras que antes hubo alguien que estaba de verdad herida, sangrando, incluso a punto de perder la vida, y aun así la tomaron por una que solo buscaba atención.

El rostro de Sara se puso lívido al instante. Aquella frase certera fue como una bofetada seca para ella. Priscila, que se sintió acorralada, se apartó enseguida del abrazo de Adrián y trató de forzar una sonrisa.

—Renata, me malinterpretas. De verdad tengo náuseas y...

—¿Ah, sí? ¿Malinterpretarte? —la cortó Renata con rapidez—. Si de verdad sientes que estar embarazada es tan duro, deberías valorar más los sentimientos de otras mujeres, Priscila. Y no enorgullecerte de robarle el esposo a otra.

Renata apoyó las manos sobre la mesa.

—Porque un día ese niño que llevas en el vientre crecerá. Y entonces te preguntará: Mamá, ¿cómo conociste a papá?* ¿Qué le vas a contestar? No vas a poder decirle que papá era el esposo legítimo de otra mujer, hijo. Pero mamá se lo quitó.* ¿O sí?

El corazón le dio un vuelco a Priscila. El rostro se le enrojeció de golpe. Se mordió el labio.

—¡Renata!

Sara, indignada, le gritó con fuerza.

—¡Renata! ¡Cuida esa boca! ¿¡Qué tonterías estás diciendo!? ¡No te hagas la sabelotodo!

Renata volvió la cabeza con naturalidad, sin dejarse provocar en lo más mínimo.

—¿Por qué se enoja, querida suegra? Solo me preocupo por el futuro de ese niño. Qué pena que un día descubra que el origen de su existencia en este mundo viene de una relación sucia que lastimó a otra mujer.

—¡Eres una insolente, Renata! —le espetó Sara.

Como si fuera sorda, Renata dibujó una sonrisa aún más dulce.

—¿Eh? ¿No es usted la que siempre me enseñó que hay que ser honesta? ¿Por qué ahora se enoja cuando digo la verdad?

Sara se quedó sin palabras. Su boca se abría y se cerraba sin emitir sonido. Mientras tanto, Priscila empezó a soltar lágrimas. Tiró de la manga de la camisa de Adrián.

—Amor... no soporto que me sigan humillando así...

Adrián se masajeó la sien, que de pronto le palpitaba de dolor. Miró a su esposa con cansancio.

—Renata, basta.

—¿Qué es lo que basta, Adrián? —lo desafió Renata.

—Déjalo, olvídalo. —Fue la única respuesta débil que logró articular.

—Qué gracioso. La que se dedicó a robarle el esposo a otra se siente la víctima más herida. Mientras que a la esposa legítima, a la que a todas luces traicionaron, la mandan callar y ceder. —Aquella frase directa y demoledora dejó a Adrián mudo. Ni una sola palabra de Renata era falsa. Todo era la pura verdad.

—Se me quitó el apetito de ver esto. Adelante, sigan con su cena de familia feliz —añadió Renata mientras se alejaba de la mesa. Pero, antes de subir la escalera, Renata se detuvo. Volvió la cabeza despacio hacia Priscila.

—Ah, por cierto, Priscila. Cuida bien de ese embarazo. No uses tan seguido al bebé como excusa para hacerte la débil. Porque, si actúas demasiado tu papel de sufrida, cuando de verdad te ocurra algo malo, la gente ya estará tan harta que lo tomará por otra de tus farsas —prosiguió Renata, y luego se marchó.

Adrián se quedó clavado en su sitio, contemplando la espalda de su esposa mientras desaparecía. Sin saber desde cuándo, últimamente, cada vez que Renata lo dejaba atrás, su propio pecho se sentía cada vez más hueco y vacío.

1
Blanca Ramirez
excelente historia
olga quinteros
usa sinónimos de amor para que Priscila llame a Adrián ,tanto amor,amor,amor aburre
Teresita Ramirez Lecuna
me encanta cuando las tontas despreciadas despiertan
ahora por favor, que no vaya a quedar con el marido cuando esté se arrepienta y empiece a pedir perdón y bla bla bla
Miriam Perilla
buen trabajo felicitaciones 👏👏👏👏
Nilda Meza
ya era hora que reaccioné
Nilda Meza
que raro está historia muy humillante
Miriam Perilla
fue Priscila en un anterior capítulo decía
Yolanda Villamar
😡 la mamá O la amante fueron
Maria Josefa
espabila que esa familia es muy arrogante y mediocre no te dejes pisotear ni por tu marido y por esas putizorras
Becky Navarro
que bruto es Adrian con esa actitud no logrará nada
Becky Navarro
no aprende señora fastidiosa
Becky Navarro
hojala y Adrian aproveche y trabaje de jerente y se deje de soñar salga adelante y no le aga caso a du mamá en sus delirios de grandeza
Becky Navarro
ándele no es lo mismo huele a traste que atrás te huele🤷🤭
Mártá Orti Bia
por que hace ese personaje mujer tanhumillante es que hay amor propio
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