Ella no debía cruzarse en su camino.
Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.
Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.
Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.
Desde esa noche, se convirtió en otra persona.
El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.
NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
33
ISABELLA NARRANDO...
— Giovanni y Leon
Me cargó en brazos como si yo fuera de papel.
Yo lo veía todo. El cielo oscuro allá arriba, los árboles pasando, la luz tenue de un porche que apareció en mi campo de visión mientras él subía dos escalones y empujaba una puerta con el hombro. Olía a madera vieja y humedad y ese silencio de lugar que no tiene vecinos en un radio que no supe calcular.
Finca. Bosque. Lejos de todo.
Mi corazón latía tan fuerte que era el único sonido que oía bien —ese tamborileo desesperado que era la única señal de que mi cuerpo seguía siendo mío aunque no pudiera mover un solo músculo.
Me acostó en una cama.
Sábana fría en mi espalda. Techo de madera arriba. Una ventana pequeña con la luz de la luna entrando en una franja delgada.
Giovanni se quedó de pie junto a la cama mirándome un momento en silencio con esa expresión que yo nunca había visto en ningún rostro —no era rabia, no era locura del tipo que grita, era esa calma perturbadora de quien llegó a un lugar dentro de sí mismo del que ya no regresa.
Cuando empezó a hablar la voz le salió baja y arrastrada.
—Esto no tenía que pasar así. —Comenzó, los ojos en mí, las manos en los bolsillos. —Yo tenía otro plan. Me iba a alejar un tiempo, dejar que se asentara el polvo, y después iba a volver. Te iba a pedir matrimonio como se debe —con flores, con tiempo, con todo lo que merecías.
Yo escuchaba. No podía hacer más que escuchar.
—Pero tú no esperaste. —La voz cambió —entró algo más afilado debajo de la calma. —Tú fuiste y aceptaste. Aceptaste casarte con ese monstruo como si fuera lo más natural del mundo. Como si los años que pasé mirándote, deseándote, planeando no hubieran existido.
Se sentó en la orilla de la cama.
—A las doncellas les gustan los monstruos, entonces. —Sonrió y aquello no era sonrisa. —Está bien. Si era un monstruo lo que querías —aquí estoy. Yo me convertí en uno por tu culpa, Isabella. Maté a mi mejor amigo por tu culpa. Destruí personas por tu culpa. —La voz fue subiendo en una cadencia que tenía algo de oración y algo de sentencia al mismo tiempo. —Y Leon no se va a quedar con lo que es mío. No se va a quedar. Tú nunca fuiste de él —siempre fuiste mía. Desde aquel pasillo de la escuela, desde aquella dona idiota que te comías sin importarte nada.
Empezó a quitarme la ropa.
Despacio. Con ese cuidado enfermizo de quien está realizando algo que planeó hace demasiado tiempo. Yo no podía reaccionar, no podía gritar, no podía hacer nada más que existir dentro de mi propio cuerpo que se había vuelto prisión.
Cuando quedé solo en ropa interior se inclinó y enterró el rostro en mi cuello. Inspiró hondo, ese sonido lento de quien está guardando algo para adentro.
Empezó a chupar.
Despacio, con esa intensidad contenida que era más aterrorizante de lo que la violencia abierta habría sido. Gimió bajo como un animal que encontró lo que estaba buscando.
Las manos fueron a mis pechos. Apretó con una fuerza que me habría arrancado un grito si pudiera gritar.
—Mierda, Isabella. —La voz le salió ronca, quebrada. —Te voy a sentir. Esperé tanto este momento, mi amor. Te amo. Siempre te amé.
Fue levantándose y yendo hacia la hebilla del cinturón y yo por dentro estaba gritando con todo lo que tenía sin que saliera ningún sonido y entonces—
La puerta de la habitación explotó.
---
Leon entró como algo que no tiene nombre en italiano —no era rabia, no era furia, era algo anterior a todo eso, algo que existía antes de cualquier palabra que intentara describirlo.
Giovanni apenas tuvo tiempo de girar el cuerpo.
Leon lo agarró del cuello y lo estrelló contra la pared con una fuerza que hizo que el repello se agrietara. Giovanni fue al piso y Leon fue detrás antes de que tocara el suelo de verdad, los golpes empezando con esa velocidad y precisión de quien sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna intención de parar.
El rostro de Giovanni empezó a ceder en los primeros treinta segundos.
Nariz. Mandíbula. La arcada que no resistió al tercer golpe directo. Intentó defenderse —intentó bloquear, intentó girar, intentó usar las rodillas— y Leon esquivó cada intento con esa frialdad de quien está en un lugar donde técnica y emoción se volvieron la misma cosa.
Costillas.
Oí el chasquido seco aun dentro de la parálisis.
Brazo izquierdo que se fue al ángulo equivocado con otro chasquido.
Giovanni ya no gritaba —solo emitía esos sonidos involuntarios de cuerpo que está siendo destruido sistemáticamente por alguien que no tiene ninguna prisa de terminar.
Leon se detuvo.
Se quedó agachado sobre él, la respiración diferente pero controlada, mirando el rostro destruido de Giovanni Marinho con una expresión que yo veía desde la cama y que era la expresión más fría que había visto en cualquier rostro humano en mi vida.
Giovanni escupió sangre. Intentó decir algo.
Leon sacó la .40 de la funda con un movimiento que era casi casual de tan mecánico.
— Pensaste que ibas a salirte con tu plan idiota, de hacerme matar a mi mujer, desgraciado, traidor de mierda, vas a morir sin haber sentido su coño apretando tu verga, vas a morir sin haber oído sus gemidos, vas a morir sin conocer el sabor de su comida. Yo soy su destino, soy el hombre que ella eligió, y cuando amo, amo con todo, y ningún hijo de puta sobrevive cuando toca lo que es mío.
La apoyó en el rostro de Giovanni.
Y descargó.
El silencio que vino después era del tipo de silencio que no existía antes de ese sonido y que después de él nunca volvería a ser el mismo.
Leon se quedó quieto un segundo todavía agachado con el arma en la mano y Giovanni Marinho en el piso.
Después se levantó.
Volteó.
Y me vio.
Cruzó la habitación en tres pasos, se arrodilló en la orilla de la cama, puso las manos en mi rostro con ese cuidado que no combinaba con nada de lo que había hecho en los últimos minutos.
—Bella. —La voz le salió diferente de todo lo que yo le había escuchado. Quebrada de un modo en que Leon Ravelli no dejaba que su voz se quebrara nunca. —Bella, ya llegué. Ya llegué.
Yo no podía responder.
Pero los ojos sí podía moverlos.
Y los moví.
Lo miré.
Y él entendió —que yo estaba ahí, que estaba consciente, que había visto todo y oído todo y seguía siendo yo dentro de un cuerpo que todavía no era mío de vuelta.
Apoyó su frente en la mía con esa delicadeza absurda de hombre que acaba de destruir a otro hombre con sus propias manos.
—Ya llegué. —Dijo en voz baja. —Se acabó.
Y por primera vez desde que aquella puerta del departamento se había abierto ante la cara de un extraño, algo dentro de mí se soltó.
No el cuerpo —ese seguía preso.
Sino otra cosa. Algo más profundo.
Que solo se suelta cuando la persona correcta aparece.
....