El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 14: La voz de los niños
El sol de la mañana entraba tibio por las vidrieras del salón privado del Palacio Zafiro. Sobre la mesa redonda no había tratados militares ni telas de bordado; Marta había servido panecillos recién horneados, uvas y tazas de leche con miel.
Aun así, Cassian y Rosalind comían con una lentitud meticulosa, cuidando de no hacer el menor ruido con los cubiertos de plata.
Para Rosalind, cada gesto de su madre en estos últimos días parecía una trampa elaborada.
«Madre jamás ha sido suave sin un motivo», pensaba la niña de doce años, apretando la servilleta sobre su regazo. «Nos está probando. Si sonrío demasiado o si Cassian se confía, el castigo será el doble de amargo».
Cassian, a su lado, miraba de reojo hacia la puerta. Sus manitas estaban frías. Durante diez años, cuando su madre lo llamaba a solas a un salón formal, el desenlace siempre era el mismo: reproches por sus bajas calificaciones, amenazas de encierro o la fría orden de superar a sus hermanos sin importar el costo.
«¿Habrá descubierto que manché la esquina del mapa de ayer?», se preguntaba el pequeño, con el estómago encogido de angustia. «No quiero que me quite la cena otra vez».
La puerta se abrió y Valeria entró con paso pausado. No traía la mirada severa de antes ni fustas de institutriz. Se sentó frente a ellos, respiró hondo y los miró con una calma que a los dos hermanos les resultaba casi desconocida.
—Cassian, Rosalind —empezó Valeria, con voz suave pero firme—. Anoche hablé con su padre en sus aposentos privados. Y no voy a ocultarles nada de lo que se dijo allí.
Los dos niños se pusieron rígidos al instante. Cassian bajó la vista hacia su plato, esperando el reproche inevitable.
—El Emperador me advirtió que puede usar las leyes imperiales contra ustedes —continuó su madre sin rodeos—. Planea utilizar el matrimonio para enviar a Rosalind al Norte con el duque en cuanto cumpla dieciséis años, mandándola como pupila desde ahora. Y a ti, Cassian, quiere enviarte a las ciénagas del sur bajo el mando de la familia de Theresa.
Rosalind levantó la cabeza de golpe. El color abandonó sus mejillas.
A sus doce años, Rosalind ya había leído las crónicas sobre las Tierras Heladas del Norte. Sabía que el Duque era un hombre despiadado, famoso por gobernar con puño de hierro y enterrar a tres esposas en fortalezas de nieve.
«Me quiere vender...», pensó la niña, y un nudo helado le subió por la garganta. «Igual que madre siempre decía... que las princesas solo servimos para comprar alianzas».
—Pero no voy a permitir que nadie toque su libertad —declaró Valeria, y el tono de su voz tenía una fuerza que hizo temblar el aire—. Sus abuelos han propuesto dos salidas legales para protegerlos, pero no pienso mover un solo papel sin el consentimiento de ustedes.
Cassian parpadeó, desconcertado. Levantó sus ojitos amatista hacia su madre.
«¿Nuestro consentimiento?», pensó el niño. En el palacio imperial, las decisiones sobre los príncipes las tomaban el Emperador o las consortes; a los niños solo se les notificaba la orden.
—Rosalind —dijo Valeria, mirando a su hija con profundo respeto—. Tu abuela, la Princesa Seraphina, ofrece cederte su título territorial y el gobierno de Puerto Serena en Valoria. Al asumir ese feudo, pasarás a ser Dama Soberana de otro reino mientras sigues siendo princesa de sangre de Carlisle.
Rosalind abrió los ojos de par en par, escuchando con atención contenida.
—¿Qué significa eso exactamente, madre?
—Significa un blindaje de doble corona —explicó Valeria con serenidad—. Por los tratados diplomáticos internacionales, si posees un título feudal en Valoria siendo princesa de este imperio, tu padre pierde la patria potestad exclusiva sobre tu destino. Si el día de mañana tú decides casarte, cualquier propuesta de matrimonio deberá ser aprobada obligatoriamente por tus dos padres y, además, ratificada por los propios Reyes de Valoria.
Rosalind asimiló las palabras con rapidez. Un brillo de asombro cruzó su mirada.
—Kaelen no podrá forzar ningún enlace por decreto imperial —añadió Valeria con firmeza—. Bastará con que tú, tu abuela o yo digamos que no para que el compromiso quede cancelado sin apelación posible. Nadie podrá entregarte al Duque del Norte ni a ningún extraño contra tu voluntad.
Rosalind sintió que el pecho se le ensanchaba con una emoción desconocida. Por primera vez en su vida, alguien no la trataba como ganado negociable entre nobles, sino como una dama dueña de sus propias decisiones.
Luego, Valeria giró el rostro hacia Cassian. Su mirada se llenó de una ternura tan profunda que al niño se le escapó un temblor.
—Y para ti, Cassian... tu abuelo, el Gran Duque, propone inscribirte formalmente como Cadete y Capitán de Honor de la Tercera Legión Occidental. Con ese rango militar, tu padre no podrá enviarte al sur ni apartarte de mi lado.
Cassian apretó los puños bajo la mesa.
—¿Una legión de guerra, madre?
—Sí, mi amor. Pero tiene un precio muy alto y no voy a mentirte —explicó Valeria, sosteniéndole la mirada con seriedad—. Por ley militar de la frontera, a los quince años tendrás que marchar al cuartel occidental. Vivirás tres años en la nieve, entrenando con armadura pesada y comiendo lo mismo que los soldados comunes. Y lo más importante... al jurar la espada de una legión, las leyes imperiales te apartarán para siempre de la lucha por la corona. Jamás podrás ser Emperador.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa.
Cassian se quedó mirando sus propias manos. En su memoria infantil resonaban las noches en vela memorizando estrategias, los castigos en la torre oscura y la voz implacable de su madre exigiéndole ser superior a sus hermanos para reclamar el trono de Carlisle.
«No ser Emperador...», pensó Cassian. «¿De verdad ya no tengo que pelear con mis hermanos? ¿De verdad ya no tengo que matar para que madre esté orgullosa de mí?».
El niño sintió que una losa de plomo gigantesca se le quitaba de los hombros. Miró a su madre buscando algún indicio de engaño, pero en los ojos amatista de Valeria solo encontró alivio y arrepentimiento sincero.
—Yo... yo nunca quise ser Emperador, madre —confesó Cassian en un susurro tembloroso, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas—. Solo quería que tú me sonrieras... Solo quería que estuvieras contenta conmigo.
Valeria tragó saliva, apretando los labios para contener el llanto que le quemaba los ojos. No intentó abrazarlo a la fuerza; simplemente dejó su mano abierta sobre la mesa, esperando.
Cassian, tras dudar un segundo, deslizó su pequeña manita temblorosa hasta posarla sobre la palma de su madre. La piel de Valeria estaba tibia, suave y no empuñaba ningún castigo.
Rosalind observó el gesto en silencio. La desconfianza que había blindado su corazón durante años comenzó a agrietarse. Su madre no estaba jugando con ellos; estaba dispuesta a renunciar al trono imperial con tal de verlos con vida.
Sin embargo, la pequeña princesa enderezó la espalda y miró a su madre con prudencia madura.
—Es una decisión muy grande, madre —dijo Rosalind, midiendo cada palabra—. Si Cassian renuncia formalmente al trono y acepta la legión, el camino queda completamente despejado para el hermano Cedric.
Cassian levantó la cabeza de golpe, secándose las lágrimas con la manga.
—El hermano Cedric me regaló la daga de entrenamiento y vino a verme cuando todos me tenían miedo —dijo el niño con convicción—. Él me prometió que siempre cuidaría de nosotros.
—Lo sé, cariño —asintió Valeria—. Pero esto también cambiará el equilibrio de Cedric y de la Emperatriz.
Rosalind miró a su hermano y luego a Valeria, tomando una determinación propia por primera vez en su vida.
—Madre... antes de firmar cualquier documento con los abuelos, queremos hablar con el hermano Cedric —pidió la niña con firmeza—. Él casi muere en el coto de caza por las intrigas de los príncipes. Si vamos a dar este paso y dejarle el camino libre hacia la corona, Cedric merece saberlo de nuestra propia boca.
Valeria miró a su hija con un asombro genuino. La niña que en otra vida había sido destruida por la sumisión mostraba ahora el temple de una auténtica estratega.
—Me parece lo más sabio y noble que he escuchado en este palacio —respondió Valeria con una sonrisa serena—. Mandaré a llamar a Cedric de inmediato. Esta tarde hablarán con él, y juntos decidirán el futuro de esta familia.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre