Dante Herrera es el jefe de la mafia más temida de España: frío, implacable, dueño de todo lo que desea. Hasta que una emboscada lo deja al borde de la muerte y el destino lo arroja al último lugar donde alguien como él debería aparecer… el patio de un convento.
Quien lo encuentra medio muerto es Mary, una novicia de dieciocho años criada entre rezos, huérfana y entregada por completo a Dios. Ella jura salvarlo. Nunca imaginó que, al hacerlo, pondría en peligro lo único que creía intocable: su fe, sus votos y su propio corazón.
Él aprendió a sobrevivir en un mundo de sangre y traición. Ella aprendió a amar sin pedir nada a cambio. Entre ellos hay un abismo —el altar y el crimen, el cielo y el pecado— y una atracción que ninguno de los dos sabe cómo detener.
Pero los enemigos del pasado no olvidan, y una venganza silenciosa se acerca a la familia Herrera. Cuando la guerra estalle, Mary tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por un hombre que jamás debió amar.
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Capítulo 32 — Un Mafioso en el Convento
Dante:
La vuelta a casa fue estupenda.
Mi madre organizó una pequeña recepción para celebrar nuestro regreso. Nada extravagante, solo la familia reunida, risas, buena comida y ese raro sentimiento de paz que los Herrera aprendimos a valorar después de tantos años enfrentando guerras, pérdidas y responsabilidades.
También tomamos posesión de las casas que heredamos de nuestros abuelos.
Todas en el mismo condominio que la casa de mis padres.
Por primera vez, Kevin, Giovanni, Pietro y yo teníamos nuestros propios hogares. Seguíamos cerca, prácticamente una puerta al lado de la otra, pero ahora cada uno construía su propia familia.
Llegamos al final de la tarde.
Cenamos juntos, compartimos historias de la luna de miel y escuchamos a mi madre quejarse de que la casa principal quedaría demasiado silenciosa sin los hijos entrando y saliendo a todas horas.
Pero como dice el dicho…
El que se casa, casa quiere.
Y ahora cada uno tenía la suya.
Estábamos todos agotados.
El viaje.
El cambio de horario.
Las bodas.
Las emociones acumuladas.
Todo cobraba su precio.
Cuando por fin entré en nuestra casa, Mary caminaba a mi lado observando cada detalle. Parecía encantada.
Era nuestra casa.
Nuestro hogar.
Nuestro nuevo comienzo.
Sabía que mis hermanos estaban felices en sus casas, igual que mis padres estaban felices de vernos construyendo nuestras vidas.
Aquella primera noche no hubo romanticismo ni conversaciones largas.
Solo descanso.
Dormimos abrazados.
Porque a la mañana siguiente la realidad volvería a encontrarnos.
Y no suele pedir permiso.
El sol apenas salía cuando desperté.
Mary seguía durmiendo.
Su rostro tranquilo sobre la almohada me hizo quedarme unos segundos solo observándola.
Era difícil creer que aquella mujer ahora era mi esposa.
Mía.
Después de todo lo que pasamos.
Después de todos los obstáculos que pasé por encima como una topadora.
Sonreí para mis adentros antes de levantarme.
Desayunamos juntos.
Un momento sencillo.
Pero que para mí tenía un significado enorme.
Ya no era una despedida.
Ya no era un encuentro robado.
Era nuestra rutina comenzando y, juntos, casi no podía creerlo.
Llevé a Mary a la universidad.
Cuando llegamos, vi los autos de mis hermanos entrando prácticamente al mismo tiempo.
Cada uno dejando a su esposa.
Cada uno iniciando una nueva etapa de la vida.
Por unos segundos nos miramos.
Kevin.
Giovanni.
Pietro.
No hizo falta ninguna palabra.
Solo un gesto con la cabeza.
Lo suficiente para decir:
«Estamos bien».
Y seguimos nuestros caminos, estacionados en el mismo lugar.
Algunas horas después ya estaba en el despacho.
La pila de informes sobre mi mesa era un recordatorio de que el mundo no se detiene porque uno se casa.
Hablaba por teléfono resolviendo asuntos de la empresa cuando se abrió la puerta.
Sin tocar.
Eso solo ya me llamó la atención.
Mi padre nunca entraba sin avisar.
Levanté los ojos de inmediato.
Don Rómulo Herrera estaba de pie en la entrada.
Su rostro estaba serio.
Más serio de lo normal.
En las manos llevaba una carpeta negra.
Y en los ojos…
Preocupación.
Mucha preocupación.
Terminé la llamada sin apartar la mirada de él.
—¿Qué pasó?
Mi padre cerró la puerta tras de sí.
Lentamente.
Como si estuviera eligiendo cada palabra antes de hablar.
Entonces puso la carpeta sobre mi mesa.
—Tenemos un problema.
El estómago se me contrajo al instante.
En nuestra familia, esas tres palabras nunca significaban algo simple.
Abrí la carpeta.
Fotografías.
Documentos.
Informes.
Y un nombre.
Un nombre que no veía hacía años.
Un nombre que debería estar enterrado en el pasado.
Se me heló la sangre.
—Esto no es posible…
Mi padre cruzó los brazos.
—Yo también lo pensé.
Levanté los ojos hacia él.
—¿Estás seguro?
—Por desgracia.
El silencio se apoderó de la sala.
Pesado.
Asfixiante.
Porque si aquella información era verdadera…
No era solo un problema.
Era una amenaza.
Y esta vez no involucraba solo a los Herrera.
Involucraba a nuestras esposas.
A nuestras familias.
A nuestro futuro.
Mi padre respiró hondo.
—Dante… creo que la guerra que creíamos terminada está a punto de empezar de nuevo.