Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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32
Marcia volvió a casa de sus suegros. Como siempre, se bajó del taxi a la entrada del pasaje y caminó el resto del camino. No quería que descubrieran su identidad antes de que Rodrigo y Pamela se casaran.
Porque si eso llegaba a pasar, Rodrigo se aprovecharía de ella para sacarle dinero. Ni él ni su familia la dejarían ir jamás si se enteraban de quién era Marcia en realidad.
—¿De dónde vienes? —le ladró Doña Carmen en cuanto Marcia abrió la puerta.
—De trabajar, ¿de dónde más? Si ya lo sabe, ¿para qué pregunta? —respondió Marcia con sequedad.
—Ay, miren, trabajar de mesera y todavía se siente orgullosa. Fíjate en Pamela: trabaja en oficina, sus papás son riquísimos, tienen una villa lujosa y una plantación de té enorme. No como tú, que eres una muerta de hambre y encima corriente —Doña Carmen no dejaba pasar una oportunidad de humillar a su nuera.
—No me importa ser sirvienta. Por lo menos no le estorbo a usted ni a su hijo —contestó Marcia con calma.
Alcanzó a ver que la sala estaba llena de paquetes. Parecían los regalos de boda que llevarían a la ceremonia de Pamela y Rodrigo.
Ah, o sea que Pamela anda diciendo que la villa y la plantación de té son suyas. Ya van a ver lo que les tengo preparado. Ojalá el corazón les aguante la sorpresa, pensó Marcia esbozando una sonrisa.
—¿De qué te ríes? Seguro ya te estás volviendo loca porque Rodrigo y Pamela de verdad se van a casar —le soltó Doña Carmen.
Marcia no respondió. Se quedó en silencio, sin contestar a los insultos de su suegra. Poco a poco, el amor que alguna vez sintió por Rodrigo se iba desgastando, reemplazado por rencor y dolor.
—En vez de andar sonriéndote como tonta, mejor ayúdame a acomodar todas estas cosas —ordenó Doña Carmen señalando la montaña de paquetes en la sala.
—Está bien, voy a ayudar —aceptó Marcia sin borrar la sonrisa.
Se puso a acomodar y decorar los regalos de boda con esmero. Ya no podía esperar a que llegara el día de la boda de Rodrigo y Pamela. Doña Carmen la observaba extrañada por el cambio de actitud: la nuera que siempre le contestaba y se rebelaba ahora parecía haberse vuelto dócil otra vez.
Qué bueno que Marcia aceptó la boda de Rodrigo y Pamela. Así no pierdo a mi sirvienta gratuita, se felicitó Doña Carmen para sus adentros.
Faltaban tres días para la boda. Pamela ya había pedido sus días libres en la oficina y se encontraba en la villa, ocupada de lleno con los preparativos de la ceremonia.
Marcia vigilaba todo lo que ocurría en la villa a través de las cámaras de seguridad que había instalado días atrás. Pamela entraba y salía de la propiedad de la familia de Marcia como si fuera la dueña.
—Mamá, estoy feliz. Por fin Rodrigo y yo nos vamos a casar. Ya no aguanto las ganas de ser su esposa —exclamó Pamela acomodándose junto a su madre en el sofá de la sala.
—Yo también ya quiero verlos casados, hija —Doña Nancy irradiaba felicidad por la boda de su hija.
—Mamá, los dueños de la villa no van a venir, ¿verdad? Papá no los invitó, ¿o sí? —preguntó Pamela con un tono de nerviosismo.
—No, hija, tranquila. Ya amenacé a tu padre para que no invite a Don Fabián ni a su familia. No se van a enterar y no van a aparecer en tu boda. Quédate tranquila —la tranquilizó Doña Nancy acariciándole el brazo.
—Qué alivio. Quiero que Rodrigo y su familia queden impresionados con esta boda. En cuanto sea la esposa de Rodrigo, yo voy a controlar todo su sueldo —Pamela resplandecía de entusiasmo; su sueño de casarse con un hombre adinerado estaba a punto de cumplirse.
—No te olvides de mandarle dinero a tu madre. Y si puedes, llévame a vivir con ustedes. Ya estoy harta de pasarme la vida cosechando té —le pidió Doña Nancy.
—Sí, mamá, quédate tranquila. Te prometo que te voy a sacar de aquí y vas a vivir conmigo —le juró Pamela.
Marcia contemplaba la pantalla de su celular, que le mostraba aquella conversación entre madre e hija. Ahora entendía perfectamente cómo Pamela y Rodrigo habían logrado instalarse en la villa de su familia.
—Ah, con que Pamela es la hija del cuidador de la villa de mi familia. Con razón pudo meter a Rodrigo y a toda su gente ahí. No importa, disfruten los últimos momentos de felicidad que les quedan, porque después de esto les voy a dar una sorpresa que no van a poder olvidar en toda su vida —murmuró Marcia sin despegar los ojos de la pantalla, siguiendo cada palabra de aquella plática.
Enseguida guardó la grabación y se la envió a Valentina y también a Liliana. Ellas también se habían preguntado cómo era posible que Rodrigo y su familia hubieran llegado hasta la villa junto con Pamela.
—Valentina, vamos a vernos en casa de mamá. Quiero hablar sobre nuestro plan —Marcia la llamó y le pidió que fuera a la casa de sus padres de inmediato.
—Dale, espérame, ya voy para allá —contestó Valentina del otro lado de la línea.
Marcia salió volando hacia la casa de Liliana. Quería contarle su plan a toda la familia. Necesitaba que todos los suyos la acompañaran a la villa el día de la boda de Rodrigo y Pamela, incluidos Don Fabián y Gabriel.
El guardia abrió el portón cuando Marcia tocó el claxon de su auto. Entró y estacionó en el patio.
Fue directamente a buscar a Liliana, que a esa hora estaba en su lugar favorito: el quiosco junto a la casa.
—Mamá... —saludó Marcia al encontrar a Liliana dándoles de comer a los peces del estanque.
—Mi niña. ¿Y Valentina? —preguntó Liliana al no ver a su futura nuera.
—Valentina todavía viene en camino. Creo que ya no tarda —respondió Marcia con una sonrisa.
—Bueno, esperemos a que lleguen Valentina y Gabriel. A tu papá ya le avisé y viene para acá —le informó Liliana.
—Sí, mamá. Papá y Gabriel tienen que saber todo —asintió Marcia. Esta vez no quería tomar decisiones sola; no iba a repetir el error de antes, cuando actuó por su cuenta sin consultar a su familia.
En aquel entonces decidió casarse con Rodrigo por su cuenta, a pesar de que sus padres le advirtieron que no lo hiciera. No quiso escucharlos. Y ahora se arrepentía de todo, gracias a la traición de Rodrigo y su familia.