Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.
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Capítulo 4: La fotografía
El silencio de Adrián fue suficiente para que Elishabet dejara de respirar durante unos segundos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó él finalmente.
—Tú mismo dijiste que querías descubrir la verdad.
—Sí.
—Entonces debe haber algo que no me estás contando.
Adrián apartó la mirada.
La fotografía seguía entre sus dedos.
—Hay muchas cosas que no sé.
—Pero hay algo que sí sabes.
Él guardó la fotografía en el bolsillo.
—Sé que mi madre murió cuando yo tenía ocho años. Sé que después terminé en un orfanato. Sé que nadie volvió a buscarme.
—¿Y mi padre?
Adrián permaneció callado.
—¿Qué tiene que ver él?
—No lo sé.
—Pero crees que sabe algo.
—Sí.
Elishabet se sentó en el borde de la cama.
Aquella respuesta había confirmado algo que llevaba años sintiendo: en aquella casa siempre había habido cosas que no le contaban.
—¿Cuándo viste a mi padre por primera vez?
—Hace unas semanas.
—¿Antes de que comenzara el proceso de adopción?
Adrián asintió.
—Sí.
Elishabet levantó la cabeza.
—Entonces ya te conocía.
—No exactamente.
—¿Cómo que no exactamente?
—Mi trabajador social me dijo que una familia quería conocerme. No me dijo quiénes eran. Cuando llegué, tu padre estaba allí.
Elishabet sintió un extraño vacío en el estómago.
—¿Y qué pasó?
—Me hizo algunas preguntas.
—¿Qué preguntas?
Adrián dudó.
—Sobre mi madre.
Elishabet se quedó inmóvil.
—¿Qué quería saber?
—Dónde había vivido antes de entrar al orfanato. Quiénes eran sus amigos. Si tenía fotografías. Si alguna vez había escuchado hablar de ciertas personas.
—¿Qué personas?
Adrián negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Y tú no preguntaste por qué quería saberlo?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
Adrián la miró directamente.
—Que algunas historias empiezan mucho antes de que uno las conozca.
Elishabet sintió un escalofrío.
—Eso no significa nada.
—Lo sé.
—Entonces quizá estás buscando respuestas donde no las hay.
Adrián sonrió débilmente.
—Puede ser.
Pero ninguno de los dos parecía creerlo.
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Aquella tarde, Elishabet esperó a que sus padres salieran.
Su madre tenía una cita y su padre había dicho que debía acudir a la oficina.
Adrián estaba en su habitación.
La casa quedó en silencio.
Elishabet bajó las escaleras.
Durante unos segundos permaneció frente al despacho de su padre.
Nunca había entrado allí sin permiso.
Era una habitación que parecía prohibida incluso cuando la puerta estaba abierta.
Miró el pomo.
Después lo giró.
Entró.
El despacho olía a papel y madera vieja.
Había una biblioteca enorme en una de las paredes y un escritorio oscuro frente a la ventana.
Elishabet no sabía exactamente qué estaba buscando.
Solo sabía que necesitaba encontrar algo.
Abrió el primer cajón.
Facturas.
Documentos.
Recibos.
Nada.
Abrió el segundo.
Más papeles.
El tercero estaba cerrado.
Intentó abrirlo.
Nada.
Buscó una llave.
No había ninguna.
Elishabet se quedó mirando el cajón.
Pensó en Adrián.
En la fotografía.
En su padre palideciendo al verla.
Introdujo una horquilla en la cerradura.
Después de varios intentos, escuchó un pequeño clic.
El cajón se abrió.
Dentro había una carpeta.
No tenía nombre.
Elishabet la sacó.
La abrió.
Los primeros documentos eran antiguos.
Demasiado antiguos.
Había certificados, cartas y varias fotografías.
Pasó una página.
Entonces se quedó completamente inmóvil.
Reconoció a una mujer.
La misma mujer de la fotografía de Adrián.
La madre de Adrián.
Elishabet sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Cogió la fotografía.
En ella aparecían tres personas.
La mujer.
Un hombre.
Y un niño pequeño.
Adrián.
Pero había algo más.
En la parte posterior de la fotografía había una fecha.
Y debajo, escrito a mano, aparecía un nombre.
Daniel.
Elishabet frunció el ceño.
No conocía a ningún Daniel.
Volvió a revisar los documentos.
Había una carta.
El sobre estaba amarillento.
No tenía sello.
Solo un nombre escrito en el exterior.
Para Gabriel.
Elishabet reconoció inmediatamente el nombre de su padre.
Gabriel.
Miró la fecha.
La carta había sido escrita dieciocho años atrás.
Dos años antes de que ella naciera.
Sintió un escalofrío.
Abrió el sobre.
La letra era temblorosa.
Leyó las primeras líneas.
Después dejó de respirar.
No entendía todo lo que decía, pero había una frase que destacaba por encima de las demás:
«Si algo me sucede, no permitas que encuentren al niño.»
Elishabet volvió a leerla.
Una vez.
Dos.
Tres.
¿Al niño?
Miró nuevamente la fotografía.
Adrián.
No podía ser.
Adrián tenía diecisiete años.
La carta era de hacía dieciocho.
Él apenas era un bebé.
Elishabet sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Continuó leyendo.
Pero antes de llegar al final, escuchó el sonido de una puerta cerrándose.
Se quedó paralizada.
Alguien había entrado en la casa.
Guardó rápidamente la carta.
Cerró la carpeta y volvió a colocarla dentro del cajón.
Intentó cerrar la cerradura, pero la horquilla cayó al suelo.
—¿Elishabet?
La voz de su padre.
El corazón casi se le salió del pecho.
—Sí.
—¿Qué haces aquí?
Ella salió del despacho.
Su padre estaba al final del pasillo.
La miraba fijamente.
Elishabet intentó mantener la calma.
—Estaba buscando un libro.
Gabriel no respondió.
Miró hacia la puerta de su despacho.
Después volvió a mirarla.
—¿Qué libro?
—Uno de historia.
—Tu habitación está arriba.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué buscas un libro aquí?
Elishabet sintió que la garganta se le secaba.
—Porque pensé que quizá lo habías guardado aquí.
Su padre se acercó.
Cada paso parecía hacer más pequeño el pasillo.
Cuando estuvo frente a ella, bajó la voz.
—No vuelvas a entrar en mi despacho.
Elishabet levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque te lo estoy diciendo.
—Eso no es una razón.
Gabriel apretó la mandíbula.
Durante un instante, Elishabet creyó que iba a decir algo.
Pero no lo hizo.
Entró en el despacho y cerró la puerta.
Elishabet permaneció inmóvil.
Entonces escuchó el sonido de la llave girando.
Volvió a su habitación.
Adrián estaba sentado junto a la ventana.
—¿Dónde estabas?
—Abajo.
Él la observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parece.
Elishabet no respondió.
Adrián se levantó.
—¿Encontraste algo?
Ella lo miró.
No sabía si debía contarle lo que había visto.
—No.
—Elishabet.
—He dicho que no.
Adrián dio un paso hacia ella.
—Si sabes algo sobre mi madre, necesito saberlo.
Elishabet sintió una punzada de culpa.
Sacó lentamente la fotografía que había tomado del despacho.
Se la entregó.
Adrián la miró.
Su rostro cambió.
—¿Dónde encontraste esto?
—En el despacho de mi padre.
Él levantó la mirada.
—¿Por qué estaba ahí?
—No lo sé.
Adrián volvió a mirar la fotografía.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Este hombre...
Se detuvo.
—¿Qué?
Adrián acercó la fotografía a la luz.
—Lo conozco.
Elishabet sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Adrián señaló al hombre que aparecía junto a su madre.
—A él.
—¿Quién es?
Adrián tragó saliva.
—Es el hombre que aparece en mis documentos del orfanato.
Elishabet sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué documentos?
Adrián levantó la mirada.
—El nombre de mi padre.
Ninguno dijo nada.
Durante unos segundos solo se escuchó el reloj del pasillo.
—Pensaba que no sabías quién era —susurró Elishabet.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿por qué dices que lo conoces?
Adrián miró nuevamente la fotografía.
—Porque llevo años intentando encontrarlo.
Elishabet sintió que algo no encajaba.
—¿Y quién es?
Adrián señaló el rostro del hombre.
—No lo sé.
Después miró hacia la puerta.
—Pero tu padre sí.
Elishabet sintió un frío profundo recorrerle el cuerpo.
Porque, por primera vez, aquella historia dejaba de parecer una coincidencia.
Su padre conocía a la madre de Adrián.
Había una carta dirigida a él.
Y, dieciocho años atrás, alguien le había pedido que protegiera a un niño.
El mismo niño que ahora vivía bajo su techo.
Adrián levantó la mirada.
—Elishabet...
—¿Qué?
—¿Qué más encontraste?
Ella recordó la frase de la carta.
Si algo me sucede, no permitas que encuentren al niño.
Pero había decidido no contarle todavía.
—Nada.
Adrián la observó durante unos segundos.
Después asintió.
—Está bien.
Sin embargo, cuando salió de la habitación, Elishabet supo que había cometido un error.
Porque Adrián ya no confiaba en ella.
Y ella tampoco sabía si podía confiar en él.
Esa noche, mientras todos dormían, Gabriel volvió a entrar en su despacho.
Abrió el cajón.
Sacó la carpeta.
La revisó.
Entonces se detuvo.
Faltaba una fotografía.
La fotografía de Adrián y su madre.
Gabriel cerró los ojos.
Alguien había descubierto su secreto.
Y por primera vez en dieciocho años, tuvo miedo de que la verdad saliera a la luz.