Cuando la persona que dice amarte se convierte en un extraño y te abandona embarazada diciendo que solo eres un ancla y un lastre en su vida, solo te queda una cosa por hacer: "Convertirte en Reina"
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Alianzas de acero
La reunión con Facundo Navarro se extendió por más de dos horas. Los cinco minutos que me había otorgado se convirtieron en un debate técnico donde desmantelé, una a una, las vulnerabilidades de su imperio logístico. Él no era un cliente fácil; preguntaba con precisión quirúrgica, buscando la falla en mi lógica, pero yo había estudiado cada manual de sistemas y cada plano de transporte de la República de Altea. Tenía una respuesta para cada duda y una estrategia para cada riesgo.
Al finalizar, Martha se despidió para coordinar el despliegue de los primeros analistas en el puerto, pero Facundo me pidió que me quedara unos minutos más en la sala de juntas.
—Su propuesta es brillante, señora Santoro —dijo él, caminando hacia una pequeña barra para servirse un vaso de agua—. Pero me intriga algo. Su análisis de la psicología del saboteador es demasiado... personal. Describe a un hombre ambicioso, alguien que utiliza las herramientas que se le dieron para luego destruir la estructura que lo sostuvo. Habla como si conociera a ese tipo de parásito.
Me quedé helada por un segundo, pero recuperé la compostura de inmediato. Me acerqué a la mesa y comencé a guardar mis dispositivos en el bolso.
—En el mundo de los negocios, señor Navarro, uno aprende a identificar a los que construyen y a los que solo parasitan el esfuerzo ajeno —respondí con voz neutral—. He conocido a personas que creen que para ascender deben dejar cadáveres en el camino. Mi trabajo es asegurarme de que usted no sea uno de ellos.
Facundo caminó hacia mí y me extendió el vaso de agua. Al aceptar el cristal, nuestros dedos volvieron a rozarse, y esa misma calidez extraña volvió a sacudirme.
—Me parece que usted tampoco permite que la dejen en el camino —comentó, observando mi rostro con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada—. He visto a muchos hombres de negocios temblar en esta sala. Usted, en cambio, tiene la mirada de alguien que ya ha estado en el infierno y descubrió que el fuego no la quema.
—El fuego solo endurece el acero, señor Navarro —le contesté, dando un sorbo al agua. Mi tono era firme, pero la verdad era que mi corazón latía con una fuerza inusual. No era miedo; era la adrenalina de ser vista, verdaderamente vista, por alguien que entendía el lenguaje del poder.
—Llámeme Facundo, por favor —dijo él, y por primera vez, sus ojos grises mostraron una calidez humana que suavizó las líneas duras de su rostro—. Vamos a trabajar muy de cerca estos meses. Su división se encargará de toda mi seguridad corporativa. He decidido cancelar el contrato con la firma del norte.
Un triunfo glorioso se expandió por mi pecho. Lo había logrado. Había conseguido el contrato que salvaría a El Baluarte y que me consolidaría como socia oficial de Martha. Julián me había dejado en la miseria, pensando que me arrastraría por migajas, y hoy acababa de quitarle un negocio millonario a las corporaciones que él tanto idolatraba.
—Gracias por su confianza, Facundo. No se va a arrepentir —le dije, tendiéndole la mano para cerrar el trato.
Él tomó mi mano, pero esta vez no la soltó de inmediato. Su mirada descendió nuevamente, de manera casi protectora, hacia mi vientre.
—Cuídese, Isabella —dijo en un susurro suave, casi íntimo—. Este mundo empresarial puede ser muy hostil, especialmente para una mujer que lleva una carga tan valiosa. Si necesita cualquier recurso adicional, transporte privado o asistencia médica para sus revisiones, mi oficina está a su disposición.
Me solté de su agarre con delicadeza, sintiendo un nudo de emoción en la garganta. No estaba acostumbrada a que nadie se preocupara por mí, y mucho menos un hombre de su posición. Julián me había abandonado por considerar a mi hijo un estorbo; Facundo Navarro, un extraño, lo trataba con respeto antes de que naciera.
—Sé cuidarme sola, señor Navarro. He tenido que aprender a hacerlo —respondí, recuperando mi distancia profesional—. Pero agradezco el gesto. Nos vemos el lunes para el primer informe.
Salí de la Torre Navarro con las piernas temblando, pero con el alma encendida. Al subir al auto de la agencia donde Martha me esperaba, me eché hacia atrás en el asiento y cerré los ojos. Una lágrima de puro alivio rodó por mi mejilla, pero me la limpié rápidamente.
—Tres meses, Ángel —pensé, acariciando mi panza que ya empezaba a notarse bajo la ropa—. Solo tres meses nos tomó cambiar nuestro destino. Tu padre nos quería en el suelo, pero nosotros acabamos de comprar las alas.
Los meses siguientes pasaron como un torbellino de éxito y crecimiento. La "Seguridad Invisible" se convirtió en el estándar de oro en la República de Altea. La barriga me creció, redonda y hermosa, y con ella creció mi cuenta bancaria. Dejé el horrible departamento y me mudé a una casa pequeña pero luminosa en una zona residencial segura, un lugar con un jardín donde mi hijo pudiera jugar en el futuro.
Facundo Navarro se convirtió en una constante en mi vida. Nuestras reuniones semanales dejaron de ser estrictamente corporativas; a menudo se extendían con cenas de trabajo donde él se aseguraba de que yo comiera adecuadamente y donde compartíamos historias de nuestras vidas. Descubrí que él también conocía la traición; su propia familia lo había desplazado en sus inicios, obligándolo a construir su imperio desde la nada absoluta. Había un lazo invisible que nos unía: ambos éramos supervivientes.
Una noche, a las treinta y seis semanas de gestación, mientras revisaba unos informes de aduana en mi nueva oficina, sentí un dolor agudo que me recorrió la espalda y se instaló en mi vientre. Se me cayó el bolígrafo de la mano.
El agua comenzó a correr por mis piernas, empapando el suelo.
El pánico intentó apoderarse de mí, pero la nueva Isabella no se congelaba ante la crisis. Tomé el teléfono para llamar a Martha, pero la primera llamada entrante en mi pantalla fue la de él.
—Isabella, estoy revisando los accesos del puerto y... —la voz de Facundo se cortó cuando escuchó mi respiración agitada.
—Facundo... —gemí, apretando el borde del escritorio con fuerza—. Es Ángel. Ya viene.
—No te muevas —ordenó con una autoridad que me trajo una paz inmediata—. Mi chofer y yo estamos a dos calles de tu oficina. Voy por ti.
En menos de cinco minutos, la puerta de mi oficina se abrió de golpe. Facundo entró corriendo, con la corbata floja y el rostro desencajado por una preocupación genuina. No dudó un segundo; se agachó, me levantó en sus brazos imponentes con una delicadeza asombrosa, como si yo fuera de cristal, y me pegó a su pecho musculoso.
—Todo va a estar bien, Isabella —me susurró al oído mientras bajábamos en el ascensor corporativo—. Estoy aquí. Ya no estás sola.
Mientras el auto volaba hacia el hospital de la capital bajo las luces de la noche, apreté la mano de Facundo con todas mis fuerzas. Él no se quejó; se quedó a mi lado, sosteniendo mi mano y limpiando el sudor de mi frente. En ese momento, en medio del dolor del parto, entendí que el destino me había quitado a un cobarde para ponerme al lado de un verdadero hombre. Ángel estaba por nacer, y el imperio que le prometí ya tenía sus cimientos bien plantados en la tierra.
Autora dramatisas mucho en cada capítulo y describes demasiado cosas que no son tan importantes y esto evita que avances con la historia y aclares lo verdaderamente importante
ósea marido y mujer
necesito claridad en esa relación
gracias autora activa 🎁👍
y todavía no entiendo esa relación
de Facundo y Elena🤔🤔