Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 4
...RODRIGO:...
Me serví un segundo trago, disfrutando del sonido del hielo golpeando el cristal.
La tarde había sido una sinfonía de negativas y yo era el director de orquesta.
Estaba revisando unos gráficos de rendimiento cuando la puerta de mi despacho se abrió de nuevo.
Ni siquiera me molesté en levantar la vista; sabía que era Antonio con el undécimo intento de la "Reina del Maquillaje".
— Antonio, te lo he dicho en todos los lenguajes conocidos: cancela la cita — sentencié con una sonrisa de suficiencia, esperando el habitual tartamudeo de mi asistente —. Bloquea el número, desconecta el servidor o quema el teléfono si es necesario, pero no quiero volver a escuchar ese apellido en lo que queda de década.
— Infantil — gruñó con rabia —. ¿Y por qué enviar a un pobre mensajero a dar tus negativas, Rodrigo? ¿Es que te falta el valor para decírmelo a la cara?
Esa voz.
Era una mezcla de terciopelo y escarcha que conocía demasiado bien.
Levanté la mirada de golpe, mis ojos verdes encontrándose con la figura que acababa de invadir mi santuario.
Scarlett Padro Castello estaba allí, de pie, ignorando a un Antonio que parecía querer fundirse con la alfombra detrás de ella.
Se veía impecable, con ese aire de superioridad que siempre me daban ganas de aplastar, y sus ojos marrones me apuntaban directamente como si fuera una presa.
— Scarlett Padro Castello — solté, dejando el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Mi incredulidad luchaba con una chispa de diversión que me negaba a reconocer.
— Esto es una propiedad privada, no una de tus pasarelas de cosméticos. ¿Cómo diablos has entrado en mi empresa sin una cita?
— Tu seguridad es tan predecible como tu arrogancia, Di Bianco — respondió ella, dando un paso hacia mi escritorio con una actitud furiosa —. He venido a ver cómo me rechazas personalmente. Adelante, el escenario es tuyo. Dime lo que quieras frente a frente, si es que me puedes sostener la mirada más de tres segundos sin parpadear.
Me puse de pie con calma, rodeando el escritorio para quedar a su altura.
Scarlett no retrocedió ni un centímetro; al contrario, levantó la barbilla, desafiándome con esa mirada que juraba que podía incinerar a cualquiera.
Estaba tan cerca que podía oler su perfume, una mezcla de flores y algo picante que me resultaba irritante y atrayente a partes iguales.
— Antonio, déjanos solos — ordené sin apartar la vista de ella.
Mi asistente salió disparado, probablemente aliviado de no estar presente cuando la oficina explotara.
— Vaya, así que al final sí tienes lengua — dijo, cruzándose de brazos mientras la recorría con una mirada de arriba abajo.
— Entrar aquí como una delincuente no es precisamente la mejor forma de empezar un negocio. Estás desesperada, ¿verdad?
Ella soltó una risa seca, una de esas que te cortan la piel.
— ¿Desesperada? No te equivoques — respondió haciendo una mueca —. Mi padre tiene la absurda idea de que nuestras familias deben trabajar juntas, y estoy aquí porque no voy a permitir que un tipo engreído como tú me haga perder toda una tarde.
» He venido a decirte que aceptes la reunión o que tengas el valor de decirme que me tienes miedo.
— ¿Miedo? ¿De ti? — me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras respiraciones casi se mezclaron—. No te tengo miedo, Scarlett. Simplemente no me gusta perder el tiempo con personas que creen que el mundo es suyo solo por tener un apellido importante.
» Tu empresa de pinturas para la cara no tiene nada que ver con lo que yo hago aquí.
— Es una empresa de cosméticos líder a nivel mundial y una automotriz que deja a tus juguetitos tecnológicos en el pasado — escupió ella, y pude ver cómo sus ojos brillaban con una furia contenida —. Pero claro, para alguien tan estirado como tú, reconocer el éxito ajeno debe ser como tragar vidrio.
La tensión entre los dos era tan fuerte que casi se podía tocar.
Ella estaba furiosa, con las mejillas ligeramente encendidas, y yo... yo estaba disfrutando cada segundo de verla perder esa fachada de mujer perfecta y controlada.
— Dime una sola razón para no llamar a seguridad ahora mismo y sacarte a rastras de mi edificio — le reté, bajando la voz.
Ella me observó con una expresión de incredulidad.
— ¿De verdad serías capaz de hacerlo? — inquirió, levantando una ceja en señal de desafío —. ¿Realmente te atreverías a arruinar esa imagen de caballero que tanto cuidas?
No pude evitar reírme ante su provocación.
— Para ser sincero, no me importaría lo más mínimo — respondí con una sonrisa despreocupada.
— Pero a tu padre sí le importaría — replicó, con un tono lleno de picardía —. A él le caigo muy bien, ¿sabes? Me adora, en realidad.
Mientras decía esto, adoptó una expresión inocente, como si no tuviera nada que ver con el asunto.
— Si lo haces, le diré a tu padre y al mío que no fuiste capaz de manejar una simple propuesta de negocios — sonrió ella con malicia —. Y ambos sabemos que tu orgullo no podría soportar que piensen que te rendiste antes de empezar, menos cuando yo de manera amable he bajado la guardia.
Era una persona muy astuta, quizás incluso excesivamente astuta, pero yo poseía una astucia aún mayor.
Se hizo un silencio largo.
Éramos dos trenes a punto de chocar y ninguno de los dos quería frenar.
Pues quien se ceee este 🤭