Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
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capitulo 4
El taxi de lujo detuvo a Guillermo frente a un imponente edificio de apartamentos en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. El trayecto desde la galería había sido un borrón. Su mente, que usualmente operaba con la precisión de un reloj suizo, estaba en un caos absoluto. Sandra. Su nombre resonaba en cada rincón de su conciencia, una melodía olvidada que de repente volvía con una fuerza abrumadora. La imagen de sus ojos, la mezcla de dolor y fortaleza, lo perseguía. La había herido, lo sabía. Y verla de nuevo, tan hermosa y distante, había abierto viejas heridas que creía cicatrizadas.
Al entrar en el lujoso apartamento, el silencio lo recibió. El aroma a una cena ya cocinada, pero no servida, flotaba en el ambiente. Demasiado silencio.
"¿Guillermo? ¿Llegaste al fin?" La voz de Zaira, sedosa y ligeramente impaciente, provino del salón.
Guillermo se quitó el abrigo y lo colgó. Se ajustó la corbata, intentando componer la expresión de seriedad y calma que solía usar con ella. "Sí, Zaira. El tráfico estaba terrible." La mentira se sintió amarga en su boca. El tráfico no era el problema; la inesperada aparición de su pasado sí lo era.
Zaira emergió del salón. Vestía un elegante camisón de seda que acentuaba su figura esbelta. Sus ojos, fríos y penetrantes, lo examinaron de arriba abajo. Había una calculada posesividad en su mirada. "Te esperé para cenar. Sabes que me gusta cenar juntos, Guillermo."
"Lo siento. La inauguración se alargó más de lo previsto", respondió él, caminando hacia ella para darle un beso casto en la frente. Zaira recibió el gesto con una frialdad habitual.
"No te preocupes. La cena ya debe estar fría, pero podemos pedir algo más. O, quizás, tú puedes contarme cómo estuvo la noche. ¿Conociste gente interesante? ¿Algún nuevo inversor para la constructora?" Zaira tomó su mano, sus uñas perfectas y esmaltadas, y lo condujo hacia el sofá.
Guillermo se sentó, sintiéndose atrapado. La conversación fluía superficialmente, hablando de negocios, de los proyectos de Zaira en el mundo de las finanzas. Pero él no podía concentrarse. La imagen de Sandra, con sus manos delicadas entre las flores, se superponía a cada palabra de Zaira.
"Te veo un poco... distraído esta noche, Guillermo", comentó Zaira de repente, sus ojos fijos en él. Había un matiz de sospecha en su tono, una agudeza que no se le escapaba. "Parece que algo te tiene preocupado. ¿Es el nuevo proyecto en Cartagena? Sabes que mi padre puede mover algunos hilos si es necesario."
"No, no es eso. Solo estoy cansado", mintió de nuevo, la culpa carcomiéndole. Se sentía como un impostor.
Zaira se inclinó hacia él, su mano rozando su brazo. "Sabes, a veces me pregunto si no te exiges demasiado. Necesitas relajarte. Pensar en nosotros, en nuestro futuro." Su voz bajó a un susurro casi hipnótico. "El matrimonio se acerca, Guillermo. Ya tenemos fecha para el próximo año. Nuestra boda será el evento del año. Tú, el arquitecto más codiciado, y yo, con mi apellido y mi posición. Seremos la pareja perfecta."
La mención del matrimonio, de "su" matrimonio, cayó sobre Guillermo como una losa pesada. Era un recordatorio sutil, pero ineludible, del compromiso que los unía, de la vida que había construido cuidadosamente, pieza a pieza, después de aquella abrupta partida. Zaira no necesitaba elevar la voz para ejercer su poder; su sola presencia, su control silencioso, era suficiente. Era la sombra constante que se cernía sobre su vida, y en ese momento, se sentía más opresiva que nunca.
Guillermo forzó una sonrisa, ocultando el torbellino en su interior. "Sí, Zaira. La pareja perfecta." Las palabras le supieron a ceniza. Porque en lo más profundo de su ser, sabía que la perfección que Zaira idealizaba era una jaula de oro, y que la única persona que realmente había encendido su alma, con todos sus imperfecciones y su caos, acababa de reaparecer en su vida. La cena ya no era lo único frío en el apartamento; también lo era la realidad de su futuro inminente con Zaira.
Guillermo se levantó del sofá, sintiendo la necesidad de poner distancia entre él y la sofocante presencia de Zaira. Se dirigió al minibar, sirviéndose un whisky solo. El hielo tintineó en el vaso, un sonido agudo en el opulento silencio. Zaira lo observaba desde el sofá, sus ojos fijos en cada uno de sus movimientos, como una cazadora evalúa a su presa.
"¿Estás seguro de que solo estás cansado, Guillermo?", insistió Zaira, su voz adquiriendo un filo sutil. No era una pregunta; era una acusación velada. "Sabes que no me gustan las sorpresas. Ni las omisiones."
Guillermo se giró, el vaso en su mano. "No hay nada que omitir, Zaira. Solo una larga jornada. El proyecto en Santa Marta nos está dando más problemas de lo esperado con los permisos de construcción." Inventar detalles técnicos era su manera de crear una barrera, una cortina de humo que Zaira no pudiera penetrar fácilmente.
Pero Zaira no era tonta. Había vivido suficiente tiempo en el mundo de los negocios para detectar una evasiva. Sus ojos se entrecerraron ligeramente. "Ya veo. Me parece extraño que no lo mencionaras antes. Sueles compartir esos detalles conmigo. Después de todo, somos un equipo, ¿no es así?" El "somos un equipo" no era una afirmación de unidad, sino un recordatorio de su interdependencia, de cómo sus vidas estaban entrelazadas por intereses que iban más allá del afecto.
Guillermo tomó un sorbo de su whisky. El alcohol quemó su garganta, pero no aliviaba la opresión en su pecho. "Por supuesto, Zaira. Un equipo." Se acercó a la ventana, observando el horizonte de la ciudad. El brillante panorama nocturno se sentía ahora como un muro que lo encerraba.
Zaira se levantó con una elegancia felina y se acercó a él, apoyando una mano en su espalda. Su toque no era cálido, sino posesivo. "Sabes, anoche estuve revisando la lista de invitados para la fiesta de caridad del próximo mes. Quiero asegurarme de que todos los contactos importantes estén presentes. Y por supuesto, que tú luzcas impecable. Eres la imagen de nuestra firma, después de todo."
Guillermo sintió un escalofrío. La conversación había vuelto a la órbita de su imagen pública, de su papel como parte de la "pareja perfecta". Era el recordatorio constante de su valor para ella, no como un ser humano, sino como un activo. "Siempre lo hago, Zaira."
"Lo sé. Por eso eres el mejor", Zaira le besó la mejilla. Su beso era frío, desprovisto de pasión, pero cargado de significado. "Y por eso te elegí a ti. Seremos invencibles juntos, Guillermo. Nuestro futuro está sellado." La palabra "sellado" sonó con una finalidad ineludible, una cadena que lo ataba no solo a ella, sino a un destino del que sentía cada vez más ganas de escapar.
Mientras Zaira hablaba de los pormenores de la fiesta, Guillermo solo podía pensar en Sandra. En la chispa que había visto en sus ojos a pesar del dolor, en la vida que bullía en ella, una vida que se sentía tan lejana y vibrante en comparación con la calculada existencia que Zaira le ofrecía. El reencuentro con Sandra no solo había reabierto una herida; había encendido una llama, una peligrosa y tentadora posibilidad de un futuro diferente, uno que Zaira nunca aprobaría. La sombra de Zaira se alargaba por el apartamento, pero en el corazón de Guillermo, una nueva sombra, la de una mujer olvidada, comenzaba a batir sus alas con fuerza.