En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.
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4 UN HOMBRE MISTERIOSO
palabras de la autora:
el velo es una ilusión, nosotros lo vemos transparente pero para los personajes es diferente, ellos literalmente no pueden ver el rostro por velo. y hice que el velo fuera transparente para que ustedes puedan ver el rostro femenino de la protagonista, Y sí , como hombre se ve plana pero es porque usa una técnica especial para tapar sus pechugas. Creo que es una de las protagonistas más hermosa que e creado, aunque la belleza es relativa.
Me incliné sobre Lao Hu, mi voz un susurro que, sin embargo, resonó en el silencio. "Hoy solo te corté un dedo. La próxima vez que me faltes el respeto, te cortaré la lengua. ¿Entendiste?"
Lao Hu, pálido y tembloroso, agachó la cabeza tanto como pudo y farfulló: "Sí, vicegeneral... sí, vicegeneral..."
El General me observó, sus ojos fijos en mí, analizando cada fibra de mi ser. Luego, con un gesto brusco, me entregó la placa de mi padre, el símbolo de mi nueva autoridad. "Tienes las agallas, la ferocidad, la frialdad necesarias para ocupar el puesto de tu padre. Disfruta estos últimos días de tranquilidad que tienes, ya que pronto llegará una carta y tendremos que regresar en una semana al campo militar."
"No se preocupe, General", respondí, mi voz ahora sin rastro de sarcasmo, solo una fría determinación. Pensé — No tengo miedo." —El miedo es una jaula que no estoy dispuesta a habitar. Mi destino lo forjo yo, no las circunstancias ni las expectativas ajenas.
Mi madre, que había presenciado la escena desde la distancia, me observaba con un rostro triste y preocupado. Era consciente del enorme riesgo que corría mi identidad si un solo indicio de mi feminidad se revelaba. La pena en sus ojos me oprimía el corazón, pero sabía que no podía revelarme, de lo contrario, ambas pagaríamos las consecuencias.
Aproveché que cayó la noche para ir a bañarme en el río, un ritual para limpiar no solo el cuerpo, sino también el alma de las cargas del día. Me coloqué un velo oscuro sobre el rostro y me coloqué uñas desechables que saque de mi espacio, por si acaso alguien me descubría bañándome en la penumbra, para que no pudieran reconocerme. Por suerte, mi largo cabello negro que siempre llevaba atado en una coleta ajustada, me permitía ocultar mi identidad. Una vez en el agua, desaté las vendas que oprimían mi pecho voluptuoso, sintiendo un alivio inmenso al liberar mi cuerpo. Comencé a bañarme, mi bata de seda transparente apenas cubriendo mis formas bajo el agua cristalina. Cubrí mi cuerpo con una mezcla de aceites naturales que había preparado yo misma: lavanda, rosas, gardenias, aceites que no solo perfumaban, sino que también nutrían mi piel. Saqué de mi espacio dimensional un jabón con un aroma exquisito, un champú de fragancia cítrica y un acondicionador que dejaría mi cabello suave como la seda.
Hang Yi :

De repente, escuché pasos que se acercaban, crujido de hojas secas y ramas. Instintivamente, mi mano se dirigió a mi espacio dimensional y de allí apareció mi látigo asesino, un látigo letal de mi vida pasada, capaz de arrancar la piel de los enemigos sin piedad. Lo empuñé con la destreza de una experta, mi corazón latiendo con fuerza, pero mi mente fría y alerta.
De entre las sombras surgió un hombre. Llevaba una máscara oscura que le cubría la mitad superior del rostro, y su cabello, negro como la noche, estaba recogido en una coleta alta, similar a la que yo solía llevar. Su figura, alta y musculosa, se recortaba contra la luz de la luna.
"Mujer," dijo, su voz grave y extrañamente familiar, con un matiz que me erizó la nuca. "No te haré daño, pero guarda silencio. Unos hombres me vienen siguiendo. Además, es extraño, no sabía que por aquí había una mujer tan hermosa." Extrañamente, su voz se parecía mucho a la del General Feng Shang. Demasiado.
"¡Escúchame bien!" siseé, apretando el látigo. "¡Desaparece de mi vista o te mato! Eres un maldito pervertido, es obvio que sabías que me estaba bañando. ¡Te mataré, pervertido de mierda!" —Mi cuerpo es mi templo y mi privacidad mi santuario. Nadie, ni el hombre más imponente, tiene derecho a violarlos impunemente.—
"¡Oye, mujer!" replicó él, un matiz de exasperación en su voz. "No quise verte, de verdad. Déjate de tonterías, no tengo tiempo para esto. Solo necesito esconderme."
Me lancé contra él, mi látigo silbando en el aire, buscando envolverlo. El hombre enmascarado era ágil, esquivando mis ataques con una destreza sorprendente. Desenvainó una espada corta, el filo brillando bajo la luna. El látigo chocaba contra el filo de su espada, produciendo chispas y un sonido metálico que rompía la tranquilidad de la noche. Estaba sorprendida; en mi vida pasada, nadie había logrado escapar de mi látigo asesino con tanta facilidad. Sus movimientos eran fluidos, como un río, cada bloqueo y cada esquiva tan perfectos que era casi como si supiera lo que iba a hacer.
Pelea de los protagonistas:

"Vaya, veo que no eres una mujer común," comentó, su voz con un tono burlón. "Si yo fuera un hombre común, ese látigo me habría matado sin piedad. Parece que no eres de aquí. ¿Quizás seas una espía?"
"¡No soy una espía!" Grité, mi furia creciendo con cada golpe esquivado. "¡Pero por ser un maldito pervertido te voy a matar!"
De repente, el sonido de muchos pasos se escuchó. Un grupo de hombres vestidos de negro, con armas en mano, aparecieron de entre los árboles, rodeándonos. Eran cincuenta asesinos, sus ojos fríos y sedientos de sangre.
"Parece que llegó la compañía," murmuró el hombre enmascarado, y por primera vez, no hubo sarcasmo en su voz, solo una alerta tensa.
Ambos nos vimos forzados a luchar juntos. Éramos un equipo improvisado, pero mortífero. La batalla fue épica, una sinfonía de acero y látigo, gritos y sangre. Los asesinos se abalanzaron sobre nosotros, pero no eran rivales para nuestra destreza combinada. Mi látigo danzaba, desgarrando la ropa y la piel de los enemigos, cada chasquido un golpe certero. Un asesino intentó flanquear al hombre enmascarado, pero mi látigo lo envolvió, lo elevó y lo lanzó contra otro, derribando a ambos. El hombre enmascarado era una máquina de matar, su espada cortaba el aire con precisión letal, cada golpe eliminando a un oponente. Luchábamos uno contra el otro, pero también juntos, cubriéndonos las espaldas. Él era la fuerza brutal y yo, la agilidad y el veneno.
Protagonistas:

Nuestra danza contra los asesinos se volvió una alabanza sensual, nuestros cuerpos rozándose en el fragor de la batalla. Mientras esquivaba una estocada, el hombre enmascarado me agarró por detrás, su brazo rodeando mi cintura para protegerme de un golpe lateral. Nuestros cuerpos se apretaron por un instante, una ráfaga de tensión electrizante. Me zafé, pero él aprovechó la oportunidad para agarrarme desprevenida, su mano alrededor de mi cuello. En un acto reflejo, mi mano voló y agarró su entrepierna, apretándola con fuerza. —¡Oh, la dulce sinfonía de la venganza improvisada! Un "pervertido" que se atreve a tocar, sentirá el verdadero poder de una mujer que no teme usar todas sus "herramientas".—
"¡Suéltame!" gritó, su voz ahogada por el dolor y la sorpresa.
"¡Suéltame tú primero!" respondí con los dientes apretados. "Si me destrozas el cuello, te arranco tu órgano reproductor. ¡Nunca más volverás a reproducirte!"
"¡Qué mujer tan vulgar eres!" exclamó, el shock evidente en su voz, a pesar de la máscara.
Finalmente, ambos nos soltamos al mismo tiempo. Los últimos asesinos cayeron bajo nuestros ataques combinados, y el silencio, roto solo por el murmullo del río y mi respiración agitada, regresó. El hombre misterioso se frotó la entrepierna, lanzándome una mirada que prometía venganza y una extraña admiración.
"Ya te veré de nuevo, mujer," dijo con una voz ronca antes de desaparecer entre las sombras, tan rápido como había llegado.
Amarré mi cabello en una coleta, volví a vestirme de chico con mis ropas secas y regresé a la casa sigilosamente, la adrenalina aún bombeando por mis venas. Curiosamente, el General Feng Shang también venía llegando sigilosamente, su figura alta apenas visible en la oscuridad, su ropa un poco desordenada. Ambos chocamos en la puerta trasera, casi tropezando.
"¿Qué haces despierto a estas horas, Huang Yi?" preguntó con un tono seco, aunque su respiración estaba ligeramente agitada. "Pensé que los mocosos dormían profundamente."
"Lo mismo me pregunto, General," respondí con mi voz de "Huang Yi", perfectamente plana. "Solo iba por un poco de aire fresco. ¿Quizás el paseo por el pueblo resultó más... movido de lo esperado?"
Él entrecerró los ojos, una sombra de sospecha cruzando su rostro, pero rápidamente la disimuló. "Tonterías. Regresa a dormir. Mañana tendremos mucho que hacer."
Ambos nos separamos, con un velo de misterio y sarcasmo flotando en el aire. El secreto de mi noche, y mi verdadera identidad, estaban a salvo. Por ahora.