Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
NovelToon tiene autorización de Lely_Lely para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8: AMOR DE SANGRE [+18]
El silencio en el "archivo muerto" era denso, cortado únicamente por la respiración agitada de Zakhar. El gigante ruso, el líder indiscutible de la Bratva en la Costa Oeste, estaba paralizado ante la sonrisa perversa de su esposo. Esperaba repulsión. Esperaba que Damiano lo llamara enfermo, que intentara huir de la jaula de cristal que había construido a su alrededor durante años.
Pero Damiano no retrocedió. Dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que las puntas de sus zapatos tocaron las botas tácticas de Zakhar.
– ¿No vas a decir nada, moya radost? – la voz de Zakhar era un hilo áspero y tenso. Dejó la Beretta sobre el escritorio más cercano, como si temiera que su propio pulso lo traicionara. – Acabas de descubrir que soy un monstruo que te ha respirado en la nuca desde las sombras.
Damiano levantó la mano y trazó la línea de la mandíbula de Zakhar, manchada aún con la sangre de la Yakuza.
– Siempre supe que eras un monstruo, Zakhar. Simplemente no sabía que eras mi monstruo – Damiano dejó caer la mano hasta el pecho del ruso, sintiendo el latido desbocado bajo la camisa arruinada. – Dime, ¿hasta dónde llegaste? Para acorralar a mi padre, para obligar a mi familia a entregarme a ti. ¿Qué hiciste?
La mirada heterocromática de Zakhar se oscureció. El pánico inicial fue reemplazado por una sombra mucho más densa, abismal. Atrapó la mano de Damiano contra su pecho y lo miró con una intensidad que habría doblegado a cualquier otro hombre.
– Hasta el final – susurró Zakhar. – Hice que las rutas de tu padre sangraran. Puse a los federales en las cuentas de tus tíos. Pero eso no fue lo peor, Damiano.
Zakhar apretó el agarre, acercando el rostro del italiano a centímetros del suyo.
– Tu hermano mayor... no murió en un ajuste de cuentas de los carteles del sur. Él planeaba casarte con el viejo jefe de Chicago para asegurar una tregua. Iba a enviarte lejos. A una cama que no era la mía.
El aire abandonó los pulmones de Damiano. El recuerdo de su hermano, acribillado en su auto deportivo hacía tres años, golpeó su mente. La policía lo llamó una tragedia del bajo mundo. Su padre juró venganza contra fantasmas.
– Fuiste tú – la voz de Damiano fue un susurro sibilante.
– Fui yo – confesó Zakhar, sin un ápice de arrepentimiento en los ojos. – Yo di la orden. Yo me aseguré de que no quedara nada de él, porque preferiría quemar a tu familia entera hasta los cimientos antes de dejar que otro cabrón te pusiera un dedo encima. Ódiame por eso. Mátame si quieres. La pistola está justo detrás de ti.
El silencio que siguió fue absoluto. Zakhar soltó su mano, dándole la libertad de tomar el arma. Ofreciéndole su vida en bandeja de plata.
Damiano miró la Beretta. Luego miró a Zakhar. Pensó en su hermano, un hombre frío que siempre lo vio como un peón útil para sus propios negocios. Y luego miró las paredes empapeladas con su propio rostro. Las notas. Los trofeos. La devoción absoluta, psicótica y desmedida de este hombre que había manchado sus manos con la sangre de su propia familia solo para tenerlo.
Una risa baja, oscura y vibrante escapó de la garganta de Damiano.
No tomó el arma. En lugar de eso, agarró a Zakhar por las solapas de la camisa ensangrentada y lo jaló hacia abajo, estrellando sus labios contra los del ruso en un beso feroz, desesperado y cargado de un amor retorcido.
Zakhar gruñó, atrapándolo por la cintura y levantándolo del suelo, aplastándolo contra su cuerpo. El beso sabía a cobre, a pólvora y a locura pura.
– Mi carnicero... – jadeó Damiano contra sus labios, enredando los dedos en el cabello rubio de Zakhar. – Asegúrate de que nadie, nunca, intente separarnos. O te juro que yo mismo te ayudaré a cavar sus tumbas.
En esa habitación, rodeado de pruebas de un acoso enfermizo y tras la confesión de un asesinato familiar, el amor de Damiano terminó de corromperse. La oscuridad de Zakhar lo había devorado, y a Damiano le encantaba cómo se sentía el infierno.
Zakhar lo cargó sin esfuerzo y lo sentó sobre el escritorio, barriendo con el brazo todo lo que había encima. Papeles y fotos cayeron al suelo mientras sus manos rasgaban la ropa de Damiano con urgencia brutal.
– Repite eso – gruñó contra su cuello, mordiendo con fuerza suficiente para dejar marca. – Dime que te gusta que sea un monstruo por ti.
– Me encanta – jadeó Damiano, abriendo más las piernas para dejarlo acomodarse entre ellas. – Me encanta que hayas matado por mí… que hayas quemado todo lo que se interpuso entre nosotros. Fóllame, Zakhar. Quiero sentir cuánto me deseas.
Zakhar soltó un sonido animal y liberó su polla gruesa y dura. Escupió en su mano, lubricó rápidamente y entró en Damiano de un solo empujón profundo, arrancándole un grito ahogado.
– Joder… tan apretado – gruñó, comenzando a follarlo con embestidas duras y posesivas.
– Es tuyo… – gimió Damiano, clavando las uñas en la espalda ancha de su esposo. — Soy tu posesión. Más fuerte… quiero que me duela mañana.
Zakhar obedeció, follándolo sin piedad sobre el escritorio, haciendo que la madera crujiera con cada embestida brutal. Sus palabras sucias salían entre dientes apretados:
– Nadie va a quitárteme. Mataré a cualquiera que lo intente. Y tú vas a correrte sabiendo que tu hermano murió porque se atrevió a pensar en separarte de mí.
Damiano gimió más fuerte, el placer retorcido y oscuro recorriéndole el cuerpo. Se corrió primero, manchando su propia abdomen y la camisa de Zakhar con semen caliente. Zakhar lo siguió poco después, enterrándose hasta el fondo y llenándolo con chorros espesos mientras gruñía su nombre como una maldición sagrada.
Cuando el orgasmo bajó, Zakhar no se apartó. Salió lentamente de él y levantó a Damiano en brazos con sorprendente delicadeza. Lo llevó hasta el sofá negro que había en un rincón de la habitación y se tumbó con él, atrayéndolo contra su pecho amplio y sudoroso.
Damiano se acurrucó inmediatamente, escondiendo el rostro en el cuello de Zakhar, respirando su olor a sangre, pólvora y sexo. Una de las manos grandes del ruso acariciaba su espalda desnuda con lentitud, mientras la otra descansaba posesivamente sobre su cadera.
– Duerme aquí conmigo – murmuró Zakhar contra su cabello, la voz grave y ronca.
– Esta noche no te suelto.
Damiano sonrió débilmente contra su piel y cerró los ojos, completamente envuelto por el cuerpo cálido y peligroso de su esposo. El sueño los encontró así; enredados, sudorosos y profundamente unidos, dos almas oscuras que ya no podían existir la una sin la otra.