novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Dos semanas
Faltaban exactamente catorce días para la graduación de Eros.
Catorce días para cerrar una etapa.
Catorce días para empezar otra.
El apartamento ya no estaba vacío. Ahora tenía muebles elegidos por Amber, lámparas cálidas, cuadros minimalistas y un olor constante a madera nueva y café recién hecho.
Ese lugar ya no era un espacio provisional.
Era un proyecto.
—¿Te gusta cómo quedó? —preguntó Amber mientras acomodaba un cojín.
Eros la observaba desde la cocina, apoyado en la encimera.
—Me gusta porque lo hiciste tú.
Ella sonrió.
—No evadas la pregunta.
—Quedó perfecto.
Y lo decía en serio.
Pero lo que más le gustaba no era la decoración.
Era la idea de futuro que representaba.
Esa noche, él había preparado algo más.
No solo el apartamento.
Sobre la mesa del comedor había una carpeta negra con el logo de un proyecto aún inexistente en el mundo… pero muy real en su mente.
Amber la vio.
—¿Qué es eso?
Eros caminó hacia ella con una mezcla de nervios y determinación.
—Mi empresa.
Ella abrió la carpeta con cuidado. Planos, proyecciones, un nombre provisional, estudios de viabilidad.
—¿Vas a independizarte?
—No quiero trabajar toda la vida bajo el nombre de mi padre. Quiero construir algo que sea mío.
Sus ojos brillaban.
—Y quiero que tú diseñes los interiores de mis proyectos.
Amber levantó la mirada.
—¿Estás hablando en serio?
—Estoy hablando de futuro.
La palabra volvió a instalarse entre ellos.
Futuro.
Ella se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Estoy orgullosa de ti.
Eros cerró los ojos al sentirla así de cerca.
Esa noche era especial.
Había preparado la cena, había cambiado las luces por unas más suaves, había puesto música baja.
No era improvisado.
Era intención.
Cuando Amber lo notó, su expresión cambió.
—¿Es hoy?
Eros la miró con una intensidad tranquila.
—Si tú quieres.
No había prisa en su voz.
Solo certeza.
Amber caminó hacia él lentamente. No había nervios adolescentes. Había elección consciente.
—He esperado suficiente.
Eros la tomó del rostro con delicadeza. El beso fue profundo, cargado de todo lo que habían contenido durante años.
La tensión creció.
Pero esta vez no había plástico en el sofá.
No había improvisación.
Había decisión.
Sin embargo, cuando la situación estaba a punto de cruzar el límite que ambos habían postergado tanto tiempo…
Sonó el teléfono de Amber.
Ella suspiró.
—Ignóralo.
Pero volvió a sonar.
Eros frunció el ceño.
Amber miró la pantalla.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Hola?
Silencio unos segundos.
Luego una voz masculina, relajada.
—Así que tú eres Amber.
Eros se tensó al instante.
—¿Quién habla?
—Franco.
El nombre cayó pesado.
Amber miró a Eros, confundida.
—No te conozco.
—Oh, yo sí te conozco. Y mucho. Sobre todo por tu novio.
Eros le pidió el teléfono con la mano.
—Dámelo.
Amber dudó, pero se lo entregó.
—¿Qué quieres, Franco?
Del otro lado hubo una risa baja.
—Relájate, ingeniero. Solo quería invitar a tu novia a una fiesta este sábado. Será interesante.
—No va a ir.
—Eso debería decidirlo ella, ¿no crees?
El silencio se volvió eléctrico.
Eros apretó la mandíbula.
—Aléjate de Amber.
—¿O qué? ¿Vas a perder el control otra vez?
El golpe fue directo.
Preciso.
Eros se quedó quieto.
—Ten cuidado con lo que dices.
—Solo digo que el pasado deja huellas… y algunas personas no olvidan tan fácil.
La llamada terminó.
Amber miró a Eros.
—¿Qué fue eso?
Él respiraba más fuerte de lo normal.
—Nada que te importe.
—Claro que me importa.
Eros pasó una mano por su cabello.
—Tuve un roce con él en la universidad. No es alguien con quien debas involucrarte.
—¿Un roce?
—Sí.
Pero Amber notó algo distinto.
No era un simple roce.
Era historia.
Esa misma semana, Franco apareció oficialmente en el campus. Traslado reciente. Carismático. Seguro. Sonrisa fácil.
Demasiado fácil.
Se acercó a Amber dos días después, delante de varios estudiantes.
—Así que por fin te conozco en persona.
—Ya hablamos por teléfono.
—Quería asegurarme de que supieras que la invitación sigue en pie.
Eros apareció justo detrás de ella.
—Te dije que no.
Franco lo miró con calma irritante.
—No te estoy hablando a ti.
Los estudiantes comenzaron a mirar.
El ambiente se tensó.
—No la involucres —advirtió Eros.
—No estoy involucrando nada. Solo organizo una fiesta. ¿O ahora también decides con quién puede hablar?
Amber intervino.
—Ya dije que no estoy interesada.
Franco sonrió.
—Lástima. Me hubiera gustado que conocieras otra versión de la historia.
Eros dio un paso adelante.
—Di lo que tengas que decir ahora.
Franco lo sostuvo la mirada.
—No aquí.
Y se fue.
Esa noche, Amber buscó a Melody.
—¿Qué pasa con Franco?
Melody se quedó en silencio más tiempo del normal.
—No vayas a esa fiesta.
—¿Por qué?
—Porque hay personas que no hacen invitaciones inocentes.
—¿Tiene que ver con Eros?
Melody dudó.
—Solo… confía en que hay cosas que es mejor no provocar.
Amber sintió por primera vez una grieta en su tranquilidad.
No miedo.
Pero sí inquietud.
Dos semanas para la graduación.
Dos semanas para el gran día.
Y, sin embargo, algo oscuro comenzaba a moverse bajo la superficie.
Eros estaba más irritable.
Más protector.
Más atento.
Y Franco…
Franco observaba.
Esperando.
________
La invitación quedó flotando en el aire toda la semana.
No era solo una fiesta.
Era un desafío.
Eros no volvió a mencionar el tema… pero Amber notaba los cambios. Estaba más pendiente de su teléfono, más atento a quién se le acercaba en el campus, más serio de lo habitual.
Y eso la inquietaba más que Franco.
Una tarde, mientras salían de la universidad, Amber se detuvo frente a él.
—No soy frágil.
Eros la miró.
—Nunca he dicho que lo seas.
—Pero actúas como si no pudiera decidir por mí misma.
Él respiró hondo.
—No se trata de eso.
—Entonces explícame.
Silencio.
Ese silencio que ya empezaba a hacerse frecuente cuando el tema tocaba a Franco.
—Hay personas que disfrutan provocar —dijo finalmente—. Y Franco es una de ellas.
—¿Por qué te provocaría a ti?
Eros sostuvo su mirada.
—Porque sabe cómo hacerlo.
No era respuesta suficiente.
Pero era lo único que estaba dispuesto a dar.
Esa misma noche, Melody apareció en el apartamento sin avisar. Llevaba una expresión que Amber no supo descifrar.
—Dime la verdad —le pidió Amber apenas se quedaron solas en la cocina—. ¿Qué pasó entre ellos?
Melody apoyó las manos en la encimera.
—Eros tiene carácter.
—Eso lo sé.
—Y cuando siente que alguien cruza ciertos límites… no reacciona con calma.
Amber sintió un nudo en el estómago.
—¿Le hizo algo a Franco?
Melody no respondió directamente.
—Solo te diré algo: hay acciones que, aunque tengan una razón, dejan consecuencias.
—¿Qué consecuencias?
—Enemigos.
La palabra fue suficiente.
El sábado llegó.
La fiesta de Franco era en una casa enorme a las afueras de la ciudad. Música alta, autos de lujo, estudiantes emocionados por pertenecer a algo exclusivo.
Amber no tenía intención de ir.
Pero la curiosidad es una fuerza silenciosa.
Y la duda también.
No fue sola.
Fue con dos amigas.
“No me quedaré mucho”, se dijo.
No avisó a Eros.
No por rebeldía.
Sino porque estaba cansada de que le prohibieran cosas que aún no entendía.
Cuando llegó, Franco la recibió como si la hubiera estado esperando.
—Sabía que vendrías.
—No me quedaré mucho.
—Nadie viene con esa intención.
La música vibraba en el pecho. El ambiente era sofisticado, pero había algo tenso en la atmósfera.
Algo calculado.
—¿Qué querías decir el otro día? —preguntó Amber directamente.
Franco sonrió.
—Que no todo lo que parece perfecto… lo es.
—Si vas a hablar, habla claro.
Él se inclinó un poco hacia ella.
—Tu novio no es tan controlado como aparenta.
Amber sostuvo su mirada.
—No voy a escuchar insinuaciones.
—No son insinuaciones. Es historia.
Antes de que pudiera continuar, la música bajó abruptamente.
La puerta principal se abrió.
Y Eros entró.
No parecía furioso.
Parecía decidido.
Caminó directo hacia Amber.
—Vámonos.
No fue una orden gritaba.
Fue firme.
Franco dio un paso adelante.
—No sabía que estabas invitado.
—No lo estaba.
El silencio alrededor comenzó a formarse. Algunos estudiantes grababan discretamente.
—Te advertí que no la involucraras —dijo Eros.
—Ella vino sola.
Amber intervino.
—Yo decidí venir.
Eros la miró.
No había ira hacia ella.
Había decepción.
Eso dolió más.
Franco cruzó los brazos.
—¿Ves? No la controlas tanto como crees.
Y fue suficiente.
Eros avanzó un paso.
Solo uno.
Pero en ese segundo, algo cambió en su mirada.
No era celos.
No era orgullo.
Era algo más primitivo.
Franco lo vio.
Y sonrió.
—Ahí está —susurró—. Ese es el que yo conozco.
Eros cerró los puños.
El ambiente estaba a un hilo de romperse.
Amber se interpuso.
—Eros, no.
Su voz fue el ancla.
El recuerdo.
La promesa.
Eros respiró.
Una vez.
Dos veces.
Y retrocedió.
—Nos vamos —dijo, sin mirar a Franco.
Mientras salían, Franco habló lo suficientemente alto para que todos escucharan:
—Dos semanas, ingeniero. Espero que tu graduación sea tan memorable como tu pasado.
La amenaza quedó sembrada.
En el auto, el silencio fue pesado.
—No confías en mí —dijo Amber finalmente.
—No confío en él.
—Eso no es lo mismo.
Eros apretó el volante.
—Hay cosas que no sabes.
—Entonces dímelas.
Otra vez el silencio.
Otra vez el muro.
—No ahora.
Amber miró por la ventana.
Por primera vez en años, sintió que había una parte de él a la que no tenía acceso.
Y eso asusta más que cualquier enemigo externo.
Eros estacionó frente al apartamento.
Antes de bajar, la miró.
—Todo lo que hago es para protegerte.
Ella sostuvo su mirada.
—A veces proteger también es confiar.
Eros no respondió.
Porque en el fondo sabía algo que Amber aún no:
Franco no quería solo provocar.
Quería destruir.
Y estaba dispuesto a usar lo que fuera necesario para hacerlo.
La graduación estaba a dos semanas.
El futuro estaba listo para empezar.
Pero el pasado…
El pasado acababa de abrir la puerta
Esta vez Amber no discutió