Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.
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Capítulo 8: La tarea que no era solo una
Días después, en la noche, me encontraba en mi casa revisando las tareas del curso de sociales. Había sido un día largo en el colegio, de esos que dejan la cabeza llena de voces, explicaciones y preguntas. Me gusta corregir en la noche porque todo está más silencioso y puedo concentrarme mejor.
En la casa todo estaba en calma. Mi mamá estaba en el cuarto ayudando a dormir a Daniela, mi hija de apenas nueve meses. La escuchaba desde la sala con su voz suave, arrullándola, mientras le acomodaba la cobija y le hablaba bajito para que conciliara el sueño. Daniela estaba en esa etapa en la que todo es tranquilidad o llanto, y verla dormir siempre me recordaba que, aunque el día sea pesado, hay algo que vale la pena.
Yo estaba sentado en la mesa del comedor con una pila de cuadernos organizados. Tenía un bolígrafo rojo, una taza de café que ya estaba frío y una hoja de registro donde iba anotando notas. Todo estaba en orden, como siempre.
Empecé a revisar uno por uno.
Algunos trabajos estaban incompletos, otros bien hechos, otros claramente copiados. Lo normal en un curso de sociales.
Hasta que llegó uno.
Tomé el siguiente cuaderno y, cuando vi el nombre en la portada, me detuve un segundo.
Araceli.
Lo primero que noté fue la presentación. Era un trabajo muy bien hecho. Limpio, ordenado, con títulos subrayados, colores suaves y pequeñas decoraciones en las esquinas. Incluso había dibujos discretos que le daban un toque personal, como si no fuera solo una tarea sino algo hecho con dedicación real.
—Esto está muy bien presentado… —murmuré.
Pasé la primera hoja y empecé a leer.
El contenido era excelente. Había entendido perfectamente la historia de Cúcuta: el Congreso de 1821, la creación de la Constitución de la Gran Colombia, el terremoto de 1875 y la reconstrucción de la ciudad. También explicaba bien la importancia de su ubicación fronteriza con Venezuela y cómo eso influye en su economía y cultura.
Asentí mientras leía.
—Muy bien… esto es un diez claro —dije en voz baja.
Ya tenía el bolígrafo listo para poner la nota máxima.
Pero al pasar la última hoja del trabajo, algo me hizo frenar.
Había una hoja adicional.
No era parte del contenido académico.
No tenía títulos de sociales, ni estructura de tarea.
Era diferente.
Me quedé mirándola unos segundos.
—¿Qué es esto…? —susurré.
La tomé con cuidado.
Empecé a leer.
Al principio pensé que era una conclusión personal, algo relacionado con la clase. Pero el tono cambió de inmediato. No era académico. Era íntimo.
Era una carta.
Una carta escrita desde un lugar emocional, profundo, que no correspondía a una tarea escolar.
Seguí leyendo.
Y mientras avanzaba, entendí que no era una simple reflexión.
Era una carta romántica.
Me quedé completamente en silencio.
Apoyé el bolígrafo sobre la mesa sin darme cuenta.
Leí una parte otra vez para asegurarme de que no estaba interpretando mal.
Pero no.
Era claro.
La carta hablaba de sentimientos, de pensamientos constantes, de cómo mi presencia en clase influía en su estado emocional. No era explícito, pero sí evidente en la forma en que estaba escrita.
Sentí un peso en el pecho.
No de enojo.
De responsabilidad.
Miré hacia el pasillo de la casa. Mi mamá seguía en el cuarto con Daniela, mi hija de nueve meses, que ya debía estar profundamente dormida. El contraste era fuerte: una bebé tranquila en su cuna, mientras en la mesa del comedor yo tenía una situación completamente distinta en las manos.
Volví a mirar la carta.
Leí otra parte.
Luego otra.
El contenido era sincero, demasiado sincero para una estudiante hacia su profesor.
Me recosté en la silla.
—Esto no está bien… —dije en voz baja.
No lo dije con dureza. Lo dije con preocupación.
Porque sabía lo que esto significaba.
Como docente, uno entiende que los estudiantes pueden confundir emociones, idealizar figuras de autoridad, o interpretar de forma distinta la atención en clase. Pero cuando eso se escribe así, en una hoja entregada como parte de un trabajo, deja de ser solo un pensamiento interno.
Se convierte en algo que necesita manejo cuidadoso.
Respiré hondo.
Volví a leer una frase.
Luego cerré los ojos un segundo.
Pensé en Araceli en clase: callada, ordenada, siempre atenta, pero distante. Nunca imaginé que detrás de esa calma hubiera algo así.
Apoyé la mano en la frente.
—Tengo que manejar esto con cuidado… —murmuré.
Volví a mirar el cuaderno.
El “10” que iba a poner ya no era posible en ese momento.
No porque el trabajo estuviera mal hecho.
Sino porque había algo más importante que una nota.
Algo emocional.
Algo que no se resuelve con un número.
Miré hacia el cuarto otra vez, donde Daniela dormía.
Mi vida estaba dividida en dos realidades en ese momento: una como padre, cuidando una bebé de nueve meses; y otra como profesor, enfrentando una situación delicada con una estudiante.
Tomé el cuaderno.
Lo cerré lentamente.
Lo dejé a un lado, separado del resto.
Me quedé en silencio largo rato.
La casa seguía tranquila.
Pero en mi mente ya no.
Porque sabía que al día siguiente no sería una clase normal.