Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 4: Colisión en el Café
El zumbido del miedo tardó dos días en amortiguarse lo suficiente como para que Valentina se atreviera a salir de su caparazón.
El apartamento, su refugio, había empezado a sentirse como una celda demasiado familiar, las paredes cerrándose sobre ella y amplificando el eco del pronóstico de la Dra. Silva.
Necesitaba aire. Necesitaba ruido que no fuera el de sus propios pensamientos. Necesitaba, sobre todo, fingir por unas horas que la palabra progresión no existía en su vocabulario.
Se vistió con jeans y una camiseta holgada, sin molestarse en maquillar las ojeras. Recogió el cabello en un moño desaliñado. Hoy, la máscara sería ligera, casi transparente. No tenía energía para más.
Su santuario elegido fue La Pausa, una cafetería pequeña y acogedora a pocas calles de su edificio. No era el lugar más moderno, pero tenía sofás profundos, una iluminación tenue y el mejor chocolate caliente de la ciudad, espeso y amargo, justo como le gustaba. Lo único que podía tomar que se pareciera a un lujo.
La campanilla de la puerta anunció su entrada. El aroma a café recién molido y a pan dulce la envolvió como un abrazo. Era un olor que prometía normalidad, pequeños placeres cotidianos. Respiró hondo, dejando que la calidez del lugar calmara los nervios aún frágiles.
Eligió su rincón favorito, un sillón mullido cerca de una ventana que daba a un callejón lleno de macetas. Se hundió en el cojín, dejando que el murmullo bajo de las conversaciones ajenas y el suave clic de las tazas la arrullaran. Por un momento, solo cerró los ojos y existió.
—¿Lo de siempre, Val? —preguntó Marco, el barista, con una sonrisa cálida al acercarse a su mesa.
—Sí, por favor, Marco. El chocolate que salva almas —respondió ella, esbozando la primera sonrisa real en días.
—Para ti, el extra fuerte. Pareces que lo necesitas.
Esa era la belleza de los lugares habituales: la conocían, la trataban bien y no hacían preguntas complicadas.
Mientras esperaba, sacó un libro de su mochila. Una novela de aventuras, algo completamente alejado de hospitales y pronósticos médicos.
Abrió el libro, pero las palabras bailaban en la página, negándose a formar coherencia. Su mente volvía una y otra vez al monitor de la Dra. Silva, a las líneas y números que graficaban su lenta decadencia.
El chocolate llegó, humeante, con una nube de crema batida y virutas oscuras. Le dio un sorbo, sintiendo el líquido caliente y reconfortante recorrer su garganta. Pequeños placeres, se recordó. Enfócate en esto.
Fue en ese momento de distracción, justo cuando bajaba la taza, cuando la catástrofe ocurrió.
Un hombre, absorto en la pantalla de su teléfono, pasó detrás de su sillón y chocó bruscamente contra el respaldo. El impacto fue seco, sorpresivo.
La taza de chocolate saltó de sus manos, volcándose por completo sobre el libro abierto en su regazo y salpicando su camiseta blanca con un derroche dramático de líquido marrón oscuro.
Val soltó un grito ahogado, más por la sorpresa que por el calor. El libro estaba empapado, las páginas arrugándose y tiñéndose de marrón. Su camiseta lucía una mancha grotesca y húmeda.
—¡Mierda! —maldijo una voz grave y contundente justo detrás de ella.
Val se giró, la indignación y la frustración de los últimos días hirviendo en su pecho de repente, encontrando un blanco perfecto.
El responsable era alto, muy alto, con un traje gris de corte impecable que gritaba poder y dinero, y que parecía completamente fuera de lugar en la cafetería acogedora. Su rostro estaba tallado en ángulos duros, con una mandíbula fuerte y unos ojos gris tormenta que miraban el desastre con más irritación que remordimiento.
—¿No suele mirar por dónde camina? —le espetó Val, su voz más cortante de lo que había intentado. Secaba su libro con desesperación con una servilleta, un gesto inútil—. O es que su teléfono le mostró una ruta más interesante que el espacio físico que ocupa la gente.
El hombre parpadeó, desviando su mirada del teléfono hacia ella. Sus cejas, gruesas y bien definidas, se alzaron levemente. No parecía acostumbrado a que le hablaran así.
—El sillón está demasiado pegado al pasillo —replicó él, su tono tan seco y directo como el crujir de un billete nuevo—. Y usted lo eligió.
La audacia de la respuesta le quitó el aire por un segundo. ¿En serio?
—Ah, claro, culpa mía. Debería haber previsto que un titán corporativo como usted necesitaría un corredor de diez metros de ancho para revisar sus emails tan importantes —soltó, el sarcasmo fluyendo como un arma automática. Señaló su libro arruinado—. Esto era una primera edición, ¿sabe?
Mentira. Era una edición de bolsillo. Pero él no tenía por qué saberlo.
El hombre frunció el ceño, pero una luce cita de… ¿Era interés?… cruzó sus ojos grises.
La examinó de arriba abajo, no de manera lasciva, sino analítica, como si evaluara un problema de negocios complejo. Se detuvo en sus manos, que temblaban ligeramente mientras intentaban salvar las páginas del libro. No era solo por el enfado; la adrenalina del susto había acelerado su corazón y ahora sentía esa incómoda palpitación en la base de la garganta.
—Parece más afectada de lo que el incidente merece —observó él, su voz bajando un tono, perdiendo algo de su dureza corporativa.
—¿Y usted lo deduce de su vasta experiencia en derramar chocolate sobre extraños? —replicó ella, pero su mordacidad empezaba a resquebrajarse. El temblor en sus manos aumentaba. El latido irregular en su pecho se hizo más insistente, un recordatorio físico y aterrador de su vulnerabilidad. Respiró hondo, intentando calmarse, pero la combinación de ira, frustración y miedo físico fue demasiado.
Marco se acercó con un paño. —¿Todo bien, Val? ¿Te quemaste?
—No, no, estoy bien… —trató de decir, pero su voz sonó débil, quebradiza.
El hombre del traje gris seguía mirándola, y ahora su expresión había cambiado. La irritación se había desvanecido, reemplazada por una curiosidad intensa y confusa. Estaba viendo algo. Viendo más allá de la fachada sarcástica. Viendo el temblor. Viendo el pánico que empezaba a asomarse en sus ojos.
—¿Segura? —preguntó, y esta vez su voz era diferente. No era suave ni amable, pero ya no era brusca. Era… directa, sin adornos.
Algo en ese tono, en la forma en que sus ojos grises no se apartaban de ella, como si fuera el único punto de interés en la habitación, rompió el último dique.
La preocupación de Marco, la mancha absurda en su camiseta, el libro arruinado, el pronóstico médico, la soledad, el miedo constante… todo se acumuló en una presión insoportable en su pecho.
Y entonces, ocurrió.
Las lágrimas que se habían negado a venir durante dos días brotaron sin permiso. No fue un llanto silencioso y controlado como el de su baño. Fue un torrente repentino y silencioso, un desbordamiento de pura emoción cruda. Grandes lágrimas rodaron por sus mejillas, una tras otra, en un flujo constante y desesperado. No hizo ruido. Solo se sentó allí, en el sillón, con el libro destruido en su regazo, y lloró.
Marco se quedó paralizado, con el paño en la mano. —Oh, Val… cielos, lo siento, voy a traer más servilletas…
Pero el hombre no se movió. Se quedó plantado allí, mirándola llorar. Su rostro era una máscara de perplejidad absoluta. No parecía incómodo ni apresurado por escapar. Parecía… intrigado. Desconcertado. Como si se hubiera topado con un fenómeno que sus modelos de negocio y su mente lógica no podían procesar.
—No eran… —logró decir Val entre jadeos ahogados, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano con un gesto infantil—. No era una primera edición… Solo estaba… teniendo un mal día.
La confesión salió entre lágrimas, tonta y sincera.
El hombre asintió lentamente, como si esa información fuera la pieza clave que necesitaba. Su mirada se desplazó de sus ojos llorosos a sus manos, que ahora se aferraban al libro mojado como a un salvavidas, y luego a la delgada pulsera de plata que llevaba en la muñeca derecha, una pulsera médica discreta pero identificable para quien supiera lo que era. Sus ojos se estrecharon un instante, casi imperceptiblemente.
—Evidentemente —dijo, y su voz era neutra, impasible—. Un mal día.
Se movió entonces con una eficiencia sorprendente. Sacó su billetera, una pieza de cuero negro y sobria, y extrajo varios billetes de alta denominación, colocándolos sobre la mesa con un gesto seco.
—Para el libro. Para la limpieza. Para una docena de chocolates —declaró, sin lugar a réplica. Su mirada volvió a posarse en ella. Ya no miraba el desastre, la miraba a ella. A sus ojos hinchados, a su nariz enrojecida—. Y para días mejores.
Val no supo qué decir. Las lágrimas seguían fluyendo, pero más lentamente ahora. Solo podía mirarlo, completamente expuesta, vulnerable, sintiéndose ridícula y extrañamente… vista.
Él no dijo nada más. Asintió una vez, un gesto breve y casi militar, dio media vuelta y salió de la cafetería con la misma determinación con la que había entrado, dejando atrás el olor a café, el chocolate derramado y un silencio cargado de confusión.
Marco exhaló profundamente. —Vaya. Eso fue… intenso. ¿Quién era ese tipo?
Valentina negó con la cabeza, limpiándose las mejillas con las manos. —No lo sé.
Pero mentía. Sabía, por instinto, por la forma en que la había mirado, que no era un hombre cualquiera. Y que, de todas las personas en el mundo, él había sido el único en verla romperse sin apartar la mirada. Y no con lástima, sino con una curiosidad profunda y desconcertante.
Recogió los billetes de la mesa. Eran mucho más de lo que costaba el libro y la limpieza. Los sostuvo en su mano, sintiendo el papel áspero contra su piel. Miró hacia la puerta por donde él había desaparecido.
El miedo aún latía en su pecho, pero ahora se mezclaba con otra cosa, una sensación completamente nueva y desconcertante: la punzante y confusa chispa de una atracción feroz y totalmente inconveniente.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!