Nacida como una “maldición”, criada en el desprecio, y renacida con una nueva fuerza. Una princesa diferente está a punto de cambiar el rumbo de su reino.
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Capítulo 20: La caída de la sangre real
El sello oscuro explotó.
El pasillo quedó cubierto de grietas negras que devoraban la luz.
Ashley emergió del centro del hechizo, envuelta en una energía corrupta que ya no intentaba ocultar.
—Siempre fui mejor que tú —susurró—. Más fuerte. Más inteligente. Más digna del trono.
Airi no respondió.
Ya no había rabia visible en su rostro.
Solo vacío.
Ashley lanzó una descarga de magia negra que destrozó el techo.
Airi avanzó a través de ella.
Sin detenerse.
Sin cubrirse.
La energía oscura rasgó su ropa. Cortó su piel.
Pero no se detuvo.
—¿Por qué no gritas? —preguntó Ashley, retrocediendo.
Airi levantó su espada.
Sus ojos, rojo y verde, brillaban sin emoción.
—Porque ya no duele.
Un destello.
Un paso.
Ashley apenas tuvo tiempo de reaccionar.
La espada atravesó su pecho.
Directo al corazón.
Silencio.
El sonido metálico resonó por el pasillo.
Ashley abrió los ojos con incredulidad.
—Tú… no… te atreverías…
Airi sostuvo la espada sin temblar.
—Te atreviste a traicionar al reino.
La sangre comenzó a caer sobre el mármol blanco.
—Te atreviste a atacar a quienes me protegieron.
Ashley intentó levantar la mano.
No pudo.
—Te atreviste… a elegir el caos.
Airi empujó la espada más profundo.
Ashley dejó de respirar.
El cuerpo cayó lentamente al suelo.
La heredera del reino… había muerto.
El grito del trono
Los pasos resonaron.
El rey y la reina llegaron acompañados por guardias.
Se detuvieron al ver el cuerpo.
El silencio fue absoluto.
Luego el rey gritó:
—¡TRAIDORA!
La reina cubrió su boca con horror.
—¡Has asesinado a tu propia hermana!
Los guardias apuntaron sus lanzas.
Airi retiró la espada del cuerpo sin mostrar emoción.
La sangre cayó en líneas perfectas.
—No —dijo con calma.
Levantó la mirada hacia sus padres.
—Solo eliminé a la basura.
El aire se volvió pesado.
Los ojos del rey ardían de furia.
—¡Guardias! ¡Redúzcanla ahora mismo!
Nadie se movió.
Nadie.
El suelo bajo los pies de Airi comenzó a agrietarse.
Un aura intensa emergió de su cuerpo.
No era refinada como la de Aster.
Era cruda.
Inestable.
Pero aterradora.
—Y siguen ustedes… padres.
La reina dio un paso atrás.
El rey apretó los dientes.
—¿Te atreves a desafiarnos después de esto?
Airi dio un paso adelante.
Las lanzas de los guardias comenzaron a temblar.
—Desafiarlos sería reconocerlos como reyes.
Sus ojos brillaron con determinación absoluta.
—Pero ustedes dejaron de serlo cuando pusieron su poder por encima del pueblo.
El rey activó un círculo mágico bajo sus pies.
—¡No eres más que una niña influenciada por ese caballero!
El nombre de Aster resonó en el aire.
Por primera vez, algo cambió en la expresión de Airi.
No dolor.
Determinación.
—Aster pelea por el reino.
Ustedes solo pelean por el trono.
La magia del rey explotó hacia ella.
Airi levantó su espada.
El choque sacudió todo el palacio.
Columnas cayeron.
Vitrales estallaron.
El trono se partió en dos.
El símbolo del reino… quebrado.
Afuera
El ejército del Rey Demonio ya golpeaba las murallas.
El caos se extendía.
El reino estaba siendo atacado desde fuera…
Y destruido desde dentro.
En medio del polvo y los escombros, Airi permanecía de pie.
Frente a sus padres.
Frente a la corona.
Frente a su destino.
—Si para salvar este reino tengo que destruir esta familia… lo haré.
El rey levantó la mano para lanzar otro hechizo.
La reina comenzó a invocar una barrera prohibida.
Y en ese instante…
Una onda dorada cruzó el cielo sobre el palacio.
Lejana.
Pero inmensa.
Como si una estrella hubiera explotado en otro mundo.
Airi levantó la mirada.
Lo sintió.
—Aster…
La guerra apenas comenzaba.
Capítulo 20 — Parte 2
El hombre que no cae
El desierto estrellado estaba destruido.
La arena flotaba como polvo cósmico.
Cadáveres demoníacos cubrían el horizonte.
Los Siete Pecados respiraban con dificultad… pero aún seguían en pie.
Y en el centro…
Aster.
Un destello oscuro cruzó el campo.
Un corte invisible.
Demasiado rápido.
Demasiado preciso.
El brazo izquierdo de Aster fue alcanzado.
La sangre dorada salpicó la arena.
El brazo cayó.
El cielo pareció apagarse por un segundo.
Envidia sonrió.
—Por fin…
Pero Aster no gritó.
No retrocedió.
Ni siquiera miró su herida.
Como si perder un brazo fuera irrelevante.
—Coordinen —ordenó Envidia.
Los Pecados se movieron al mismo tiempo.
Orgullo atacó desde el frente.
Gula intentó devorar su energía restante.
Lujuria lanzó ilusiones para frenar sus reflejos.
Avaricia selló el espacio para impedir su movimiento.
Pereza alteró la gravedad bajo sus pies.
Ira fue el último.
Un golpe directo al cuello.
Seco.
Brutal.
El impacto rompió el suelo.
Aster cayó.
Inmóvil.
El silencio dominó el campo.
El ejército demoníaco dejó de moverse.
—Se acabó —susurró Gula.
Envidia observó el cuerpo sin expresión.
—No… —murmuró— algo no encaja.
La arena crujió.
Un sonido pequeño.
Pero imposible de ignorar.
Los ojos de Aster se abrieron.
Brillaban.
Más intensos que antes.
Se giró lentamente mientras aún estaba en el suelo.
Miró a Ira.
—Debes ser más fuerte.
En un solo movimiento se levantó.
La espada dorada trazó una línea perfecta en el aire.
Ira no tuvo tiempo de reaccionar.
Su cuerpo se partió en dos.
Silencio absoluto.
El cuerpo del portador de la Ira cayó a ambos lados.
La arena absorbió la sangre.
Los demás Pecados retrocedieron.
Envidia susurró, casi sin voz:
—No tiene sentido…
Aster miró su hombro vacío.
La herida comenzó a brillar.
Llamas doradas emergieron del muñón.
Carne.
Hueso.
Músculo.
Todo se regeneró frente a ellos.
Un brazo nuevo.
Perfecto.
Flexionó los dedos.
Sonrió.
—¿Cuántos más deben morir… para entender que soy el más fuerte?
El aura cambió.
Ya no era solo bendición.
Era determinación absoluta.
El nigromante intentó retroceder.
Demasiado tarde.
Aster desapareció de su posición.
Apareció frente a Orgullo.
Un corte vertical.
Orgullo cayó.
Gula gritó y lanzó una masa devoradora.
Aster atravesó el ataque.
Otro corte.
Silencio.
Tres Pecados habían caído.
Envidia tembló por primera vez.
—Esto… no es humano…
Aster caminó hacia ellos.
Cada paso hacía que las estrellas descendieran un poco más.
—Nunca dije que lo fuera.
El ejército demoníaco comenzó a retroceder.
Por primera vez…
El miedo estaba de su lado.
Aster levantó la espada.
—Vuelvan con su rey.
Díganle…
Que yo voy en camino.
El desierto se partió en dos.
Y el dominio comenzó a colapsar.
Mientras tanto…
En el reino…
El cielo se iluminó con una explosión dorada visible desde las murallas.
Los caballeros lo sintieron.
Airi lo sintió.
El Rey Demonio lo sintió.
Una presencia avanzaba.
Y no era demoníaca.
Era algo peor.
Era esperanza.
Continuará…
por eso no entiendo cuando hnos se pelean o son enemigos!!!