Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 30
Capítulo 30
La primera noche
La camiseta de Santiago le quedaba enorme.
Le llegaba a medio muslo, con las mangas cubriéndole los codos y el cuello tan ancho que le dejaba un hombro al descubierto. Era negra, de algodón gastado por cien lavadas, y olía a jabón de barra y a él — ese olor que no tenía nombre pero que Valentina habría reconocido en cualquier lugar del mundo.
Santiago estaba sentado en el borde de la cama con los audífonos ya quitados y la luz de la lámpara de noche haciéndole sombras en la cara. Valentina salió del baño con la camiseta puesta y el pelo suelto, todavía húmedo. Él la miró.
No dijo nada. No hacía falta. La forma en que la miraba era más elocuente que cualquier palabra — los ojos recorriéndole la cara, el cuello, el hombro descubierto, las piernas, con una lentitud que no era evaluación sino contemplación. Como si quisiera memorizarla.
Valentina se sentó a su lado. La cama individual apenas cabían los dos — un colchón de resortes que crujía con cada movimiento y una sábana blanca que olía a lavanda porque Don Ernesto las secaba al sol con ramas de lavanda entre la ropa.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Santiago. Se lo dijo al oído derecho, para que ella supiera que estaba escuchando.
—Un poco. ¿Tú?
—Mucho.
Valentina se rio. La honestidad era lo que más le gustaba de él — la forma en que decía "mucho" sin esconderse, sin actuar, sin la coraza de masculinidad que otros hombres habrían usado como escudo. Estaba nervioso y lo admitía, y esa admisión era más atractiva que cualquier demostración de confianza.
Se besaron despacio. El beso empezó suave — labios contra labios, la mano de él en su mejilla, la mano de ella en su pecho. Después se fue haciendo más profundo, más urgente, como una conversación que pasa de los saludos a las cosas que importan. Santiago le quitó la camiseta con la misma delicadeza con que desactivaba explosivos — despacio, con atención, como si cada centímetro de tela fuera un cable que necesitaba manejar con cuidado.
Valentina le desabotonó la camisa. Debajo, las cicatrices. Las conocía por haberlas visto a través de la cámara — la línea del fragmento de metralla en el costado izquierdo, la marca redonda de una bala de goma en el hombro, la cicatriz larga del abdomen que la explosión del veintiséis de septiembre le había dejado como una firma. Las tocó con los dedos. Una por una. Santiago se quedó quieto, con los ojos cerrados, dejándola leer su historia en braille.
—¿Duelen? —susurró ella.
—Ya no.
La primera vez fue torpeza y ternura.
Valentina había esperado que Santiago fuera preciso en esto como en todo — pero no lo fue. Fue torpe. Los codos chocaban contra la cabecera, la cama crujía como si estuviera protestando, los pies se enredaban en la sábana. Valentina se rio cuando él le golpeó la rodilla con la suya. Santiago se rio cuando ella le jaló el pelo sin querer. Se rieron juntos — en silencio, con la boca apretada contra el hombro del otro para no despertar a Don Ernesto, que dormía al otro lado de la pared.
La risa se fue transformando. De nerviosa a suave, de suave a callada, de callada a un silencio que era otra cosa — un silencio hecho de respiración y de tacto y de dos cuerpos aprendiendo el idioma del otro. Santiago la besó en el cuello, en la clavícula, en el hombro que la camiseta había dejado descubierto. Valentina trazó la cicatriz del abdomen con las yemas de los dedos y sintió cómo él contenía la respiración.
La pulsera roja — la nueva, la que ella le había puesto la noche de la boda del Cabo Rivas — le rozaba la piel cada vez que él movía la muñeca. El hilo rojo contra la piel de ella. El símbolo más viejo del mundo: estamos conectados.
Después, acostados en la cama individual con las piernas entrelazadas y las sábanas hechas un desastre, Valentina apoyó la cabeza en el pecho de Santiago y escuchó su corazón. Latía rápido todavía — la frecuencia de alguien que ha corrido una carrera y no ha recuperado el ritmo normal.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Mejor que bien.
—¿Mejor que desactivar una bomba?
—Infinitamente mejor que desactivar una bomba.
Valentina sonrió contra su pecho. La cicatriz del abdomen estaba debajo de su mejilla — una línea irregular, levantada, que subía y bajaba con la respiración de él. La besó. Santiago le puso la mano en el pelo.
—Valentina.
—¿Sí?
—Nada. Solo quería decir tu nombre.
Se quedaron en silencio. Afuera, San Lorenzo dormía. El río hacía el sonido que hacen los ríos cuando nadie los escucha — un murmullo constante que no es lenguaje pero que se parece. Los grillos cantaban su canción de una sola nota. El viento movía las hojas del limonero del patio.
Valentina se durmió primero. Santiago se quedó despierto un rato más — no por insomnio, no por pesadillas, sino por la razón opuesta: porque el momento era demasiado bueno para cerrarlo. Porque quería quedarse un minuto más dentro de esta versión del mundo donde no había explosiones ni dulces envueltos en papel de colores ni zumbidos en los oídos. Solo esta mujer contra su pecho, con el pelo mojado que le olía a su propio shampoo barato, respirando despacio.
Se durmió con la mano en su pelo y la comisura izquierda levantada.
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Valentina despertó primero.
La luz de San Lorenzo era distinta a la de la ciudad — más limpia, más directa, sin el filtro de smog y cristal que la ciudad le ponía al sol. Entraba por la ventana del dormitorio y caía sobre la cara de Santiago como una manta dorada.
Valentina lo miró dormir. Era la primera vez que lo veía así — completamente relajado, con la guardia bajada, con la cara que tendría si la guerra nunca hubiera existido. Las arrugas de la frente se le habían borrado. La mandíbula estaba suelta. Los labios ligeramente abiertos. La cicatriz de la sien se veía más clara a la luz de la mañana — una línea fina, casi plateada, que contaba una historia que él todavía no le había contado entera.
Se veía joven. Se veía como lo que era — un hombre de veintiocho años que debería estar empezando su vida, no reconstruyéndola.
Valentina le puso la mano en la mejilla. Santiago no se despertó. Le pasó el pulgar por el pómulo, por la línea de la mandíbula, por la comisura izquierda. La comisura que se levantaba cuando algo le daba gracia o cuando la miraba o cuando decía algo que importaba.
Desde el patio llegaba el olor de café y de leña. Don Ernesto estaba despierto. El perro del vecino ladraba. Un gallo cantó — tarde, como si se hubiera quedado dormido.
Valentina se acostó de nuevo junto a Santiago. Cerró los ojos. No se durmió. Se quedó en ese espacio entre el sueño y la vigilia donde todo es suave y nada duele, con el sol de San Lorenzo en la cara y el brazo de Santiago alrededor de su cintura y el olor de limones y café entrando por la ventana.
Pensó: así debería ser siempre.
Pensó: nada que sea así de bueno dura para siempre.
Se quedó de todos modos.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.