Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 30
La noche volvió a envolver la casa de los Montemayor con su calma habitual. Después de cenar juntos y conversar un rato en la sala familiar, Valeria se excusó primero para retirarse a descansar. Entró a la habitación con pasos quedos.
En cuanto la puerta se cerró, abrió el armario y contempló la hilera de prendas de dormir nuevas. Sus dedos se detuvieron sobre un conjunto de lencería negra, de corte sencillo pero elegante.
Ladeó la cabeza y murmuró en voz baja:
—Mamá Patricia dijo que una esposa también debe cuidar su apariencia frente a su marido.
Recordó uno a uno los consejos de Patricia. Para Valeria, tan ingenua como era, aquello no tenía nada que ver con seducir a su esposo, sino con aprender a ser una buena esposa. Sin pensarlo dos veces, tomó la prenda y se metió al baño.
Minutos después salió con el cabello todavía húmedo. La lencería negra quedaba cubierta apenas por una bata ligera del mismo tono, atada con un nudo flojo a la cintura. No sentía en absoluto que estuviera usando algo provocativo. En su mente solo había un pensamiento:
Ojalá a Sebastián le guste ver que estoy aprendiendo a cuidarme.
Sebastián, en ese momento, estaba sentado en el sofá pequeño junto a la ventana, revisando un informe de trabajo en su tableta. Al principio no prestó mayor atención cuando escuchó abrirse la puerta del baño. Pero al levantar la vista por casualidad, sus manos se quedaron inmóviles. Su mirada se clavó en ella.
Valeria estaba de pie a unos pasos de él, con el rostro limpio, sin una gota de maquillaje. El cabello largo y todavía húmedo le caía ordenado sobre los hombros. La ropa de dormir negra hacía que su piel luciera aún más luminosa.
Sebastián tragó saliva de forma involuntaria.
Valeria, en cambio, le dedicó una sonrisa inocente.
—¿Ya terminaste de trabajar?
—S-sí —contestó Sebastián, con la voz ligeramente rígida.
Valeria no advirtió el cambio en la expresión de su esposo. Estaba entretenida acomodándose la manga de la bata, que se le había doblado.
Una vez que Valeria se sentó en la cama con un libro entre las manos, Sebastián fue incapaz de concentrarse en el informe. Las letras en la pantalla de la tableta empezaron a desdibujarse. Su mente estaba ocupada por completo con la imagen de su esposa.
¿Por qué mamá le compró tanta ropa así?, se quejó para sus adentros, y exhaló largo varias veces.
Tranquilo, Sebastián. Es tu esposa. No pienses cosas raras.
Por desgracia, cuanto más intentaba desviar la atención, más difícil le resultaba. Cinco minutos después cerró la tableta que había estado sosteniendo sin leer. Se puso de pie de golpe.
—¿Sebastián? —Valeria levantó el rostro del libro.
—Voy a hacer un poco de ejercicio —respondió él, forzando la calma.
Valeria parpadeó, extrañada.
—¿Ejercicio?
—Sí.
—¿A esta hora?
—Sí.
—¿Por qué?
Sebastián buscó una excusa a toda velocidad.
—Para mantenerme en forma.
—Ah. —Valeria asintió enseguida—. Entonces, ¡ánimo!
Sin esperar un segundo más, Sebastián salió de la habitación rumbo al gimnasio privado en la planta baja. En cuanto la puerta del gimnasio se cerró, agarró una toalla y se restregó la cara con ella.
—¡Dios mío! Esta noche me están poniendo a prueba de verdad.
Poco después se escuchó el zumbido de la caminadora. Luego vinieron las flexiones, los abdominales y las pesas. Probó casi todos los aparatos.
El sudor empapó su camiseta. Cada vez que se detenía, la imagen de Valeria volvía a aparecer. Sebastián se dio una palmada suave en la frente.
—Ni el ejercicio funciona.
A la mañana siguiente, el comedor se llenó otra vez del aroma de la cocina de Carmela, que acababa de preparar el desayuno. Patricia ya estaba sentada, disfrutando de una taza de café caliente.
Al poco rato, Sebastián bajó las escaleras.
En cuanto vio a su hijo, Patricia arqueó una ceja.
—¿Por qué tienes ojeras? —preguntó con tono despreocupado y una sonrisa apenas perceptible.
Sebastián retiró una silla y se sentó en su lugar.
—Dormí poco.
—¿Por qué?
—Estuve haciendo ejercicio.
Patricia fingió sorpresa.
—¿Ejercicio? ¿Anoche?
—Sí.
—¿Hasta qué hora?
—Hasta las once.
—Ah, ya veo.
Patricia se apresuró a darle un sorbo a su café para disimular la sonrisa que pugnaba por escapársele. En el fondo, ya adivinaba la verdadera razón.
Al poco rato llegó Valeria con un plato de fruta cortada. Su rostro lucía fresco y radiante, como siempre.
—Buenos días, mamá —saludó con amabilidad.
—Buenos días, querida. —Patricia le sonrió con calidez—. Siéntate aquí.
—Sí, mamá.
Valeria se sentó junto a Sebastián sin sospechar que su suegra estaba tramando una pequeña provocación. Patricia observó a su nuera con una sonrisa cargada de intención.
—Valeria.
—¿Sí, mamá?
—¿Qué tal dormiste anoche?
Valeria respondió sin vacilar.
—Muy bien, profundamente.
Patricia asintió despacio.
—¿Y Sebastián?
Valeria giró hacia su esposo y contestó con absoluta naturalidad.
—Anoche se puso a hacer ejercicio.
Patricia simuló asombro.
—¿Ejercicio?
—Sí. Dice que para estar saludable.
—Ah... —Patricia volvió a llevarse la taza a los labios para no soltar la carcajada.
Unos segundos después, se inclinó un poco hacia Valeria. Bajó la voz lo suficiente para que solo ellos tres pudieran oír.
—Valeria.
—¿Sí, mamá?
—¿Ustedes ya...? —Patricia juntó las puntas de sus dedos índices y las movió suavemente mientras subía y bajaba las cejas.
Valeria frunció el ceño, confundida.
—¿Qué cosa, mamá?
—Lo que hablamos aquel día.
Valeria pensó con esfuerzo. La frente se le arrugó mientras intentaba descifrar la pregunta de su suegra. Un momento después, sus ojos se iluminaron.
—¡Ah!
Patricia también abrió una sonrisa amplia.
—¿Ya lo hicieron?
Valeria asintió con entusiasmo.
—¡Sí!
El rostro de Patricia se iluminó.
—¿De verdad?
—Sí. Ya me puse ropa atrevida en la habitación cuando estaba a solas con Sebastián.
Patricia se quedó paralizada.
Sebastián, que en ese instante bebía agua, casi se atragantó. Se cubrió el rostro con una mano a toda prisa.
Valeria, que no veía nada extraño en la situación, siguió explicándose.
—Mamá dijo que una esposa no debe tener vergüenza de usar ropa ligera frente a su marido. Sebastián también dijo que le gustó cuando me puse la que mamá me compró. Pero no pasó lo que mamá decía...
—¿Qué quieres decir? —preguntó Patricia.
—Mamá dijo que a los esposos les gusta ver a sus esposas bonitas y atractivas. Pero Sebastián más bien se fue corriendo a dormir o se escapó al gimnasio —explicó Valeria, desconcertada.
El comedor se sumió en un silencio repentino. Unos segundos después:
—¡Jajaja...!
Patricia no pudo contenerse más. Se echó a reír hasta que los hombros le temblaban.
—¡Válgame, Valeria! Tú sí que eres... —Las lágrimas le asomaban en las comisuras de los ojos de tanto reír.
Sebastián, entre tanto, solo atinó a negar con la cabeza mientras se masajeaba las sienes.
—Mamá.
—Sí... sí. —Patricia levantó las manos en señal de rendición, aunque la risa todavía no se le apagaba—. Ya, ya. De verdad me da pena mi propio hijo.
Aquel comentario hizo que Sebastián carraspeara con fuerza.
—Mamá.
—Sí, sí. —Patricia volvió a sonreír con picardía—. Ya. Mamá tiene una solución.
Sebastián clavó los ojos en su madre con desconfianza.
—¿Qué estás planeando ahora, mamá?
Patricia esbozó una sonrisa satisfecha.
—En un mes Valeria empieza la universidad.
—Sí.
—Antes de que comiencen las clases, deberían irse de luna de miel.
—¿Qué? —Valeria y Sebastián lo soltaron al unísono.
La sonrisa de Patricia se ensanchó al ver la coordinación de ambos.
—¿Ven? Otra vez en sintonía.
Valeria seguía sin salir de su asombro.
—¿Luna de miel?
—Sí. —Patricia asintió con firmeza—. Irán a la villa privada de mamá. Está sobre un acantilado, con vista directa al mar. El ambiente es tranquilo, el aire es fresco y casi no hay gente.
Patricia le lanzó a Sebastián una mirada cómplice.
—Perfecta para ustedes dos.
Al escuchar aquello, las mejillas de Valeria enrojecieron de inmediato. Sebastián, por su parte, solo pudo exhalar un suspiro discreto. Sabía perfectamente que la decisión de su madre no era una simple invitación a vacacionar, sino una forma de darles la oportunidad de disfrutar de verdad su tiempo a solas como marido y mujer.