NovelToon NovelToon
Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:889.7k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 30

Capítulo 30

—No —dije demasiado rápido—. Estás pensando de más.

Dante me miró.

—Lo negaste muy rápido.

—Porque es mentira.

—O porque te puse nerviosa.

Me puse más roja.

Traicionera.

Me pellizqué la palma con la uña, intentando hacer que mi corazón dejara de correr como tonto.

Dante vio el gesto.

No dijo nada.

Sólo estiró la mano y tomó la mía.

Su palma estaba caliente por la fiebre.

Demasiado caliente.

Me envolvió los dedos como si mi mano fuera algo pequeño que podía perderse si no la sujetaba bien.

—Ximena.

—¿Qué?

—¿Te estoy gustando?

Sentí que la cama desaparecía debajo de mí.

—No.

Intenté sacar la mano.

Él no apretó, pero tampoco soltó de inmediato.

—No tienes que contestar tan rápido.

—Sí tengo, porque estás equivocado.

Logré zafarme.

Me levanté de golpe.

—Voy al baño.

—¿Ahora?

—Sí. Urgente.

No esperé respuesta.

Casi corrí.

En el baño cerré la puerta y me miré al espejo.

Mi cara estaba roja.

Roja de verdad.

—Qué vergüenza —murmuré.

Abrí la llave y me eché agua fría varias veces.

No estaba celosa.

No me gustaba.

No estaba esperando que él me tomara la mano.

No.

Ninguna de esas cosas.

Cuando salí, no volví a sentarme en la cama.

Me fui a una silla, lejos.

Muy lejos.

Dante me miró desde la cama.

—¿Por qué te sientas allá?

—Voy a ver videos. No quiero molestarte.

—No me molestas.

—Pero estás enfermo.

—Ven.

—¿Para qué?

—Háblame.

Tomé la silla y la acerqué a regañadientes.

Me senté junto a la cama.

Silencio.

Lo miré.

Él me miró.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Querías hablar.

Dante tosió una vez.

La verdad era que tampoco sabía de qué hablar. Sólo no le gustaba verla tan lejos. Cuando Ximena estaba cerca, el cuarto olía distinto.

Más suave.

Mejor.

—¿Qué perfume usas? —preguntó.

Parpadeé.

—¿Perfume?

—Sí.

—No uso perfume.

—Entonces ¿por qué hueles así?

—¿Así cómo?

—Bien.

Me quedé callada.

Otra vez con esas frases dichas como si fueran normales.

Levanté la muñeca y la olí.

—Yo no huelo nada.

—Acércate.

—¿Para qué?

—Para comprobar.

No sé por qué obedecí.

Me senté en la orilla de la cama y extendí el brazo hacia él.

—A ver.

Dante bajó la mirada a mi muñeca.

Luego a mi antebrazo.

Luego a mis dedos.

El silencio se volvió demasiado consciente.

Me di cuenta de lo ridícula que era la escena y retiré la mano de golpe.

—Tal vez es sudor. Sudé cargándote.

—No.

—¿No qué?

—No huele a sudor.

—Estás enfermo. Tu nariz no cuenta.

—Tu mano es bonita.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

Dante tomó mi mano otra vez.

Abrió mis dedos con los suyos.

—No es demasiado delgada. Tampoco redonda. Está bien.

—Qué análisis tan específico.

Puso su mano encima de la mía.

La cubrió completa.

—Es pequeña.

—La tuya es enorme.

—Soy más grande que tú.

—Eso ya lo noté.

Su mirada se levantó.

—Dicen que en los hombres, las manos grandes significan otras cosas grandes.

Lo miré sin entender.

—¿Como qué?

Dante no contestó.

Sólo me sostuvo la mirada.

Mi cerebro tardó.

Pero llegó.

Ay, no.

Intenté retirar la mano.

—Eres un enfermo.

—Tengo fiebre.

—No hablo de esa enfermedad.

La esquina de su boca se movió.

Volvió a entrelazar sus dedos con los míos.

—Tengo frío.

—Tu mano está hirviendo.

—Igual.

—Métela bajo la cobija.

—Prefiero ésta.

Levantó apenas nuestras manos unidas.

Qué descarado.

Y qué difícil era no dejarlo.

Lo dejé porque estaba enfermo.

Sólo por eso.

Tomé mi celular con la mano libre e intenté ver videos para distraerme.

No funcionó.

Su mano tenía demasiada presencia.

Cada vez que movía el pulgar, mi atención volvía a él.

De pronto me rascó la palma con la yema del dedo.

Me estremecí.

—La bolsa se terminó —dijo.

Levanté la vista.

El suero estaba vacío.

—¡Ay!

Me levanté de golpe.

—Voy por la enfermera.

Dante me sujetó.

—El botón.

—¿Qué botón?

—El de llamada. Junto a la cama.

—Ah.

Lo presioné.

Pero la enfermera no llegó de inmediato.

Vi la línea.

La sangre empezaba a regresar por el tubito.

—Dante.

Me puse nerviosa.

—Está regresando sangre.

—Baja el regulador.

—¿Cuál?

—El azul. El que se desliza.

Lo encontré y lo bajé hasta el final.

La sangre dejó de avanzar.

Respiré.

—¿Te dolió?

Dante iba a decir que no.

Pero me vio la cara.

Y cambió.

—Un poco.

—¿Entonces por qué no lo hiciste tú?

Silencio.

Me miró.

No respondió.

Porque no quería soltar mi mano, pensé.

Y luego me regañé por pensarlo.

La enfermera entró y cambió la bolsa. Dante siguió sosteniéndome la mano todo el tiempo.

Yo intenté zafarme.

Nada.

La enfermera fingió no notar nada.

—Cuando esté por terminarse, presione el botón. Todavía falta una bolsa.

—Sí, gracias.

Cuando salió, el celular de Dante empezó a sonar.

Él miró hacia la silla donde estaba su saco.

Luego hacia mí.

—Pásame el celular.

—¿Dónde está?

—En el bolsillo del pantalón.

Lo miré.

—Tú tienes manos.

—Estoy enfermo.

—Pero tienes fuerza para agarrarme.

—Poca.

Mentiroso.

El celular seguía sonando.

Suspiré y metí la mano bajo la cobija.

El pantalón estaba ahí, cerca de su cadera.

Yo intenté tocar sólo la tela.

Pero estaba nerviosa.

Y él se movió.

O yo me equivoqué.

El caso fue que mis dedos rozaron algo que no era el bolsillo.

Algo duro.

Caliente.

Demasiado vivo debajo de la tela.

Dante soltó un sonido bajo.

Grave.

Me retiré como si me hubiera quemado.

—Perdón.

La cara me ardía.

—Yo... no quise.

Dante tragó saliva.

Su voz salió más pesada.

—Busca bien —dijo—. Hay lugares que no aguantan una mano distraída.

Quise tirarme por la ventana.

—Mejor sácalo tú.

—No tengo fuerza.

—Para eso sí no tienes.

—Ximena.

El celular seguía sonando.

Volví a intentarlo.

Esta vez miré hacia otro lado, como si eso hiciera la situación menos terrible.

Encontré el bolsillo.

Saqué el celular.

Y entonces vi la cobija.

La parte baja se había levantado.

Mucho.

Demasiado.

Aparté la mirada tan rápido que casi me mareé.

Dante también lo notó.

Claro que lo notó.

El cuerpo le había reaccionado por un roce torpe, por la mano de Ximena buscando en su bolsillo, por el calor de sus dedos a través de la tela.

Enfermo o no, seguía siendo un hombre.

Y con ella era peor.

Dante dobló una pierna para cubrirse y respiró hondo.

La cara le quedó tranquila.

La dignidad, apenas.

—¿Quién es?

Miré la pantalla.

—Tu mamá.

El contacto decía `Mamá`.

Me dio ternura.

Un poquito.

—Contesta.

—No sé tu clave.

—Mi fecha de nacimiento. Trece de mayo del noventa y seis.

Ingresé los números.

El celular se desbloqueó.

Contesté.

—¿Por qué tardas tanto? —dijo Elena apenas entró la llamada.

Dante tosió justo en ese momento.

Yo me acerqué el teléfono.

—Mamá, soy Ximena. Perdón. Dante tiene fiebre alta. Estamos en el hospital, le están pasando suero.

El tono de Elena cambió de inmediato.

—¿Yuyu? ¿Qué pasó? ¿Cómo está?

—Ya le pasaron una bolsa. Va en la segunda.

—¿Ya le bajó la fiebre?

Miré a Dante.

Él me miraba a mí.

—Tu mamá pregunta si bajó.

—Revisa.

—¿Cómo?

—Tócame la frente.

Obedecí.

Puse el dorso de la mano en su frente.

Seguía caliente, pero menos que en la mañana.

—Parece que bajó un poco —le dije a Elena.

—Qué bueno. Pero ¿cómo se enfermó? Dante casi nunca se enferma.

Me quedé tiesa.

—Anoche... no se tapó bien.

Dante me miró.

Yo evité sus ojos.

Técnicamente no era mentira.

No se tapó porque yo le robé toda la cobija.

—Ay, ese hombre —dijo Elena—. Tan grande y ni una cobija sabe usar.

Me mordí el labio.

—Sí.

Dante seguía mirándome.

No parecía enojado.

Más bien divertido.

—Gracias por llevarlo, Yuyu. Te está dando lata.

—No, no es lata. Soy su esposa. Es normal cuidarlo.

La frase salió sola.

Otra vez.

Me di cuenta de que Dante la escuchó.

—¿Puedes con él o voy? —preguntó Elena.

—Puedo.

—Pásamelo.

Le di el teléfono a Dante.

Él por fin soltó mi mano para tomarlo.

—Mamá.

La voz de Elena se oyó fuerte incluso desde donde yo estaba.

—¿De verdad estás bien?

—Sí. Es fiebre.

—Tú y tu papá son iguales. Enfermos y tercos.

—Estoy en el hospital.

—Porque tu esposa tuvo que llevarte, seguro.

Dante me miró.

—Sí.

—Trátala bien. Una mujer que deja su trabajo para llevarte al hospital, hacer trámites y cuidarte no se encuentra todos los días.

Me quedé quieta.

Dante seguía mirándome.

Sus ojos estaban más suaves de lo normal.

—Lo sé —dijo—. Voy a tratarla bien.

Me bajó una cosa rara por el pecho.

No dije nada.

No podía.

Elena habló un poco más. Dijo que pensaba llevarnos suplementos, pero que lo dejaría para otro día. Luego colgó.

Dante dejó el celular a un lado.

—Mi mamá dice que debo tratarte bien.

—Escuché.

—También dice que te importo.

—Eso no lo dijo así.

—Lo insinuó.

—Tu fiebre te hace interpretar cosas.

Dante me miró un rato.

Luego dijo:

—Gracias por hoy.

No supe qué hacer con esa seriedad.

—No fue nada.

—Sí fue.

—Estabas enfermo.

—Y viniste.

Bajé la mirada.

—Porque me chantajeaste.

—También.

Me reí bajito.

Dante no.

Él pensó que, si ella no hubiera llamado, probablemente habría seguido trabajando hasta empeorar. Ella fue por él, lo llevó, hizo el registro, pagó, preguntó, se preocupó.

El matrimonio, por primera vez, no le pareció sólo una decisión práctica.

Se sintió como llegar a un lugar donde alguien se daba cuenta si uno estaba mal.

Algo pequeño.

Pero cálido.

1
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
vaya la preferencia existe en alguna madre y está Beatriz va a perder mucho espero el papá sea más inteligente
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
Ximena no gastes en cosas innecesaria..invierte saca provecho nena
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
para mí el gusta más de ella de quién fue su novia
Marta Holguin
ya ps varias veces tuvieron sexo y sigue con la misma bobada escritora ya está como aburrida la trama cambie ya dándole tastas largas siempre lo mismo y bno porq no muestra fotos
Marta Holguin
síii bastante ya está como aburridora la trama escritora cambie ya tanta bobada con Ximena que pereza
Cliente anónimo
Que hermosa historia, me encantó. Felicidades
Paola castro
perdón pero dijo primero la compre antes de la boda y ahora dice la compré hace 2 años que se ponga de acuerdo
Maritza
me encantó
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Esa frase se puede interpretar en otro sentido. 😂😂😂😂😂🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Pero ella aceptó sin chistar. Parece una niñita , esperando que le digan qué hacer.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Angelica Tamayo
me parecio hermoso por eso quiero una segunda parte por que nos quedamos esperando cuando aparecerian de nuevo los padres de ximena
Ofelia Juarez
Lo que pasa es que sus padres la minimizaron y ella no pudo madurar bien se sientehindegur😭a
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Raquel Privitera
ya dije q es una pesadilla 80 c de lo mismo es cansador yo no se si es o se hace👿👿👿
Raquel Privitera
esta mujer es una pesadilla 👿👿
Marta Holguin: ya se está poniendo cansina está novela siempre lo mismo Ximena dante dsnte Ximena eso no avanza en nada ya me cansé de leer
total 1 replies
Raquel Privitera
me enferma esa mujer no es más tonta x q no se prepara me da rabia parece una nena caprichosa no una mujer 👿👿👿👿👿👿👿👿
Liliana García
Mejor déjalo, que ya cambié esa actitud por favor!!!
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Como que ese comentario ya cae mal
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play