Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 30 LOS RESTOS DEL PASADO
Dante la rodeó con los brazos y la sostuvo. No dijo nada. No hizo falta.
Se quedaron así, abrazados, en la biblioteca, mientras la tarde se convertía en noche y el fuego de la chimenea crepitaba en la penumbra.
—Te mereces esto —dijo Dante al fin, con la voz ronca—. Te mereces todo. Y voy a pasar el resto de mi vida asegurándome de que lo tengas.
Maya levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Esos ojos grises, fríos para el mundo, pero que para ella se estaban volviendo el lugar más cálido que conocía.
—No necesito el resto de tu vida —dijo—. Solo necesito que estés aquí. Ahora. Conmigo.
—Aquí estoy —respondió Dante.
Y la besó.
Fue un beso diferente a los anteriores. No fue el beso protocolario de la boda civil. No fue el beso tembloroso de la biblioteca, lleno de preguntas. Fue un beso de certeza. Un beso que decía esto es real, esto es nuestro, esto no se va a romper.
Cuando se separaron, los dos estaban sonriendo.
—¿Sabes? —dijo Maya, con los dedos enredados en el pelo de Dante—. Creo que me estoy enamorando de ti.
Dante apoyó la frente en la suya.
—Menos mal —respondió—. Porque yo ya lo estoy. Desde aquella noche en la calle, cuando me miraste sin miedo. O quizá antes. No lo sé. Pero sí. Te quiero, Maya Velini. O Carusso. Como quieras llamarte. Te quiero.
Maya cerró los ojos y se dejó querer.
Al día siguiente, Maya estaba en el jardín, tomando el sol y leyendo un catálogo de artistas locales que Dante le había conseguido, cuando Elsa apareció con un gesto preocupado en el rostro.
—Señora —dijo—. Hay visita.
—¿Quién?
—Una mujer. Dice llamarse Valentina. ¿La recibe?
Maya sintió que la sangre se le helaba. Valentina. Su amiga. La que le había dicho que era "un riesgo". La que la había abandonado cuando más la necesitaba.
—No sé —respondió, con sinceridad—. No sé si quiero verla.
—Puedo decirle que no está.
Maya dudó. Miró hacia la mansión, hacia la ventana de la biblioteca donde Dante estaba trabajando. Luego miró el catálogo de artistas, el sueño que él le había regalado.
—No —dijo, levantándose—. La recibiré. En la sala de estar.
Elsa asintió y desapareció.
Maya entró en la mansión, subió a su habitación, se miró en el espejo. Su reflejo ya no era el de la niña de papá que todo lo había perdido. Era el de una mujer. Una mujer que había sobrevivido. Una mujer que había construido algo nuevo desde las cenizas.
Bajó las escaleras con la cabeza bien alta.
*_*
Valentina estaba sentada en el borde de un sillón de terciopelo, como si tuviera miedo de mancharlo. Llevaba un vestido caro, tacones altos, las uñas perfectamente pintadas. Pero sus ojos, habitualmente brillantes de seguridad, ahora estaban empañados por algo que parecía culpa.
—Maya —dijo, levantándose cuando ella entró—. Gracias por recibirme.
—Siéntate —respondió Maya, sin ofrecerle la mejilla para el beso de rigor.
Se sentaron frente a frente. El silencio se alargó, incómodo, denso.
—He venido a pedirte perdón —dijo Valentina al fin—. Lo que hice… lo que te dije… fue imperdonable. Lo sé.
Maya la miró sin expresión.
—¿Qué fue exactamente lo que hiciste?
Valentina bajó la mirada.
—Te llamaste. Me pediste ayuda. Y yo te dije que eras un riesgo. Como si fueras una inversión, no una amiga. Como si los años que pasamos juntas no valieran nada. Fui una cobarde. Una mala persona. Y lo siento. De verdad.
Maya se quedó callada un momento. Recordó aquella llamada. Recordó el silencio al otro lado del teléfono, la excusa educada, el "lo siento, ahora no puedo". Recordó el frío en el pecho, la sensación de haber sido arrojada a la basura como un objeto inservible.
—¿Por qué ahora? —preguntó—. ¿Por qué vienes ahora y no antes? ¿Por qué no viniste cuando estaba durmiendo en un colchón en el suelo? ¿Por qué no viniste cuando mi madre se estaba muriendo de estrés? ¿Por qué no viniste cuando estaba a punto de casarme con un desconocido para salvar a mi padre?
Valentina abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
—¿Viste la conferencia de prensa? —continuó Maya—. ¿Viste cómo salimos mi esposo y yo, tomados de la mano, sonriendo a las cámaras? ¿Eso fue lo que te hizo venir? ¿Ver que ya no soy "un riesgo", que ahora soy la señora Carusso, que tengo dinero y poder otra vez?
—No —susurró Valentina, con los ojos llenos de lágrimas—. No es por eso.
—¿Por qué, entonces?
—Porque vi cómo te miraba —dijo Valentina, con la voz rota—. En la conferencia. Ese hombre, Dante Carusso, te miraba como si fueras la única persona en el mundo. Y yo… yo nunca nadie me ha mirado así. Y me di cuenta de que lo había perdido todo. No tú. Tú no me perdiste a mí. Yo te perdí a ti. Y quería… quería saber si aún quedaba algo. Si aún podíamos…
—¿Ser amigas? —Maya negó con la cabeza—. No lo sé, Valentina. No lo sé. Me hiciste mucho daño. Me llamaste "riesgo". Como si fuera un activo financiero, no una persona. Eso no se olvida.
—Lo sé —respondió Valentina, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Lo sé. Y no te pido que me perdones hoy. Ni mañana. Solo quería que supieras que lo siento. Que nunca debí hacerlo. Que si pudiera volver atrás…
—Pero no puedes —la interrumpió Maya—. Nadie puede. Eso es lo que duele. El tiempo no vuelve atrás. Las palabras no se desdicen. Yo estuve sola, Valentina. Completamente sola. Y en ese momento, la gente que debía estar a mi lado no estaba. Tú no estabas. Ninguna de ustedes estaba. Así que ahora… ahora no sé si quiero que estén.
Valentina asintió, con el rostro desencajado por el dolor.
—Lo entiendo.
Se levantó, tambaleándose ligeramente. Dio un paso hacia la puerta, pero Maya la detuvo.
—Valentina.
—¿Sí?
Maya se levantó también. Caminó hacia ella, lentamente, y la miró a los ojos.
—No te perdono. No todavía. Pero… aprecio que hayas venido. Aprecio que te hayas disculpado. Eso es más de lo que hicieron las otras.
—¿Las otras?
—Llamé a veinte personas, Valentina. Veinte. Solo tú tuviste el valor de decírmelo a la cara. Las demás pusieron excusas. Tú fuiste cruel, pero fuiste honesta. Y eso… eso vale algo. No sé cuánto. Pero vale.
Valentina esbozó una sonrisa temblorosa.
—Eso es más de lo que merezco.
—Quizá —respondió Maya—. Pero es lo que tienes.
Se quedaron mirándose un momento. Luego, Maya extendió la mano. Valentina la tomó. No fue un abrazo. No fue un perdón. Fue un primer paso. Nada más. Pero era algo.
—Cuídate, Valentina.
—Tú también, Maya.
Valentina salió de la mansión caminando erguida, con los hombros hacia atrás y la cabeza alta. Maya se quedó en la puerta, viéndola alejarse, sintiendo algo que no sabía cómo nombrar.
No era felicidad.
No era tristeza.
Era… paz.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias