Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.
Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.
Hasta que un día dejó de aguantar.
Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.
Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.
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Capítulo 30
Mientras tanto, a esa misma hora, la casa de Andrés volvía a llenarse de escándalo. El llanto de Sofía retumbaba desde la sala.
—¡No quiero comer eso!
¡PLAF!
La cucharita salió volando al piso. Andrés, que estaba sentado a la mesa del comedor, cerró los ojos un instante.
—¡Ay, Sofía! —Luciana la regañó, exasperada—. ¡Mamá está cansada, ¿sabes?!
La niña lloró todavía más fuerte, pateando la silla.
—¡No quiero verduras! ¡Quiero nuggets!
—¡Siempre nuggets! Por eso tienes la hemoglobina baja, porque no comes verduras —la reprendió Luciana, perdiendo la paciencia—. ¡No hagas drama!
Doña Carmen, que estaba doblando ropa junto a su nieta, salió en su defensa de inmediato.
—Ya no le grites tanto. Es una niña chiquita.
—Sí, mamá, pero Sofía no está comiendo bien. El doctor dijo que le faltan nutrientes —replicó Luciana, molesta—. ¡Le pongo verdura y arma un berrinche!
La casa siempre estaba en caos. Ya fuera por la televisión a todo volumen, por el llanto de Sofía o por las voces de Luciana y doña Carmen cruzándose sin parar.
Andrés, en cambio, comía solo a la mesa. La cara le pesaba de agotamiento. Delante tenía un plato de arroz frío y las sobras del mediodía recalentadas a medias. Todo le sabía a nada.
Tomó la cuchara despacio y se llevó un bocado a la boca. Pero a las pocas masticadas se detuvo. La mente se le fue directo a Valentina.
Antes, esa mujer no salía de la cocina. La comida caliente siempre estaba lista. Andrés bajó la mirada. Sabía que Valentina cuidaba esa casa con toda el alma. Pero él había estado demasiado ocupado haciéndola de "buen hijo". Demasiado ocupado cumpliendo cada capricho de su familia. Hasta que se le olvidó ser un buen esposo para la suya.
¡PLAF!
La cuchara se le cayó a la mesa con un golpe seco. Se le fue el apetito de repente. La cabeza le empezó a punzar de nuevo.
No alcanzó ni a serenarse. Al pasar por la sala camino a su cuarto, la voz de Luciana lo interceptó.
—¡Andrés! —El tono de Luciana era de lo más despreocupado.
Andrés contestó sin ganas.
—¿Qué?
Luciana, tirada en el sofá con el celular, soltó como si nada:
—Pasado mañana en la escuela de Sofía tienen una salida de campo. Necesito dinero para los gastos.
Andrés levantó la cabeza despacio. La miró durante un rato largo. Primero con la expresión vacía. Después con una repugnancia que fue creciéndole en los ojos.
—No tengo dinero —respondió, seco y cortante.
Luciana hizo un puchero, ofendida.
—Ay, ¡qué codo eres!
Esa frase pulverizó la última gota de paciencia que le quedaba. Andrés pateó el mueble del pasillo con tanta fuerza que lo arrastró de lado.
—¡BASTA!
La voz de Andrés retumbó por toda la casa. Respiraba agitado. El pecho le subía y bajaba con la furia que llevaba meses tragándose solo.
—¡Si quieres dinero, ponte a trabajar! ¡En vez de estar tirada todo el día sin hacer nada, pegada al celular! ¡Agradece si con el celular pudieras ganar algo!
Sofía se quedó paralizada del susto. Luciana y doña Carmen se sobresaltaron al ver a Andrés con la cara enrojecida, hablando a gritos.
—¡Trabajo todos los días para ayudarlos! ¡Pago la hipoteca! ¡Les pago los gastos! ¡Les ayudo con esto y con aquello, para que estén bien!
Los puños de Andrés se cerraron a los costados. Los ojos se le empezaron a enrojecer.
—¡Pero a nadie le importa si yo estoy cansado o no!
La sala enmudeció. Nadie se atrevió a abrir la boca. Andrés casi nunca estallaba así. Siempre se callaba, siempre cedía, siempre hacía lo que los demás le pedían.
Pero esa noche era distinta. Todo lo que traía adentro explotó de golpe.
Doña Carmen puso cara de disgusto.
—¿Cómo le hablas así a tu propia familia?
Andrés se rio. Una risa amarga, dolida. Luego se señaló a sí mismo.
—¿Familia?
Los ojos se le clavaron a su madre, cargados de herida.
—Si de verdad me consideraran familia... —la voz de Andrés se le empezó a quebrar— también se fijarían en que soy una persona.
Negó con la cabeza despacio, con una sonrisa vacía.
—No un cajero automático al que le sacan dinero cuando se les antoja.
La frase cayó como un hachazo. Tan filosa. Tan dolorosa. Que el ambiente de la casa se volvió asfixiante. Luciana desvió la mirada. Doña Carmen se quedó ofendida pero callada.
—¡Tú cambiaste desde que andas con esa Valentina!
El nombre le dio a Andrés un golpe brutal en el pecho. Se quedó inmóvil. La mirada perdida unos segundos. Luego, poco a poco, volvió a fijarse en su madre. En la cara del hombre había un agotamiento profundísimo.
—No soy yo el que cambió, mamá. Solo me di cuenta de que fui un idiota todos estos años.
Nadie se atrevió a responder. Por primera vez en su vida, Andrés había dicho lo que realmente sentía.
El sábado por la mañana Rodrigo y Mariana se presentaron en la mansión. Apenas cruzó la puerta, Mariana abrió los brazos.
—¿Dónde están mis sobrinos guapos?
Santiago corrió a abrazarla. Mateo, en cambio, apenas levantó la vista antes de volver a hundirse en los brazos de Valentina.
Rodrigo se acercó y le acarició la cabeza al pequeño.
—¿Qué le pasa a mi campeón?
Mateo respondió quedito.
—Quelo a papi.
Rodrigo y Mariana se miraron un instante. La expresión se les suavizó de golpe.
Mariana se puso de cuclillas frente a Mateo.
—¿Y si tu tía te lleva de paseo? ¿Quieres?
Mateo negó despacio.
—Quelo a papi.
Mariana le sonrió con paciencia.
—Vamos a comprar helado. A jugar a los columpios. Y a subirnos al trenecito.
Normalmente Mateo habría saltado de emoción. Pero esta vez el niño siguió apagado.
Rodrigo terminó sentándose junto a Valentina. En voz muy baja preguntó:
—¿Pregunta más seguido por Andrés?
Valentina solo asintió. Los ojos se le volvieron a enrojecer.
Rodrigo soltó un suspiro largo. Luego miró a Mateo.
—Si tú estás triste todo el tiempo, tu papá también se va a poner triste.
Mateo volteó enseguida.
—¿Papi tiste?
—Sí.
El niño se quedó callado. El llanto empezó a bajarle un poco.
Mariana aprovechó para sonreírle.
—Por eso vamos a pasear un ratito, ¿sí? Y le mandamos una foto a papi.
Mateo pareció pensarlo un momento. Después asintió despacito.
Valentina observó todo aquello en silencio. Le dolía el corazón. Porque por más que intentara mantenerse firme, la verdad era que todos seguían extrañándose igual. Y lo más doloroso de todo era que el amor seguía ahí, intacto. Solo que las heridas que había dejado la familia de Andrés eran demasiado profundas para fingir que no existían.
Pero eso sí que se enteren quien en verdad es Valentina
Muchas gracias
Dios le bendiga
Porquería de hombre no sirve para nada
Como se debe dejar sentir una persona con esposo así.