Camila Sandoval lo dio todo por su matrimonio, hasta que encontró a Mauricio con Valeria Beltrán en su propia cama. Él esperaba lágrimas y otra oportunidad. Camila le entregó los papeles del divorcio, reclamó lo que le correspondía y se marchó sin mirar atrás.
Poco después, Gabriel Beltrán, el padre de Valeria, apareció para disculparse. Era mayor que Camila, poderoso y peligrosamente atento. Lo que comenzó como una disculpa pronto se convirtió en una atracción imposible de ocultar.
Su relación desató un escándalo. Si Camila se casaba con Gabriel, la amante de su ex se convertiría en su hijastra y el hombre que la traicionó terminaría siendo su yerno.
Pero Gabriel ocultaba algo más inquietante: no se había enamorado de Camila después del divorcio. Llevaba años observándola y esperando que fuera libre.
Camila creyó que lo había elegido. Tal vez Gabriel la había elegido mucho antes.
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Capítulo 28
Capítulo 28
—¿Qué acabas de decir?
La voz de Lucía retumbó por toda la cafetería. Varias personas voltearon a mirarlas, pero ella ni siquiera se dio cuenta. Tenía los ojos tan abiertos que parecía que acababa de presenciar un milagro.
—Camila… ¿tú y Gabriel Beltrán están juntos?
Camila se cubrió la cara con ambas manos. Apenas recordó lo ocurrido la noche anterior, las mejillas se le encendieron como dos tomates.
—Yo tampoco sé en qué estaba pensando. Fui a la subasta, tomé un poco y Gabriel no dejó de coquetear conmigo. ¿Cómo se suponía que iba a resistirme?
Le echó toda la culpa a él sin el menor remordimiento.
—Mira nada más… —Lucía levantó el índice y lo movió de un lado a otro—. Quién lo hubiera imaginado, Camila Sandoval.
De pronto se inclinó hacia ella, emocionadísima, y le pasó un brazo por los hombros.
—¡Te ligaste a Gabriel Beltrán! Ese hombre mueve medio mundo empresarial de la ciudad. Amiga, cuando seas rica no te olvides de esta pobre madre soltera. Yo sigo sin hombre, vacía, sola y muerta de frío.
Camila la miró sin saber qué decir. Había esperado que Lucía la juzgara. En cambio, parecía más emocionada que ella.
—Ser soltera tampoco está mal. De hecho, estaba pensando en adoptar un niño dentro de un tiempo y vivir tranquila como tú.
Tomó un sorbo de café, deprimida.
Gabriel era maravilloso, sí. Pero la diferencia de edad entre los dos era enorme. ¿Cómo iba a presentarlo ante sus padres?
—¿Ya te arrepentiste? —Lucía parpadeó—. No inventes, amiga. ¿No piensas hacerte responsable? El pobre hombre enviudó y se mantuvo solo durante años. Tú lo pruebas una noche y luego quieres abandonarlo. Eso no se hace.
Camila le lanzó una mirada.
—Gabriel es muy bueno conmigo, pero ¿cómo voy a llevarlo a casa? Mis padres ni siquiera saben que me divorcié. Y él es el papá de Valeria. Cuando se enteren, quizá se desmayen.
Lucía se recargó en el respaldo, divertida.
—¿Y cuál es el problema? Tú no fuiste la infiel. Si te vuelves madrastra de Valeria, cuando nazca su bebé serás abuelastra. Tus papás subirán directo a bisabuelos. Llevan años pidiéndote un nieto y ahora les vas a entregar hasta un bisnieto. Ni pagando en un videojuego se sube de nivel tan rápido.
Camila le dio un manotazo en el brazo.
—¡Habla en serio!
—Ay, está bien.
Lucía se enderezó y adoptó una expresión solemne.
—Entonces dime qué quieres hacer. Porque escapar, no vas a poder escapar. Gabriel tiene poder suficiente para encontrarte en cualquier rincón de la ciudad. Aunque lograras esconderte, vivirías huyendo toda la vida. Mejor acepta la realidad. En el peor de los casos, sigue siendo rico y te va a tratar como reina. Es mucho mejor que tu ex: infiel, miserable y sin dinero. Desperdiciaste años ayudándolo a salir adelante.
Camila vaciló y soltó un largo suspiro.
Lucía le dio una palmadita en el hombro.
—¿No te gusta Gabriel?
Camila lo pensó unos segundos.
—Sí —admitió en voz baja—. Me gusta.
—Entonces ya está. Si los dos se quieren, ¿qué más necesitas? Yo, en tu lugar, hasta le pediría un hijo. ¿No decía Teresa que eras una gallina incapaz de poner huevos? Pues ten una camada completa con Gabriel para callarle la boca.
Camila se quedó muda.
Su amiga estaba más entusiasmada que ella. Lucía siempre había sido directa, impulsiva y poco preocupada por la opinión ajena. Precisamente por ese carácter había decidido criar sola al hijo que llevaba dentro años atrás.
Camila terminó aceptando la situación, aunque fuera con un poco de cobardía. Después de todo, Gabriel también le gustaba. Solo necesitaba tiempo para asimilar su nueva relación.
Y, pensándolo bien, el hijo de su ex tendría que llamarla abuela. Mauricio, por su parte, tendría que llamarla suegra.
La imagen de su cara al descubrirlo le arrancó una sonrisa boba.
—¿Qué pasa? ¿Ya lo aceptaste? —Lucía la observó con preocupación fingida—. Primero pones cara de funeral y luego sonríes sola. No me digas que la realidad te volvió loca.
—A veces quisiera coserte la boca.
—Gracias a esta boca tu vida tiene color. Si te gusta Gabriel, quédate con él y enfrenten los problemas poco a poco. Además, Mauricio y Valeria terminarán llamándote mamá. Aprovecha para hacerle la vida imposible a tu ex.
Los ojos de Camila se iluminaron.
—¿Y de paso me vengo de todo lo que su madre me hizo?
—Por supuesto.
Las dos siguieron riendo y planeando hasta que terminaron el café.
Al salir, vieron a Teresa caminando con varias bolsas de mandado. La mujer parecía agotada, pero en cuanto reconoció a Camila se enderezó y la miró con desafío.
—Apenas te divorciaste de mi hijo y ya te vistes como pavorreal. ¿A quién piensas seducir?
Camila no tenía por qué seguir soportándola. Sonrió con frialdad.
—A algún gran empresario, por supuesto. Al menos así comeré bien y viviré con comodidades. ¿O quiere que seduzca a otro don nadie como su hijo para seguir sufriendo? No soy monja ni vine al mundo a hacer penitencia.
El rostro de Teresa se puso rojo.
—Con esa pinta solo vas a atraer a viejos degenerados. Aunque encuentres uno, nadie querrá casarse contigo. Mejor cobra de una vez.
Camila la recorrió de arriba abajo con una mirada burlona.
—Cobre o no cobre, sé mantenerme y vivir bien. No como su hijo, que se vendió durante el matrimonio para trepar socialmente. Se supone que ahora usted debería estar disfrutando de la buena vida. ¿Por qué carga tantas bolsas? ¿La señorita rica es difícil de atender?
Lucía se tapó la boca.
—Cuando el esclavito no da abasto, tiene que salir la esclava mayor. Parece que Mauricio se vendió demasiado barato.
Teresa abrió los ojos como platos. El pecho le subía y bajaba mientras intentaba contener la ira.
—Por lo menos ellos firmaron y son marido y mujer. No como ciertas mujeres: una tuvo un hijo sin casarse y la otra es mercancía de segunda mano. Si ese hombre colecciona mujeres usadas, ustedes son perfectas.
—Madre soltera o divorciada, al menos ninguna de nosotras aceptó vivir como sirvienta —se burló Lucía—. Nosotras podemos elegir. Dígame, señora: ¿usted puede negarse a atender a la princesita?
—Lucía, no seas grosera —intervino Camila con falsa seriedad—. La señora nació para sufrir. Cuando yo era su nuera, me contaba todos los días lo dura que había sido su vida. Su hijito de mamá siempre se preocupaba muchísimo por ella.
—Claro que se preocupa —añadió Lucía—. Por eso deja que cargue sola todo el mandado mientras él se queda en casa abrazado a la pierna de su esposa rica.
Teresa temblaba de furia.
—Tú… tú… ¡víbora!
Camila atrapó el dedo con el que intentaba señalarla.
—No se enoje, señora. Nosotras iremos al salón de belleza para ponernos todavía más guapas y seducir hombres maduros. Usted siga trabajando duro. Quizá un día logre imponerse a la señorita y ascienda de sirvienta a suegra. Entonces podrá mandar a todo el mundo.
—¿Cómo se llamaría esa historia? —Lucía sonrió—. El ascenso de la criada.
Luego le hizo un gesto con la mano.
—Adiós, señora. Cuide su presión.
Camila incluso le lanzó un beso.
—Mua. Un poquito de energía para que siga atendiendo a la princesita. Ánimo, querida exsuegra. Usted puede.
Las dos se alejaron tomadas del brazo, brincando y riendo, hasta subir al auto.
Teresa se quedó tan furiosa que le zumbaban los oídos. Por poco se desmayó y tuvo que buscar dónde sentarse.
Desde que Valeria había entrado a la familia, Teresa había perdido toda autoridad. No podía controlar a su nueva nuera y ahora la ex acababa de humillarla.
—Una es una víbora y la otra una mosquita muerta —masculló entre dientes.
Después del tratamiento de belleza, Camila y Lucía se despidieron.
Camila regresó de excelente humor, escuchando rock a todo volumen. Entró al estacionamiento, apagó el motor y apenas puso un pie fuera del auto cuando una mano fuerte la sujetó del brazo.
Se sobresaltó.
—Tranquila. Soy yo.
La voz de Gabriel sonó junto a su oído. Al hablar, sus labios rozaron suavemente el borde de su oreja y un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Camila.
—Me asustaste —murmuró con la garganta seca.
—¿Dónde estuviste? ¿Por qué no contestaste mis llamadas?
Gabriel la hizo girar hacia él y la examinó de arriba abajo.
—Fui con Lucía al salón de belleza. Cuando desperté ya no estabas, así que salí. ¿Me llamaste?
Buscó dentro del bolso.
—Al teléfono privado. Muchas veces.
Camila sacó el celular que él le había regalado. Había veinte llamadas perdidas. Lo había dejado en silencio y no había notado una sola.
—Perdón —dijo con culpa—. Estaba tan contenta que no revisé el teléfono.
Gabriel le tocó la punta de la nariz, mirándola con ternura.
—¿Qué clase de asistente privada desaparece sin contestarle a su jefe?
La atrajo más contra su cuerpo.
Camila hizo un puchero.
—¿Vas a despedirme?
Los ojos de Gabriel se oscurecieron. Se inclinó hasta hablarle al oído.
—No voy a despedirte. Pero tendré que castigarte.
Las mejillas de Camila ardieron.
Antes de que pudiera responder, Gabriel bajó la cabeza y se apoderó de sus labios.
Ella se estremeció e intentó apartarlo por instinto. Gabriel estrechó el brazo alrededor de su cintura y volvió a besarla, ardiente y dominante.
Camila forcejeó un par de veces, pero pronto perdió las fuerzas.
Él le sostuvo la cintura y la arrinconó contra la puerta del auto. Con la otra mano le levantó el mentón para obligarla a alzar la cara. Sus lenguas se encontraron y la respiración de Camila perdió todo ritmo.
Terminó respondiendo a aquel beso con la misma ansiedad.
Junto a Gabriel descubría una pasión que nunca había conocido. Mauricio jamás la había esperado en un estacionamiento ni la había besado de esa forma; incluso en la cama, su ex apenas le daba un roce rápido en los labios, desprovisto de calor, deseo o amor.
Pasó un largo rato antes de que Gabriel se apartara apenas. Apoyó la frente contra la de ella; su aliento caliente le acariciaba la cara.
—¿Todavía quieres alejarme?
Camila bajó la mirada, demasiado avergonzada para sostener la suya.
—Estamos en el estacionamiento.
—¿Y?
—Alguien podría vernos.
Gabriel soltó una risa baja.
—Que nos vean. Besar a mi novia no es ningún delito.
Camila dejó escapar un sonido suave. Después de unos segundos, murmuró:
—También podríamos volver a casa para que me castigues.
Él sonrió, encantado de verla tan atrevida.
—¿Y cómo quieres que te castigue? No logro adivinarlo.
Ella se sonrojó todavía más.
—Si no puedes adivinar, olvídalo.
—Está bien, está bien.
Gabriel le besó el cabello.
—Primero vamos a casa.
Camila alzó la cara con una sonrisa traviesa.
—¿A qué? Qué difícil adivinarlo.
—No necesitas adivinar. Lo sabrás en cuanto entremos.
Sin previo aviso, Gabriel la levantó en brazos.
Camila escondió la cara en su cuello.
—Bájame. Estamos en el estacionamiento y nos van a ver.
Él la sujetó con más fuerza.
—Que miren. Mi novia no tiene por qué esconderse.
Camila se acurrucó contra su pecho como una gatita. Aquella docilidad hizo que a Gabriel se le derritiera el corazón.
Caminó hacia el elevador sin apartar los ojos de ella.
Cuando las puertas se cerraron, Camila comenzó a inquietarse entre sus brazos. Dibujó pequeñas líneas con el índice sobre su pecho. Alzó los ojos en secreto y descubrió que él también la observaba.
—¿Qué miras?
Gabriel la acomodó un poco más arriba y le besó la mejilla.
—¿No puedo mirar a mi tesoro? Aunque este tesoro se está portando muy mal entre mis brazos.
—¿Quién es tu tesoro? —preguntó ella con voz melosa.
Él sonrió.
—Mi tesoro se ve preciosa cuando se enoja.
Camila le dio dos golpecitos en el pecho.
—Qué labia tienes.
La voz de Gabriel se volvió más grave.
—¿Y a mi tesoro le gusta?
Ella jugó con su corbata, acurrucada en el hueco de su cuello.
—Si es como anoche… me gusta.
Después de decirlo, se removió emocionada entre sus brazos y dejó escapar un par de gemidos suaves.
Camila sintió que se comportaba con más coquetería que la propia Valeria. Cada vez que estaba con Gabriel, él tomaba el control de todas sus emociones. Sus dudas y temores desaparecían, y en su mente solo quedaba el deseo de estar a su lado.
Frente a él podía mimarlo, provocarlo y actuar como una mujer caprichosa. Mientras Gabriel la tratara con tanto cariño, no necesitaba fingir ser la adulta sensata de siempre.
Él no dejó de sonreír. La estrechó con más fuerza y le susurró al oído:
—Como tú quieras.
Las puertas del elevador se abrieron. Gabriel salió con ella en brazos.
Con cada paso hacia el departamento, el corazón de Camila latía más rápido. Se mordió el labio y se aferró a él.
Frente a la puerta, Gabriel se detuvo.
—Ábrela.
Camila siguió escondida en su pecho, pero extendió un dedo y puso la huella en el lector.
La puerta se abrió.
Ella lo abrazó con más fuerza. Gabriel la llevó adentro y, en cuanto la puerta se cerró, una nueva tormenta de pasión se desató entre los dos.
Al otro lado de la ciudad, Valeria comía un tazón de yogur con fruta en el sofá cuando Mauricio salió corriendo de la habitación con el teléfono en la mano.
—Valeria, le pedí a alguien que investigara. Tu tío… quiero decir, tu papá está viviendo con esa mujer en el Residencial Los Encinos.
Valeria miró la pantalla.
Era una fotografía tomada desde lejos, en un estacionamiento subterráneo. Gabriel llevaba a una mujer en brazos. Ella tenía la cara escondida contra su pecho.
Valeria le arrebató el teléfono.
—Hay más —dijo Mauricio.
Deslizó el dedo.
En la segunda foto, la mujer aparecía de espaldas mientras besaba apasionadamente a Gabriel.
En la tercera, él la cargaba rumbo al elevador.
En la cuarta, justo antes de que las puertas se cerraran, Gabriel bajaba la mirada hacia la mujer acurrucada en su cuello.
—¿Papá de verdad está con alguien?
Las manos de Valeria temblaron.
—¡Está usando el departamento de Los Encinos para vivir con ella!
Arrojó el teléfono sobre el sofá.
—¡Esto es el colmo!
Teresa, que estaba en la cocina, escuchó la conversación y salió de inmediato.
Llevaba más de diez años deseando a Gabriel. Ni siquiera ella había logrado conquistarlo. No pensaba permitir que otra mujer se le adelantara.
Miró a Valeria y sus ojos se llenaron de cálculo.
—Ay, Valeria, estás embarazada. No te alteres.
—Tu mamá tiene razón —la consoló Mauricio—. No te enojes tanto.
—Con razón papá nunca quiso darme ese departamento. Lo usa para mantener a su amante.
Teresa fingió indiferencia.
—El departamento es de tu papá. Puede dárselo a quien quiera. Nosotros estamos bien aquí. No vale la pena enojarse.
—¡Claro que importa! Vale treinta millones de pesos. El aire es limpio, la zona es tranquila y sería perfecta para mi embarazo. Papá no quiso dármelo, pero sí lo usa para mantener a esa zorra. ¡Me está tratando como si yo no fuera su hija!
Mauricio también estaba furioso.
Llevaba mucho tiempo codiciando ese departamento. Había soportado todos los caprichos de Valeria y, al final, ni siquiera recibía lo mismo que una mujer desconocida.
—Ya pasó. Déjalo —dijo con el rostro tenso—. Si tu papá no quiere dárnoslo, no dependamos de él.
Teresa y Mauricio intercambiaron una mirada. Ella comprendió la intención de su hijo y suspiró.
—Tu papá no sabe apreciar a su propia hija, pero nosotros sí. La casa es suya y puede hacer lo que quiera. Solo me preocupa que esa mujer no lo ame de verdad y quiera quitarte tu herencia.
—Mamá, no digas eso —la reprendió Mauricio—. El papá de Valeria es un hombre muy listo. No se dejará engañar.
El modo deliberado en que dijo “el papá de Valeria” le hizo sentir un nudo en el pecho.
—Sí, sí, me equivoqué —se corrigió Teresa—. Tu papá es un empresario importante. Seguro estoy preocupándome de más. Mauricio y yo cuidaremos de ti. No te metas en su relación.
Mientras hablaba, observaba cada cambio en la expresión de Valeria.
—¡No! —Valeria apretó la tela de su ropa—. Tal vez mi papá ya perdió el juicio. Voy a conocer a esa mujer.
Se levantó y caminó hacia la habitación.
—Mau, amor, cámbiate. Vamos a Los Encinos.
Teresa y Mauricio volvieron a mirarse. Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
Mauricio siguió fingiendo que intentaba detenerla, pero Valeria insistió. Al final, como estaba tan “preocupado” por la seguridad de su esposa embarazada, no tuvo más remedio que acompañarla.