Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.
Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.
Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.
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27
Cinco hijos. Esa frase atravesó a Estela de una manera que no esperaba. Porque la mujer cuyo futuro alguna vez quiso destruir había logrado encontrar su propia felicidad. Y por primera vez en muchos años, la doctora Estela empezó a sentir miedo. Miedo de que algún día Valentina pidiera una segunda opinión. Miedo de que otro médico destapara todas las mentiras que había ocultado durante tanto tiempo. Y lo que más temía era la certeza de que ese secreto quizá no podría permanecer escondido para siempre.
La doctora Estela se apresuró a forzar una sonrisa tras quedarse unos segundos sin palabras. Sus décadas de experiencia como médica la habían entrenado lo suficiente para disimular el pánico. Al menos en la superficie.
—En mi opinión... —Estela cruzó las manos sobre el escritorio—. Deberías continuar por ahora.
Valentina frunció el ceño.
—¿Todavía hace falta?
—Sí —respondió Estela demasiado rápido. Tanto que ella misma tuvo que corregirse—. Lo que quiero decir es que no pierdes nada con continuar.
Valentina pareció pensarlo.
—Pero yo ya no busco eso, tía.
—¿Qué ya no buscas? ¿Tener hijos? —La frase le apretó el pecho a Estela otra vez.
Valentina esbozó una pequeña sonrisa.
—Antes quizá lo esperaba. Ya no. Porque ya soy feliz. Y también he aceptado que no todas las mujeres pueden tener descendencia. —La respuesta era sencilla. Pero justamente eso era lo que hacía que Estela se sintiera cada vez más incómoda. Valentina continuó—: Tengo un esposo. Tengo una familia. Tengo cinco hijos que llenan la casa de ruido todos los días. —Se rio suavemente al acordarse de Nicolás—. A veces hasta me parece que cinco son demasiados.
Estela también se rio. Pero su risa sonó seca.
—Aun así —dijo—. En mi opinión, deberías seguir con la terapia.
—¿Para qué?
Estela respondió de inmediato:
—Quién sabe, puede ocurrir un milagro. —Trató de sonar despreocupada—. Si no funciona, no pasa nada. No pierdes nada. —Valentina seguía escuchando—. Pero si funciona... —Estela sonrió—. Es un regalo extra.
El consultorio quedó en silencio unos instantes. Normalmente una frase así habría entusiasmado a Valentina. Porque durante años había vivido de pequeñas esperanzas como esa. Pero hoy era distinto.
—Por eso, sigue con la terapia.
Valentina asintió despacio. Sin embargo, esta vez no aceptó de inmediato como antes. Porque su vida ya había cambiado. Antes cada receta era una esperanza. Cada pastilla era una plegaria. Cada consulta era un último esfuerzo por convertirse en madre. Ahora se levantaba cada mañana a preparar el desayuno de cinco niños. A revisar tareas. A bajar fiebres. A mediar peleas. A ser el lugar donde podían contar sus cosas. A ser el lugar al que volvían. Sin darse cuenta, sonrió.
—Ahora que lo pienso...
Estela esperó.
—Es verdad que no los traje al mundo. —Los ojos de Valentina se veían cálidos—. Pero siento que ya soy madre también.
Estela no pudo responder. Porque detrás de esa frase sencilla había una ironía que solo ella comprendía. La mujer a quien durante años había convencido de que jamás sería madre ahora le contaba con el rostro lleno de felicidad sobre cinco niños que la llamaban cuando tenían miedo, cuando estaban enfermos o cuando estaban tristes. Y por primera vez Estela empezó a preguntarse si el rencor que había cultivado durante tanto tiempo de verdad merecía seguir en pie. Porque cuanto más miraba a Valentina, más difícil le resultaba justificar la mentira que había alterado el rumbo de la vida de una mujer.
Esa noche la casa ya estaba en calma. Diego y sus hermanos dormían. Las luces principales estaban apagadas; solo quedaba el resplandor tenue de la lámpara de rincón en la habitación. Sobre la mesita de noche, junto a la cama, seguían varios blísteres de medicamentos. Los que la doctora Estela le había dado esa misma tarde.
Valentina se sentó al borde de la cama. Se quedó mirando las medicinas un buen rato. Su mano tomó un blíster. Luego lo dejó de nuevo. Lo volvió a tomar. Y lo devolvió a la mesa. No sabía por qué, pero ese día se sentía agotada. No era un cansancio del cuerpo. Era el cansancio de seguir con algo en lo que ya ni siquiera creía. Más de diez años. Diez años tomando pastillas. Diez años de terapia. Diez años de esperanza. Diez años de decepción. Y ahora, por primera vez, sentía que quería parar.
La puerta del cuarto se abrió despacio. Sebastián entró tras asegurarse de que los niños estuvieran profundamente dormidos. Al ver que Valentina seguía sentada, frunció el ceño.
—¿No te has dormido?
Valentina volteó a verlo.
—No.
Sebastián se acercó y se sentó a su lado.
—¿Estás pensando en algo?
Valentina sonrió apenas.
—En muchas cosas. —Pero decidió no compartir aquello con Sebastián. Sentía que podía decidir sola si continuar con la terapia o no. Su mirada se desvió hacia la foto familiar que descansaba sobre la cómoda. La primera foto de todos juntos. Diego fingiendo que no quería sonreír. Mateo con cara de aburrido. Nicolás a punto de saltar fuera del encuadre. Camila abrazándole el brazo. Y Sofía sentada en su regazo. Sin darse cuenta, Valentina sonrió—. Ya tengo una familia. —Sebastián siguió su mirada—. Ya tengo cinco hijos que me vuelven loca todos los días.
Entonces Sebastián también sonrió.
—Sobre todo Nico.
—Exacto. —Se rieron en voz baja. Luego Valentina tomó todos los medicamentos de la mesita. Los contempló unos segundos. No con odio. No con rabia. Sino como alguien que se está despidiendo de un capítulo viejo de su vida. Lentamente abrió el cajón de la mesa. Guardó todas las medicinas dentro. Clic. El cajón se cerró. Así de simple. Pero se sintió como soltar una carga que había llevado durante años—. Ya terminé —murmuró.
Y esa noche, Valentina sintió que por primera vez en su vida había hecho las paces de verdad con su pasado. No sabía que lejos de allí, alguien estaba entrando en pánico por la decisión que acababa de tomar. Alguien que durante años había ocultado la verdad. Alguien llamada doctora Estela. Y ese secreto, poco a poco, se acercaba al momento de ser descubierto.
La noche avanzó. La casa estaba en completo silencio. Después de guardar los medicamentos en el cajón, Valentina se quedó sentada al borde de la cama sin moverse. Se sentía mucho más ligera. Como si por fin hubiera soltado algo que había aferrado con demasiada fuerza durante años.
Sebastián seguía a su lado. No hablaba. Pero su mirada no se apartaba de la mujer que llevaba poco más de un mes siendo su esposa. Y por alguna razón, el silencio de esa noche resultaba reconfortante. Sebastián no era un hombre de palabras elocuentes. No era el tipo de hombre romántico. Antes incluso le costaba pronunciar un simple gracias. Por eso, para volver a empezar con Valentina, necesitó un poco de tiempo.
—Valen —dijo Sebastián tras reunir todo su valor.
Se miraron. Durante unos instantes. Sin prisa. Sebastián le acomodó con suavidad un mechón de cabello que le caía sobre la frente. Un gesto sencillo. Tierno. Casi titubeante. Como si él mismo todavía estuviera aprendiendo a ser un buen esposo.
—¿Cansada? —le preguntó.
Valentina asintió.
—Un poco.
—¿Por los niños?
—Por el marido.
Sebastián se echó a reír.
—Hablo en serio.
—Yo también. —Valentina sonrió con picardía—. Mi marido anda siempre muy ocupado.
—Ya no tanto.
—Todavía.
—Estoy trabajando en eso. —El tono de Sebastián sonaba como el de alguien que de verdad se estaba esforzando. Y Valentina podía verlo. Ese hombre no sabía expresar lo que sentía. Pero cada día lo intentaba. Poco a poco. Sebastián tomó la mano de su esposa y le besó los labios. Pasó un tiempo hasta que, por fin, cumplió su deber de esposo con ella.
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Cambio de nombre de la abuela: es Elvira, no Emma.
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Vivir por leer.
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