Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 26 — La respuesta
Habían pasado más de dos semanas sin noticias de Dino. Ni un mensaje, ni el sonido de sus pasos al final del camino.
Sin embargo, la vida de Mela siguió su curso.
Continuó ocupada como siempre. Su parcela ya no producía solo verduras, sino también varias clases de frutas. Sus manos no paraban de trabajar: sembrar, regar, cosechar; todo lo hacía con esmero y dedicación.
Desde fuera, todo parecía en orden. Pero por dentro, había un vacío que no lograba llenar.
Cada tarde, sin darse cuenta, Mela terminaba de pie en el borde de su terreno. Los ojos fijos en el mismo caminito de siempre, el que ya había contemplado demasiadas veces en silencio.
Pero seguía vacío.
—Qué raro —murmuró—. ¿Por qué sigo esperándolo?
Negó con la cabeza, riéndose de sí misma. —Eres una tonta, Mel.
Se quedó callada, recordando la confesión de Dino. En aquel momento todo se había sentido tan real. Pero ahora solo quedaba el silencio.
—A lo mejor todo eso no fue más que palabras vacías —añadió en un hilo de voz.
Esa noche, Mela estaba sentada sola dentro de la casa de madera que lucía más acogedora desde que la había renovado. Pero el ambiente no cambiaba: el mismo silencio de siempre.
Normalmente, se habría entretenido anotando ingresos y gastos, organizando la lista de pedidos del día siguiente o revisando las necesidades de semillas y herramientas.
Pero esa noche simplemente se quedó inmóvil. La mirada perdida atravesaba la mesa de madera frente a ella. Hasta que, sin notarlo, las lágrimas le rodaron despacio por las mejillas.
No era por Arman, no era por el pasado. Era por alguien a quien apenas había dejado entrar en su vida y que ahora se había esfumado sin más.
—Tonta —se susurró a sí misma.
Se secó las lágrimas deprisa, como si no quisiera parecer débil ni siquiera ante sus propios ojos. Pero justo cuando estaba a punto de rendirse del todo, se oyeron tres golpes en la puerta.
Mela arrugó el entrecejo. Se levantó y fue a abrir. Cuando la abrió, se quedó paralizada: Dino estaba ahí, de pie.
El polvo del camino aún se le notaba en la ropa. Respiraba algo agitado. Pero los ojos se le fueron directos a Mela.
—¿Cómo estás, Mel? —dijo quedo—. Perdón por venir hasta ahora.
Esa sola frase derrumbó todas las barreras que Mela había levantado con tanto esfuerzo. Los ojos le ardieron. El labio le tembló.
—¿Dónde te metiste? —La voz se le quebró, conteniendo la emoción que llevaba tanto tiempo guardada.
Dino soltó un suspiro largo. —Surgió un asunto importante y todo se dio de golpe. No tuve tiempo de avisarte.
Mela quiso enojarse. Quiso gritarle. Quiso decirle que no le importaba. Pero la añoranza le pudo más que todo lo demás.
—Tardaste mucho —pronunció apenas—. Pensé... que ya no ibas a volver.
Un breve silencio.
—Perdón —respondió Dino en voz baja.
Mela desvió la cara, intentando ocultar los ojos que se le empezaban a humedecer. —Pensé... que solo estabas jugando.
Dino enarcó ligeramente las cejas. —¿Con lo que siento?
Mela no contestó. Pero su silencio lo dijo todo.
Dino sonrió apenas y negó con la cabeza, firme.
—Yo no juego con lo que siento por ti, Mel. Hablo en serio. —La miró a los ojos, intenso—. Por eso voy a seguir esperando. Sea cual sea tu respuesta, la acepto.
Aquellas palabras volvieron a tambalearle el corazón. Mela inhaló hondo, tratando de calmarse.
—Bueno, está bien.
Dino frunció el ceño. —¿Está bien cómo?
—P-pues... —Mela bajó la vista y se retorció las manos, nerviosa.
Dino sonrió de lado, un poco torpe. —A cambio, quiero invitarte a cenar.
—¿A cenar? —Mela lo miró, extrañada.
—Sí. Tómalo como mi disculpa por haberte hecho esperar.
—Ay, ¿y quién estaba esperando? —refunfuñó, aunque las mejillas se le tiñeron de rosa.
Dino soltó una risa corta. —Entonces, ¿aceptas o no?
Mela vaciló un momento. Pero al final asintió. Volvió adentro, tomó su chamarra y su bolsa. Cerró la puerta con llave y partió con Dino en la camioneta.
Esa noche, fueron a una fonda sencilla a las afueras del pueblo.
Faroles de luz amarillenta colgaban del techo y creaban un ambiente cálido y apacible. Nada lujoso, pero acogedor.
Se sentaron uno frente al otro con la comida ya servida y empezaron a comer en silencio.
Al principio hubo torpeza, pero poco a poco la conversación fluyó sola. Hablaron de la parcela, las verduras, los pedidos y de los días que se habían perdido.
Hasta que, de pronto, Dino se quedó callado. Tomó aire antes de volver a hablar.
—Mel.
Mela lo miró. —¿Sí?
Dino se llevó la mano al bolsillo y sacó una cajita que hizo que los ojos de Mela se abrieran de par en par. Luego se puso de pie a un costado de la mesa.
—Antes dejé pasar esta oportunidad —dijo con calma, pero con una seriedad profunda—. No quiero perderla otra vez.
Abrió la caja. Dentro había un anillo sencillo. Entonces se arrodilló.
—Cásate conmigo, Mel.
El mundo de Mela pareció detenerse. Todos los sonidos desaparecieron. Solo quedó el latido de su propio corazón, retumbándole en el pecho.
—Di-Dino... Y-yo... —Le temblaba la voz.
—Hablo en serio, Mel —insistió Dino.
Mela agachó la cabeza. Las manos le temblaban. —Yo... —Tragó saliva—. Soy solo una divorciada, Din. Ya no soy joven y... no estoy a tu altura.
Dino negó al instante. —Nada de eso me importa. Te acepto tal como eres, Mel.
—Pero... —Se mordió el labio inferior—. Tengo miedo de avergonzarte —murmuró.
Dino le dedicó una sonrisa suave. —Mel, mis padres ya no están. Vivo solo. —La miró a fondo—. Nadie va a juzgarte.
Silencio.
—Y si alguien lo hiciera, yo voy a ponerme delante de ti —agregó.
Las lágrimas de Mela cayeron de nuevo. Pero esta vez no eran de dolor. Eran de emoción.
—No me importa tu pasado —afirmó Dino con voz resuelta—. Solo me importas tú.
Mela cerró los ojos un instante. Todo el miedo, las heridas y las dudas se arremolinaron dentro de ella. Pero detrás de todo eso había algo más fuerte: el deseo de ser feliz.
Y, al fin, asintió despacio.
—Sí —musitó.
Dino se quedó inmóvil, como si no lo creyera. —¿S-sí?
Mela sonrió. Las lágrimas todavía le brillaban en los ojos. —Sí, Din. Acepto.
Una sonrisa amplia le iluminó el rostro a Dino. Le deslizó el anillo en el dedo, la tomó de la mano para que se pusiera de pie y la estrechó con fuerza.
—Gracias, Mel. Soy muy feliz.
Mela le devolvió el abrazo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el corazón se le llenaba de verdad de calidez.
Pero mientras Mela empezaba a encontrar su felicidad, en otro lugar la vida de Arman se desmoronaba.
En el despacho de la empresa Wijaya, el caos reinaba. Desde el mediodía, los problemas habían llegado uno tras otro.
—¡Señor, esto ya no se puede contener!
Arman estaba de pie, con el rostro tenso. —¿Cómo que no se puede? —bramó.
—Nuestros fondos... desaparecieron, señor.
La frase lo dejó petrificado.
—La inversión fracasó por completo.
Arman se quedó mirando a la nada. —N-no puede ser —balbuceó.
Pero la realidad no admitía réplica. Los informes entraron uno detrás de otro. Pérdidas, retiro de fondos, inversionistas que se esfumaron. Y en un lapso brevísimo, todo se vino abajo.
Los ahorros se agotaron, los activos quedaron comprometidos y las deudas se amontonaron.
Arman se desplomó en la silla. Por primera vez, no tenía absolutamente ningún control.
Cuando decidió invertir, estaba convencidísimo. Y en efecto, al principio obtuvo ganancias. Pero eso fue solo al comienzo.
Una vez que metió todo su patrimonio, la inversión se hundió sin remedio.
—¡No puede ser! ¡Nada de esto puede ser! —gritó, fuera de sí.
En la casa, Diana entró en pánico al enterarse. La respiración se le aceleró, el cuerpo se le debilitó y su enfermedad reapareció.
Lina, que no entendía lo que estaba ocurriendo, solo pudo llorar. Y Camila se quedó inmóvil. Los puños apretados, la mirada convertida en hielo.