Elena Valdés (30 años) es una brillante neurocirujana, reconocida a nivel nacional como una eminencia médica. Sin embargo, tras las puertas de su hogar, vive bajo el yugo de Mauricio, su esposo y un CEO exitoso que utiliza el desprecio psicológico y la humillación constante para mantenerla controlada. Su único refugio es su hijo de 6 años, Mateo, y el apoyo incondicional pero respetuoso de sus padres, quienes nunca aprobaron a Mauricio, pero apoyan las decisiones de su hija.
Su vida da un giro vertiginoso cuando conoce a Damián Montenegro (43 años), un magnate empresarial imponente, multimillonario y carismático, padre de dos hijos. Entre Damián y Elena surge una pasión arrolladora y un amor profundo que la hace redescubrir su valor.
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SOMBRAS EN EL RETROVISOR Y LA CITA EN EL "VÉRTIGO"
El motor de la camioneta blindada rugía con una potencia sorda mientras ascendía por la carretera costera que serpenteaba hacia la mansión del acantilado. Desde el asiento trasero, Elena observaba distraída las luces de la ciudad que empezaban a encenderse a lo lejos, reflejándose sobre el vidrio polarizado. Aunque la cirugía de la mañana había sido un éxito rotundo y su mente se había mantenido perfectamente enfocada en el quirófano, una extraña sensación de inquietud había comenzado a gravitar en la base de su nuca desde que abandonó el estacionamiento del hospital.
En el asiento del copiloto, Néstor mantenía la vista fija en el camino, aunque sus manos descansaban con inusual tensión sobre las rodillas. Cada pocos segundos, sus ojos oscuros se desviaban hacia el espejo retrovisor izquierdo.
—¿Pasa algo, Néstor? —preguntó Elena con voz calmada, rompiendo el silencio del habitáculo. El tono clínico y analítico que usaba en emergencias rara vez la abandonaba por completo.
Néstor no apartó los ojos de la carretera, pero ajustó ligeramente el ángulo del retrovisor antes de responder con voz seca:
—Nada de qué preocuparse, doctora. Solo un par de vehículos que parecen tener exactamente nuestro mismo destino desde la salida del centro comercial.
Probablemente, sea una coincidencia en el tráfico de la hora pico.
Elena entornó los ojos. Ella no creía en coincidencias, y menos en el mundo en el que ahora se movía. Se inclinó un poco hacia adelante, mirando fijamente el reflejo en el espejo. Dos autos oscuros, un sedán y una camioneta sin placas visibles, mantenían una distancia milimétrica, ignorando los desvíos y pegados a su estela como sombras hambrientas.
—Eso no es una coincidencia, Néstor. Nos vienen siguiendo desde hace tres kilómetros —sentenció Elena con la misma fría seguridad con la que evaluaba un sangrado interno crítico—. Y si tú lo notaste antes que yo, significa que ya estás calculando por dónde romper la formación.
Néstor esbozó una media sonrisa tirante, reconociendo la perspicacia de la doctora.
—El jefe nos dio órdenes estrictas de mantenerla a salvo, doctora Valdés. Si quieren jugar, vamos a darles un poco de espacio para que se estrellen solos —respondió Néstor, mientras presionaba un botón oculto en el tablero. El blindaje pesado de las puertas se ajustó con un clic metálico y el motor emitió un bramido feroz al cambiar a tracción total.
Sin previo aviso, Néstor viró bruscamente hacia un desvío secundario que serpenteaba por un acantilado menor, abandonando la carretera principal. Los vehículos de atrás intentaron imitar la maniobra, pero el terreno abrupto y la pericia del jefe de seguridad de Damián abrieron una brecha insalvable entre ellos.
Media hora más tarde, la camioneta cruzaba sin contratiempos los portones de hierro forjado de la mansión del acantilado. Las luces principales de la casa estaban encendidas, proyectando un brillo cálido contra la piedra oscura.
Apenas el vehículo se detuvo, la puerta del conductor se abrió con rapidez y Damián ya estaba esperando en la escalinata de la entrada. Su expresión, que reflejaba la tensión de haber monitoreado el reporte de Néstor en tiempo real desde el centro de mando, se suavizó en una fracción de segundo al ver descender a Elena ilesa.
Damián cruzó el vestíbulo a zancadas y la interceptó antes de que pudiera subir los escalones. La tomó de la cintura con una fuerza posesiva y desesperada, pegándola contra su pecho y buscando sus labios en un beso hambriento que cortaba la respiración.
—Néstor ya me informó del pequeño recibimiento en la carretera —murmuró Damián contra su boca, con la voz ronca y la mandíbula tensada por la rabia contenida—. Juro por mi vida que voy a rastrear a cada imbécil que se atreva a ponerte un dedo encima...
Elena interrumpió su amenaza deslizando una mano firme sobre la línea de su mandíbula, obligándolo a detenerse y a mirarla a los ojos. No había rastro de miedo en su mirada, solo una fría y electrizante determinación.
—No necesito que jures nada, Damián. Ya demostré hoy que sé defenderme perfectamente —respondió Elena con una media sonrisa desafiante y segura de sí misma—. Además, arruinaste nuestra cena. Dijiste que no planeabas comer solo esta noche, y tengo demasiada hambre como para dejar que unos cuantos idiotas nos arruinen el apetito.
Damián parpadeó, sorprendido por la absoluta sangre fría de la mujer que tenía enfrente. Luego, una carcajada profunda, ronca y cargada de una devoción salvaje brotó de su garganta. Tomó su mano, entrelazando sus dedos con fuerza.
—Tienes razón, doctora. La cena está lista en la terraza —respondió Damián, guiándola hacia adentro con una sonrisa lobuna—. Y te prometo que esta noche, los únicos fuegos artificiales que habrá en este lugar serán los que encendamos nosotros.
palas y demas herramientas