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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:823
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sacando la basura

Capítulo 24

Título: Ecos en la biblioteca

La biblioteca de Markhan a las siete es un cementerio. Huele a papel viejo y cera cara. Es el lugar perfecto si quieres que te dejen en paz… o si te estás escondiendo del drama tóxico que ha inundado todo desde que Tamara cayó en desgracia. Aquí, el silencio no es pacífico. Es pesado. Como si las paredes estuvieran escuchando. Guardando cada pensamiento para usarlo en tu contra más adelante.

Estaba concentrada en los registros de becas. Los números no mienten. La gente aquí sí. Prácticamente todos. Buscaba un patrón. Una grieta. Algo que explicara por qué Ivy anotaba nombres específicos en los márgenes de sus cuadernos: nombres de profesores junto a cifras de donaciones que no cuadraban. Ni de cerca. Estaba tan metida en los datos que el resto del mundo era solo ruido de fondo.

Entonces el aire cambió.

Lo sientes antes de verlo. Como una presión. Como si alguien te observara y no tuviera intención de detenerse. Un escalofrío me recorrió la espalda. No me moví. Seguí con los ojos en la pantalla, aunque ya no estaba leyendo.

No necesité levantar la vista. Sabía quién era. Hay personas que caminan como si el suelo les perteneciera. Malcom Price era el presidente de ese club. Escuché sus zapatillas sobre la alfombra. Luego el sonido de él recargándose en mi mesa.

Se acercó demasiado. No preguntó. No le importó. Su sombra cubrió mi teclado.

—He oído que el comité disciplinario está perdiendo la cabeza con lo de Tamara —dijo, con voz baja, ese tono de yo sé algo que tú no sabes que dan ganas de golpearlo… o de escucharlo con más atención—. Un fallo técnico. De esos que pasan una vez en la vida. Qué conveniente, ¿no? Especialmente para la chica nueva. Siempre estás cerca de donde estalla la bomba.

Cerré la computadora portátil. El clic sonó demasiado fuerte en ese silencio sepulcral. Lo miré fijamente. Intenté que mi mirada no revelara nada. Malcom no tenía esa expresión aburrida de los profesores. Observaba como quien ya conoce el final del truco de magia y está a punto de señalar el hilo.

—Los servidores fallan, Malcom —dije, intentando sonar indiferente, aunque me salió más afilado de lo que quería—. Tu familia vive de eso, ¿verdad? Apuestan a que las cosas se rompan para cobrar el seguro. Supongo que ser buitre está en el ADN.

Soltó una risa corta, que se le quedó atrapada en la garganta. Se inclinó hacia mí. Pude oler su colonia: sándalo, ropa limpia, y algo frío, como el metal de una llave. No me moví. Ni un centímetro. Sabía que si retrocedía, él ganaba. Y no le pierdo a nadie que crea que el mundo es su patio de recreo solo porque su apellido está grabado en una placa de bronce.

—No hagaste la inocente, Dawson. No te queda. Tamara era aburrida, pero no era estúpida como para dejar escapar ese video. Alguien cortó los frenos. Y se quedó a ver el choque con palomitas.

Silencio. Me estudió como si fuera un insecto bajo una lupa.

—Me pregunto qué se siente —dijo, bajando la voz—. Ser la única persona aquí que no le teme a los muertos. Ni a los vivos. Viene a ser lo mismo, ¿no?

Se me revolvió el estómago. Tragué saliva con esfuerzo. Esperé que no notara el movimiento de mi garganta. Los muertos. Fue como una bofetada. ¿Sabía algo? No. Imposible. Solo estaba tanteando a ciegas.

—Yo no creo en eso —recuperé la voz—. No creo en fantasmas. Creo en las consecuencias de ser idiota. Tamara se creyó intocable. El karma le pasó factura. Fin de la historia.

—Claro. El karma. —Extendió la mano, despacio. Rozó la esquina de mi cuaderno. Fue solo un roce, pero sentí como electricidad. No era una escena de película. Era guerra. Dos personas con cuchillos a la espalda—. Te interesa mucho la "historia" de Markhan para alguien que lleva aquí apenas un mes. ¿Buscas algo? O solo intentas entender por qué todos aquí parecen culpables. Incluso cuando sonríen.

—Estoy terminando un trabajo, Malcom. Inténtalo tú también. Dicen que estudiar evita ser un parásito social.

Sonrió. No fue una sonrisa bonita. Fue una media sonrisa que lo hacía parecer real. Y peligroso. Malcom Price era inteligente. Eso lo hacía impredecible.

—Eres diferente, Dawson. Normalmente, para estas alturas, las chicas nuevas ya estarían suplicando que las inviten al baile o pidiéndome que les explique el club de debate. Tú solo quieres que me calle y me largue.

—Me alegra que lo hayas entendido. Ahorramos tiempo.

—Soy muy bueno entendiendo las cosas —dijo, enderezándose—. Por ejemplo: sé que no viniste aquí para hacer amigos. Ni para conseguir una beca en la universidad de tus sueños.

Me miró fijamente. Como si intentara ver a través de mi piel. No le di nada. Mantuve la cara impasible hasta que se dio la vuelta y se marchó.

—Si te cansas de los libros que no dicen nada —me llamó sin mirar atrás—, búscame. Sé dónde están los secretos de verdad. Los que no se borran con un "fallo técnico".

Se fue. La puerta se cerró tras él con un suave zumbido. El silencio volvió, pero ya no se sentía limpio.

Me quedé allí, mirando la silla vacía. Tenía las manos heladas. El pulso me latía en los oídos. Ya no pensaba en los registros. Ni en la corrupción. Ni en el Director.

Pensaba en lo cerca que se había puesto.

Eso no debería pasar. Es una distracción. Las distracciones son lo que hizo tropezar a Ivy. No puedo controlarlo. Y ese es el problema.

Me puse los audífonos al máximo. La música retumbó en mis oídos, pero todavía podía escucharlo. Me veía como una jugadora. Y no se equivocaba. Pero no conocía el juego. No sabía todo lo que estaría dispuesta a sacrificar para ganar.

Si descubría lo de Ivy… si veía los cuadernos que llevo en la mochila ahora mismo… estaría perdido. No me delataría con los profesores. Haría algo peor: me arrastraría a sus juegos mentales solo porque está aburrido.

Y lo que más me molestaba —esa parte pequeña y estúpida de mí— era que tenía curiosidad por saber cómo se sentiría.

Mala idea, Rose. Muy mala idea.

Crucé el patio hacia mi habitación. La niebla lo cubría todo. Los edificios no se veían reales. Nada aquí lo es. Markhan funciona con guiones que nadie lee completo. Todos fingimos que sabemos qué hacemos y esperamos que no caiga el telón.

Me detuve junto a la fuente. Nadie miraba. Revisé mi teléfono. Nada. Obviamente. Malcom no manda mensajes como la gente normal. Prefiere acertijos y apariciones fantasmales en la biblioteca.

Entré a mi cuarto y puse doble cerrojo. Me dejé caer en la cama sin quitarme las botas. Saqué el cuaderno negro de Ivy. Pasé las páginas con dedos que temblaban. Encontré la sección sobre la familia Price: dinero antiguo, influencia política, secretos bien ocultos.

Ivy no lo odiaba. Había una nota en una esquina, con su letra rápida y desordenada: "Sabe que todo es una mentira. Es el único que no finge que el aire aquí es limpio."

—Tú también lo sabes, ¿verdad, Malcom? —susurré.

Me quedé mirando al techo. El viento golpeó la ventana. Markhan dormía, convencido de que todo estaba en orden ahora que Tamara se había ido.

Se equivocaban. Había algo nuevo en el aire. Una frecuencia que me molestaba y me distraía.

Y por primera vez, no estaba segura de querer que desapareciera. Mañana volvería a ser la chica nueva. La sombra. La que busca la verdad. Pero esta noche, no lograba cerrar los ojos.

Algo no encajaba.

Eso sí lo sabía con certeza.

…y no me iba a detener.

El tablero ya había cambiado.

Solo que todavía no conocía todas las reglas.

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