Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
NovelToon tiene autorización de Dani Achu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Molesto...
Desde aquella mañana, algo había cambiado.
Amelia seguía siendo la misma mujer que había conocido en aquel café, la misma que se reía de sus comentarios, que caminaba a su lado sin importarle quién era él y que podía pasar horas hablando con Adrián sin preguntarle cuánto dinero tenía.
Pero ahora sabía quién era realmente.
Y, para Adrián, ese conocimiento estaba comenzando a convertirse en un problema.
—Buenos días, señor Montenegro.
Adrián levantó la mirada de los documentos que tenía sobre su escritorio.
Frunció ligeramente el ceño.
—Buenos días, Amelia.
Ella dejó unos papeles sobre su escritorio.
—Aquí están los informes que solicitó.
—¿Solicité?
—Sí, señor.
Adrián dejó lentamente el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Señor?
Amelia lo miró confundida.
—Sí.
—¿Desde cuándo me llamas señor?
Ella guardó silencio durante un instante.
—Desde que descubrí que usted es el presidente de la empresa.
Aquella respuesta no le gustó absolutamente nada.
—Antes no me llamabas así.
—Antes no sabía que eras mi jefe.
—Y eso, ¿qué cambia?
Amelia bajó la mirada.
—Todo.
Adrián se recostó en su silla.
La observó unos segundos.
Había algo diferente en ella.
Ya no se sentaba frente a él con naturalidad. Ya no sonreía como antes. Ya no le hablaba sin pensar demasiado en sus palabras.
Ahora parecía medir cada gesto.
Cada palabra.
Cada movimiento.
Y eso comenzó a molestarlo más de lo que quería admitir.
—Puedes irte —dijo finalmente.
—Claro, señor.
Amelia tomó los documentos restantes y salió.
La puerta se cerró.
Adrián se quedó mirando hacia ella.
—Señor... —murmuró con fastidio.
Nunca había imaginado que una sola palabra pudiera irritarlo tanto.
---
Durante los días siguientes, la situación empeoró.
Amelia comenzó a tratarlo exactamente como trataba al resto de los superiores.
Si necesitaba hablar con él, pedía una reunión.
Si tenía que entregarle documentos, los dejaba con su asistente.
Si Adrián aparecía en su departamento, ella mantenía una distancia que antes no existía.
Y lo peor de todo...
Ella había dejado de buscarlo.
Adrián estaba acostumbrado a recibir sus mensajes.
"¿Ya comiste?"
"Encontré un lugar que te gustaría."
"¿Quieres caminar?"
Ahora no había nada.
Ni siquiera un simple "buenas noches".
Adrián intentó convencerse de que no le importaba.
Pero cada noche terminaba mirando su teléfono.
Esperando algo que nunca llegaba.
Hasta que una tarde perdió la paciencia.
Salió de su oficina y caminó directamente hasta el área donde trabajaba Amelia.
Varias personas levantaron la mirada al verlo.
Adrián se detuvo frente a ella.
—Amelia.
Ella se puso de pie inmediatamente.
—¿Sí, señor Montenegro?
Otra vez.
Aquella palabra.
—Necesito hablar contigo.
—¿Sobre algún asunto de trabajo?
—No.
Amelia miró alrededor.
Sus compañeros estaban cerca.
—Entonces será mejor que hablemos después.
Adrián apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
—Porque estamos en la empresa.
—¿Y?
Ella respiró profundamente.
—Adrián...
Fue la primera vez en días que volvió a llamarlo por su nombre.
Eso hizo que él se calmara ligeramente.
—¿Qué pasa?
Amelia bajó la voz.
—No puedes venir a buscarme a cada rato.
Adrián quedó serio.
—¿Por qué no?
—Porque la gente está empezando a hablar.
—¿Qué están diciendo?
—No lo sé exactamente, pero puedo imaginarlo.
Ella miró discretamente a sus compañeros.
—Ellos saben que ahora eres el dueño. Si vienes aquí constantemente a buscarme, van a pensar que tengo algún tipo de privilegio.
—¿Y qué importa lo que piensen?
—A mí sí me importa.
Adrián guardó silencio.
Amelia continuó:
—No quiero que crean que conseguí conservar mi puesto porque estoy contigo.
—No estás aquí por mí.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—El problema es que los demás no lo saben.
Adrián no respondió.
—Quiero hacer mi trabajo tranquila —dijo Amelia—. No quiero que todos piensen que soy diferente porque estoy saliendo contigo.
Aquella frase consiguió herirlo más de lo que esperaba.
—¿Entonces quieres que finjamos que no nos conocemos?
—No dije eso.
—Pero prácticamente lo estás haciendo.
—No, Adrián. Solo estoy intentando separar las cosas.
—¿Separarlas?
—Sí.
Amelia lo miró directamente.
—Aquí eres mi jefe.
Adrián soltó una pequeña risa sin humor.
—Otra vez eso.
—Y fuera de aquí...
Ella se quedó callada.
Adrián esperó.
—Fuera de aquí eres Adrián —terminó diciendo.
Él la observó durante unos segundos.
Pero su enojo ya había crecido demasiado.
—Está bien.
Se dio la vuelta.
—Adrián...
Él no respondió.
Regresó a su oficina con el rostro completamente serio.
Cuando entró, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Su asistente, que estaba dentro, levantó la mirada.
—¿Señor?
—No quiero que nadie me moleste.
—Pero tengo unos documentos...
—Después.
El asistente salió rápidamente.
Adrián se quedó solo.
Caminó hasta la ventana.
Miró la ciudad desde lo alto.
Estaba furioso.
Pero, en el fondo, sabía que su enojo no era solamente por Amelia.
Era porque tenía miedo.
Miedo de que, ahora que ella sabía quién era, comenzara a alejarse.
Miedo de que la mujer que había conocido antes de conocer su riqueza desapareciera.
Y, sobre todo, miedo de que algún día Amelia comenzara a verlo únicamente como el presidente Montenegro.
No como Adrián.
---
Esa tarde, Amelia salió del edificio mucho más tarde de lo habitual.
Había sido un día pesado.
Cuando llegó a la entrada, se detuvo al ver un automóvil estacionado al otro lado de la calle.
Adrián estaba apoyado contra la puerta.
Esperándola.
Amelia suspiró.
—Adrián...
Él levantó la mirada.
—Tenemos que hablar.
—Pensé que estabas enojado conmigo.
—Lo estaba.
—¿Y ahora?
—Ahora también.
Ella no pudo evitar sonreír ligeramente.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Adrián se acercó.
—Porque no quiero terminar el día enojado contigo.
Amelia bajó la mirada.
—Yo tampoco quiero problemas contigo.
—Entonces hagamos un trato.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué trato?
Adrián la miró seriamente.
—Dentro de la empresa, tú eres mi empleada y yo soy tu jefe.
Amelia asintió lentamente.
—Eso es lo que quería.
—Pero fuera de la empresa...
Adrián dio un paso más cerca.
—Seguimos siendo los mismos de antes.
Amelia se quedó mirándolo.
—¿Los mismos?
—Sí.
—¿Y si alguien nos ve?
—Que nos vea.
—Adrián...
—No quiero que cambies conmigo por culpa de mi puesto.
Su voz había perdido el enojo.
Ahora sonaba sincera.
—No quiero que dejes de hablarme como antes. No quiero que tengas miedo de escribirme. No quiero que cuando me veas fuera de la empresa pienses que tienes que llamarme "señor Montenegro".
Amelia sonrió.
—Nunca te llamé así fuera del trabajo.
—Y no quiero que empieces ahora.
Ella soltó una pequeña risa.
Adrián finalmente sonrió también.
—Entonces... ¿trato?
Amelia extendió la mano.
—Trato.
Adrián miró su mano.
Luego la tomó.
Pero en lugar de estrecharla, entrelazó sus dedos con los de ella.
—Solo hay una condición.
—¿Cuál?
—Cuando salgamos de aquí, no quiero que vuelvas a decirme "señor".
Amelia sonrió.
—Está bien.
—¿Prometido?
—Prometido.
Adrián respiró tranquilo por primera vez en todo el día.
—Entonces vamos.
—¿A dónde?
—A cenar.
—¿Invitación del presidente?
Adrián arqueó una ceja.
—Fuera del trabajo.