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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Sebastián casi deja caer el vaso.

No lo dejó, porque era Sebastián, pero el agua se movió lo suficiente para delatarlo.

—¿Debo preocuparme?

Valentina seguía mirando la pantalla con la boca abierta.

—Camila vuelve.

—Eso no respondió mi pregunta.

—Sí debes preocuparte.

Él dejó el vaso sobre la barra.

—Entendido.

Lo dijo con tono de aceptar una auditoría.

Valentina leyó el mensaje otra vez y esta vez se rió de una manera que Sebastián no le había oído antes. No era la risa corta de defensa ni la de cuando Lupita decía algo incómodo. Era una risa que le salía del cuerpo entero, como si una puerta vieja se hubiera abierto de golpe.

—¿Quién es Camila para ti? —preguntó él.

Valentina levantó la vista.

—La persona que me encontró en un baño cuando yo no sabía pedir ayuda.

La frase cambió el aire.

Sebastián no preguntó de inmediato. Solo rodeó la barra y se sentó frente a ella, dejando el espacio suficiente.

Valentina sostuvo el celular contra el pecho.

—Tenía trece años. Ya no estaba en el internado, pero todavía caminaba como si cualquier pasillo pudiera cerrarse. Abuela Carmen me había sacado de ahí y me había metido a una secundaria pública cerca de su casa. Yo llegué a mitad de ciclo, con uniforme nuevo, zapatos duros y una cara que decía "por favor no me miren".

No dijo más sobre el internado. No esa noche. Pero el cuerpo recordó: el eco de dormitorios largos, el olor a cloro, la manera en que una niña aprende a no llorar hasta que apagan la luz.

—Había tres niñas —continuó—. No eran monstruos. Eso es lo peor. Eran niñas con demasiado tiempo, familias distraídas y una puntería cruel. Me decían "la abandonada", "la señorita beca", "la muda". Un día me siguieron al baño.

Sebastián cerró los dedos sobre la mesa.

—¿Te golpearon?

—Me empujaron. Me encerraron en un cubículo. Una me tiró la mochila al piso mojado. Otra dijo que si mis papás no me querían, por algo sería.

La voz se le afinó en la última frase.

Sebastián no se movió, pero la mandíbula se le endureció.

—Yo no sabía qué hacer —dijo Valentina—. Me quedé ahí, con los zapatos mojados, intentando no hacer ruido. Y entonces se oyó un golpe en la puerta del baño.

Lo recordó con una claridad absurda.

Camila Ríos Fuentes entró como si la escuela le perteneciera. Tenía el cabello cortado a la altura de la barbilla, una chamarra amarrada a la cintura aunque estaba prohibido modificar el uniforme, y una rabia limpia en los ojos.

"¿Qué carajos hacen?", dijo.

Una de las niñas respondió que no se metiera.

Camila se metió.

No dio un discurso. No pidió permiso. Jaló a la primera de la trenza, empujó a la segunda contra los lavabos y abrió la puerta del cubículo con tanta fuerza que el seguro se quedó temblando.

"Tú sales", le dijo a Valentina. Luego se volvió hacia las otras. "Y ustedes la vuelven a tocar y les rompo algo que sí necesiten para caminar."

—¿Dijo eso a los trece? —preguntó Sebastián.

Valentina sonrió con los ojos húmedos.

—Su papá era maestro de defensa personal. Camila creía que todas las conversaciones difíciles requerían postura de combate.

—No estaba equivocada.

—La suspendieron dos días. A mí me mandaron con la orientadora porque "había que entender el conflicto". Camila me esperó afuera de la oficina con una torta de milanesa y me dijo: "No llores ahí adentro, lloras conmigo o no lloras."

El recuerdo le calentó la garganta.

—Desde entonces —dijo—, si Camila dice que vuelve, una parte de mí cree que ya puedo respirar.

Sebastián miró el celular en sus manos.

—Entonces quiero conocerla bien.

Valentina soltó una risa breve.

—No. Primero necesitas sobrevivirla.

—¿Qué debo saber?

—Uno: no le mientas. Huele la mentira como médico de urgencias huele la infección.

—Bien.

—Dos: si te pregunta algo incómodo, es porque ya decidió que la respuesta importa.

—Bien.

—Tres: va a llamarte "el jefe Montero" aunque le digas tu nombre.

Sebastián asintió con gravedad.

—Lo aceptaré como título provisional.

—Cuatro: si le pareces peligroso para mí, te va a odiar con una eficiencia admirable.

—Eso también parece razonable.

Valentina lo miró, desconfiada.

—Estás demasiado tranquilo.

—Me gusta la gente que te protege.

Esa respuesta le quitó el chiste de la boca.

El celular vibró de nuevo.

Camila: "Y no me salgas con que no hay chisme. Te conozco. Cuando dices 'todo tranquilo' es porque tienes mínimo un desastre sentimental y tres pendientes médicos."

Valentina escribió:

"Mi abuela estuvo en urgencias. Ya está en casa. Te cuento."

La respuesta llegó casi al instante:

"¿Qué? ¿Por qué no me dijiste? No me jodas, Vale."

Valentina cerró los ojos.

—Ya empezó.

Camila llamó.

Valentina aceptó en altavoz antes de pensarlo. Sebastián se enderezó como si hubiera entrado una autoridad a la sala.

—Explícame lo de Abuela Carmen en menos de treinta segundos antes de que cambie mi vuelo —dijo Camila, sin saludar.

—Hola a ti también.

—Veintiocho.

Valentina resumió: caída, presión baja, observación, arritmia aislada, alta, seguimiento. Camila hizo tres preguntas clínicas exactas, insultó al suero oral de supermercado sin verlo y exigió foto de la receta.

—Te la mando.

—Más te vale. ¿Y quién está contigo?

Valentina miró a Sebastián.

Sebastián no dijo nada. Ni respiró fuerte.

—Un... amigo.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Amigo de qué tamaño?

Valentina se tapó la cara.

—Cami.

—No, no, no. Esa pausa tuvo apellido. ¿Es el del traje caro del chisme?

Sebastián bajó la mirada, pero Valentina vio la sombra de una sonrisa.

—No voy a explicarte por teléfono.

—Entonces sí.

—Camila.

—¿Es peligroso?

La pregunta dejó de ser broma.

Valentina bajó la mano.

—No para mí.

Sebastián la miró.

Camila también escuchó el cambio.

—Mmm.

—¿Qué significa ese mmm?

—Que el viernes aterrizo y voy a verlo a los ojos.

—No lo amenaces antes de conocerlo.

—No amenazo. Hago triaje.

Valentina se rió a pesar de sí misma.

—Te mando la receta de mi abuela.

—Y tu ubicación cuando salgas por él, porque si vas a esconderme un hombre, mínimo sé eficiente.

—No te estoy escondiendo un hombre.

—Vale, te conozco desde que te escondías en baños. No intentes practicar conmigo.

La frase no dolió. No como antes. En boca de Camila, el pasado era una contraseña, no un cuchillo.

Cuando colgaron, Valentina se quedó mirando el celular.

Sebastián habló con cuidado.

—Le dijiste que no soy peligroso para ti.

—No lo eres.

—Gracias.

—No agradezcas todavía. El viernes te va a hacer preguntas sobre presión arterial, intenciones y antecedentes penales.

—Tengo respuestas.

—Más te vale.

Sebastián se puso de pie y llevó los vasos al fregadero. Valentina lo vio moverse por la cocina de Las Palmas, en silencio, y pensó en Camila entrando a un baño de secundaria sin pedir permiso.

Había personas que llegaban tarde.

Y había personas que llegaban cuando una todavía no sabía que podía ser rescatada.

El celular vibró una última vez.

Camila: "Ah, y dile al amigo grande que si te rompe, yo sí sé dónde pegar para que duela sin dejar marca."

Valentina miró a Sebastián.

—Quiere que te transmita un mensaje.

—Prefiero no saberlo hasta el viernes.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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