La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Mañana
Los días previos a la boda pasaron con suavidad, como si el mundo entero se hubiera detenido para darles a Rowan y Eleonor un espacio donde respirar. Todo estaba en marcha, bajo control.
Cómo, en cuestión de días, su vida había girado hacia una dirección completamente distinta. Pero había algo reconfortante en ese ritmo tranquilo, en ese ambiente de calma.
El chef de la mansión preparó una mesa larga llena de pequeñas porciones de los platos que se servirían en la boda. La reina había insistido en que los novios debían probar todo para asegurarse de que estuviera perfecto.
Rowan y Eleonor llegaron juntos al salón pequeño, donde los esperaba la mesa iluminada por un sol tenue que entraba por los ventanales.
—Creo que el chef se emocionó demasiado —comentó Rowan, observando la mesa cubierta de fuentes—. Esto parece un banquete para treinta personas.
Eleonor sonrió.
—Solo tenemos que probar un bocado de cada cosa. No es tanto.
—¿Estás segura? Porque si tú te cansas, yo me encargaré del resto —bromeó él.
—Eres terrible —rió ella, empujándolo suavemente con el codo.
La reina los observaba desde otra mesa, fingiendo leer un documento, pero en realidad espiándolos con una sonrisa radiante. No quería incomodarlos, pero no podía evitar sentirse feliz por lo que veía: dos jóvenes riendo, probando comida, disfrutando de una compañía que parecía sorprendentemente natural.
Rowan tomó una cuchara con un poco de sopa de almendras y la llevó a la boca de Eleonor.
—Prueba esta —dijo—. Creo que te gustará.
Eleonor abrió los labios con timidez probó la sopa y cerró los ojos un segundo.
—Está deliciosa —admitió.
Rowan sonrió satisfecho.
—Entonces la incluiremos en el menú.
—No puedes decidir tú solo —lo provocó ella—. Debemos probar más.
—Como ordenes.
Eleonor se sonrojó y bajó rápidamente la mirada, sentía un cosquilleo en el pecho.
Él tomó un trozo de pan con miel y lo acercó a su boca. Ella lo mordió por la mitad y él comió el resto. Se miraron sin querer, y ambos desviaron la vista casi al mismo tiempo. La reina, desde su mesa, abrió mucho los ojos y se giró hacia la ventana para no reír en voz alta. Estaba encantada.
Siguieron probando platos, siempre compartiendo la misma cuchara o el mismo tenedor, porque Rowan insistía en que así era más práctico. Eleonor no podía negar que le gustaba. La forma en que él la miraba mientras sostenía la comida. La forma en que esperaba a que ella probara antes de hacerlo él. La forma en que decía su nombre.
Cuando terminaron de probar la comida, caminaron juntos hacia uno de los balcones interiores, donde la brisa tibia movía suavemente las cortinas. Eleonor se apoyó en la baranda, respirando aire fresco. A veces los aromas fuertes le mareaban, pero al estar al aire libre se sentía mucho mejor.
Rowan se colocó a su lado, en silencio. Durante unos instantes, ninguno dijo nada. Solo compartieron la calma del momento.
Entonces, muy despacio, Rowan extendió una mano y la apoyó suavemente sobre el vientre plano de Eleonor. No hizo movimientos bruscos, no buscó llamar la atención. Simplemente dejó la mano allí.
Eleonor se tensó, sorprendida. Pero no se apartó.
—¿Te sientes bien? —preguntó él con voz baja.
—Sí… —respondió ella, aunque la respiración se le aceleró un poco.
Rowan acarició su abdomen una vez, luego retiró la mano de inmediato, mirando hacia otro lado, asegurándose de que nadie hubiera visto.
—No tienes que hacer eso —susurró, incapaz de sostener la intensidad del momento.
—Lo sé —respondió él, sin mirarla—. No lo hago porque deba. Lo hago porque quiero.
Ella tragó saliva.
La reina interrumpió el momento con su energía radiante de siempre.
—¡Niños! —exclamó entrando al balcón—. ¡El vestido está listo! Eleonor, ven conmigo, quiero mostrártelo. Estoy tan emocionada que no puedo esperar ni un minuto más.
Eleonor sonrió. La reina se comportaba como si fuera su propia hija quien se casaría. La tomó de la mano y la llevó casi arrastrándola hacia la habitación donde guardaban los atuendos reales.
La habitación donde estaba el vestido de Eleonor parecía un santuario. Había velas encendidas, telas blancas esparcidas sobre mesas, y dos costureras esperando en silencio. Cuando Eleonor vio el vestido, el aire se le quedó atrapado en el pecho.
Era sencillo, pero delicado. De un blanco perlado, con un bordado suave en la cintura y mangas ligeras que caían como pétalos. El tejido era suave, luminoso, pero no ostentoso. Perfecto para ella.
La reina la observó con una sonrisa tierna.
—Tiene tu esencia —dijo—. Sereno, elegante… y a la vez fuerte.
Eleonor tocó la tela con los dedos.
—Es hermoso… —murmuró.
—Te quedará aún más hermoso puesto —respondió la reina—. Mañana será un día inolvidable.
La palabra “mañana” hizo que Eleonor sintiera un vuelco interno. Era real. Todo ocurriría al día siguiente. Su boda. Su nueva vida. El comienzo de algo que aún no sabía si podía comprender.
Y sin embargo… no sentía miedo.
Mientras Eleonor probaba el vestido, Rowan caminaba por los pasillos revisando los últimos detalles. Se había asegurado de que los invitados fueran pocos y discretos: solo la reina, dos ministros de absoluta confianza, la familia de Rowan y un oficiante que había jurado mantener el secreto bajo pena de exilio.
Esa noche, cuando se encontraron frente a frente en el pasillo antes de retirarse a dormir, se quedaron unos segundos en silencio.
Finalmente, Eleonor fue quien habló.
—Gracias… por todo —susurró—. Por hacer esto tan… fácil.
Rowan negó con la cabeza.
—No tienes que agradecerme. No hago nada que no quiera hacer.
Ella tragó saliva.
—Mañana… —empezó a decir, pero no terminó.
Rowan dio un paso hacia ella.
—Mañana estaré a tu lado —dijo con voz firme y cálida—. No importa lo que pase después. No importa nada más. Estaré contigo.
Eleonor sintió un estremecimiento profundo. Y sin pensarlo, apoyó su mano sobre el pecho de él, donde latía su corazón.
Ella retiró la mano lentamente.
—Buenas noches, Rowan.
—Buenas noches, Eleonor.