Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 24: El perro viejo
El café "El Escondite" era un local pequeño y ruidoso en un barrio bohemio de la ciudad, el tipo de lugar donde los artistas fracasados y los periodistas cansados se refugiaban del mundo. Las paredes estaban cubiertas de pósters de conciertos antiguos y el olor a café tostado se mezclaba con el de la lluvia que entraba por la puerta cada vez que alguien abría.
Laura estaba sentada en una esquina, dándole la espalda a la ventana, con una gorra puesta que no era propia de ella y gafas de sol que ocultaban sus ojos ansiosos. Frente a ella, con una taza de café negro y un cigarrillo apagado entre los dedos, estaba Marco Vidal.
Marco era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo canoso y despeinado, una barba de varios días y ojos que habían visto demasiadas mentiras para impresionarse con nada. Había sido un periodista de investigación respetado, hasta que una serie de demandas por difamación, todas pagadas por hombres poderosos a los que había intentado exponer, lo habían dejado trabajando en un periódico independiente con poco presupuesto y mucha libertad, pero poca audiencia.
—Dices que tienes información sobre Rivas —dijo Marco, con una voz ronca de quien ha fumado demasiados cigarrillos—. ¿Por qué yo? ¿Por qué no vas a uno de los grandes? Tienen más alcance.
—Porque los grandes están comprados —respondió Laura, bajando la voz—. O tienen miedo. Tú fuiste el único que publicó sobre la constructora del norte hace dos años. No te asustaste.
—Debí haberme asustado. Casi me quitan la casa —gruñó Marco, pero había un brillo de curiosidad en sus ojos—. ¿Qué tienes?
Laura sacó una carpeta de su bolso, los documentos que había impreso de su trabajo, las copias de las transferencias a la fundación fantasma.
—Soy contadora. Trabajo en una firma que lleva los libros de varias empresas. Encontré irregularidades. Transferencias que no cuadran. Pagos a una fundación que no hace nada, solo mueve dinero a paraísos fiscales. Y todo se conecta con adjudicaciones de obras públicas.
Marco tomó los papeles y los hojeó con la experiencia de quien sabe leer entre líneas. Se detuvo en una página, frunciendo el ceño, y sacó un bolígrafo para marcar algo.
—Esto es... interesante. Es sutil. Un abogado inteligente podría explicarlo como "inversiones diversificadas". Pero si tienes el otro lado de la ecuación, los contratos se aprobaron justo después de estos pagos... entonces tienes un caso de cohecho. Un caso gordo.
—No tengo los contratos. Solo los números.
—Los números son un buen principio. Pero no son suficientes para una historia que no me meta en más problemas de los que ya tengo. Rivas tiene a los mejores abogados del país. Si público esto sin pruebas sólidas, me come vivo.
—Hay más —insistió Laura, inclinándose hacia adelante—. No es solo dinero. Hay una mujer.
—Siempre hay una mujer —murmuró Marco, con cinismo.
—Una mujer que desapareció hace años. Su prometida. Sofía Mendizábal. La encerraron en una clínica psiquiátrica después de que él decidiera que era "inconveniente". Tengo un testigo que vio todo.
El cigarrillo apagado se rompió entre los dedos de Marco. La máscara de indiferencia cayó por un instante, revelando al periodista que aún vivía dentro de él.
—¿Sofía Mendizábal? ¿La hija del embajador? La prensa de la sociedad dijo que se fue a Europa para "tratarse de agotamiento". Se rumoreaba que tenía problemas mentales. Bueno, al menos la prensa aprobada por ellos, supongo.
—No tenía nada. Solo tenía un novio que no aceptaba un no por respuesta. Y ahora mi prima, la mujer que me pidió que viniera a verte, está en la misma situación. Él la está persiguiendo. Aisló a su amigo. La está amenazando y si hizo lo que sospechamos a la hija de un embajador, realmente temo por mi prima.
Marco dejó los papeles sobre la mesa y miró a Laura largamente, evaluando.
—¿Tu prima es la chica de la que Rivas está enamorado? He oído rumores. Dicen que anda detrás de una estudiante.
—Ella es la prueba viviente de que él no ha cambiado. Si conseguimos que Sofía hable, si conseguimos que mi prima cuente su historia... tendrías la trama completa. Corrupción financiera y un patrón de abuso contra mujeres. Un hombre que compra silencio y destruye vidas.
—Encontrar a Sofía Mendizábal después de tantos años no será fácil. Si Rivas la escondió bien...
—Ya estamos en eso. Pero necesitamos que alguien esté listo para publicar cuando tengamos todo. Alguien que no se asuste.
Marco se recostó en la silla, mirando el techo manchado de humo del café. Estaba pensando, calculando riesgos y recompensas. Finalmente, miró a Laura a los ojos.
—Necesito tres cosas. Primero, la confirmación de la clínica. Un nombre, un registro, algo que no sea solo un rumor. Segundo, a la mujer, Sofía, viva y dispuesta a hablar. Y tercero, tu prima. Si ella está dispuesta a ir al registro con su nombre y su cara, a decir "yo soy la prueba de que este hombre es un depredador", entonces tengo una historia. Sin esas tres cosas, solo tengo papeles que podrían destruirme en un juicio.
—Tendrás las tres —afirmó Laura, con una certeza que no sabía de dónde venía—. Solo danos tiempo.
—El tiempo es lo que menos tenemos cuando se trata de gente como Rivas. Pero... está bien. Esperaré. Tengo mis propias fuentes, puedo empezar a cavar por mi lado sin levantar sospechas. Si encuentro algo, te contacto. ¿Cómo te localizo?
Laura escribió su número en una servilleta de papel, el número de un teléfono desechable que había comprado esa mañana.
—Solo mensajes. Nada de llamadas.
Marco asintió, guardando la servilleta en el bolsillo de su chaqueta vieja.
—Tengo que admitirlo, señorita... no me dio su nombre, y eso me gusta. Significa que es prudente. Los imprudentes mueren rápido en este juego.
—Soy prudente. Y estoy desesperada. Una combinación peligrosa.
—Para Rivas, sí. Para usted, procure que no lo sea.
Laura salió del café con el corazón latiéndole con fuerza. Había un aliado más en el tablero. Un aliado desgastado y cínico, pero un aliado al fin.