Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto II: La Doble Vida
Capítulo 24: La noticia
—
Desperté con el peso de su brazo sobre mi cintura.
La luz del día entraba por la ventana del estudio, acariciando el desorden de la noche anterior. Un rayo de sol atravesaba la persiana mal cerrada y dibujaba una línea dorada sobre la pared, justo encima de mi caballete. El aire olía a nosotros, a esa mezcla de piel sudada y sábanas revueltas que solo se da después de una noche como aquella.
Miré a mi alrededor con una sonrisa tonta. Ropa por el suelo. Mi vestido negro, hecho un ovillo junto a la puerta. La camisa de él, colgando de una silla. Un botón, solitario, brillaba sobre la mesa entre botes de pinceles y tubos de óleo medio apretados.
El olor a sexo, a sudor, a él, impregnaba las sábanas como un perfume imposible de ignorar.
Sonreí.
Una sonrisa débil, casi tonta, que no debería estar ahí después de todo lo que había pasado entre nosotros. Después del cheque. Después de la humillación. Después de los meses de silencio.
Pero estaba.
Porque él estaba aquí. Porque había vuelto. Porque la noche anterior, borracho y roto, me había suplicado en la puerta y yo, idiota, le había dejado entrar.
Y no me arrepentía.
Me giré con cuidado para no despertarlo. Apoyada en un codo, lo miré dormir. La respiración profunda, el pecho subiendo y bajando rítmicamente. El pelo revuelto, oscuro, con esas canas prematuras en las sienes que tanto le gustaban a las revistas. Los labios entreabiertos. Las pestañas largas, casi femeninas, que contrastaban con la dureza de su mandíbula.
Parecía más joven. Menos roto. Menos Marcos Moncada y más el hombre de mis sueños.
Quería guardar esa imagen para siempre.
Y entonces vi el móvil.
Apoyado en la mesilla, con el led parpadeando insistentemente. Lo cogí con cuidado, intentando no hacer ruido.
Siete llamadas perdidas de Laura.
Veintitrés mensajes.
El corazón se me heló.
Algo iba mal. Laura no llamaba siete veces por nada.
Abrí el primer mensaje.
"Irene, ¿has visto las noticias?"
El segundo.
"Llámame ya."
El tercero.
"Es sobre él. Sobre Marcos."
El cuarto llevaba un enlace. Un periódico digital. Una portada.
Lo abrí.
Y el mundo se vino abajo.
—
La página tardó dos segundos en cargar. Dos segundos eternos en los que mi cerebro intentó prepararse para lo peor.
No estaba preparada.
"BODA DEL AÑO: Los Moncada y los Aristizábal unen sus imperios. Marcos Moncada y Elena Aristizábal retoman su compromiso tras años separados. La boda se celebrará en la finca familiar de Segovia a finales de año. Las dos dinastías más poderosas de España sellan su alianza con este enlace, que promete ser el acontecimiento social de la década. Fuentes cercanas a la familia confirman que la relación, retomada hace meses, está más sólida que nunca."
La foto ocupaba media pantalla.
Ellos dos. Él, con ese traje oscuro que tanto le gustaba, el mismo que llevaba puesto anoche cuando llegó a mi puerta. Ella, rubia, altísima, perfecta, apoyada en su hombro con una sonrisa de triunfo en ese medio perfil. El brillo de un anillo en su mano.
La fecha del artículo: ayer.
Ayer. Mientras yo volaba de Berlín a Madrid, mientras él esperaba borracho en mi portal, mientras me follaba contra la pared como si me necesitara para respirar... ya estaba comprometido.
Ya era de otra.
—
Dejé el móvil sobre la mesilla con tanto cuidado que parecía de cristal.
Miré a Marcos. Dormía plácidamente, ajeno, inocente.
—Hijo de puta —susurré.
Pero no había rabia en mi voz. Solo dolor. Un dolor sordo, profundo, que crecía en el pecho como una planta venenosa.
Me levanté sin hacer ruido. Mis pies descalzos sobre el suelo frío. La ropa de él, esparcida. Mis pasos, hacia el baño.
Cerré la puerta. Abrí la ducha.
El agua caliente golpeó mi piel. Mi espalda. La estrella que él había besado horas antes. El agua arrastraba todo: su olor, su sudor, sus mentiras. Pero no podía arrastrar lo que sentía. Eso se quedaba dentro, enquistado, doliendo.
Apoyé las manos en la pared de azulejos blancos. Dejé que el agua cayera sobre mi cabeza, sobre mi cara, mezclándose con las lágrimas que por fin, por fin, empezaban a salir.
No lloré de tristeza. Lloré de rabia. De humillación. De vergüenza.
Otra vez. Me había vuelto a pasar. Otra vez había caído. Otra vez había creído.
—
No sé cuánto tiempo pasé allí. El agua empezó a enfriarse. Mis dedos, arrugados. Mi piel, enrojecida.
Cuando salí, envuelta en una toalla grande, el baño estaba lleno de vapor. Me sequé el pelo sin mirarme al espejo. No quería verme. No quería ver a la idiota que había vuelto a creer.
Abrí la puerta.
Él estaba despierto.
Vestido. La camisa arrugada, mal abrochada, como si hubiera tenido que ponérsela a toda prisa. Los botones, desparejos. El pelo, todavía revuelto. De pie, apoyado en el marco de la puerta del baño, esperándome.
Me miró. Yo lo miré.
El pasillo era estrecho. Estábamos demasiado cerca. Podía olerlo. Su olor mezclado con el mío, con el jabón, con todo.
—Irene...
—Vete.
—Déjame explicarte.
—No.
—Lo de Elena no es lo que parece. Es mi familia, los pactos, las empresas...
Levanté la mano. Lo detuve.
—No quiero explicaciones. No quiero nada.
—Pero anoche...
—Anoche estuve con un hombre que me suplicó en mi puerta. Un hombre borracho que apestaba a whisky y a desesperación. Un hombre que me dijo que no podía vivir sin mí. No sabía que ese hombre estaba comprometido con otra.
—No lo estaba. No es oficial. Son los periódicos, la prensa, mi familia presionando...
—Marcos.
Se calló.
Lo miré. Bien. Fijamente. Por última vez. Quería grabarlo en mi memoria. Quería recordar exactamente cómo era el hombre que me había roto el corazón dos veces.
—Vete, por favor. No necesitas explicar nada. No digas nada.
—Irene, yo te quiero. De verdad.
—No digas nada.
—
Se quedó quieto un momento.
Sus ojos, azul oscuro, buscaron los míos con desesperación. Yo los esquivé. Miré la pared. La ventana. Cualquier sitio menos él.
Luego asintió. Lentamente. Como si aceptara una sentencia de muerte.
Pasó a mi lado. Sentí su calor, su olor, todo lo que me había hecho creer que era real. Se detuvo un segundo. Su mano, a punto de tocarme. Su boca, a punto de hablar.
Pero no.
Siguió caminando.
La puerta del estudio se abrió. El ruido de la calle entró por un instante. Luego se cerró.
Silencio.
—
Me quedé inmóvil.
El estudio, de repente, era enorme. Vacío. Frío.
La cama deshecha. Las sábanas revueltas. Su olor todavía en la almohada.
Un botón de su camisa, en el suelo. Lo recogí. Lo apreté en la mano.
Y entonces me senté en el suelo.
Blanca, que había estado escondida debajo del sillón durante toda la escena, se acercó con cautela. Me olisqueó la pierna. Luego, con esa dignidad infinita que tienen los gatos, apoyó la cabeza en mi rodilla.
—Ya está —susurré, acariciando su pelo blanco—. Ya se acabó.
Pero no era verdad.
Nunca lo es.
—
Sonó el móvil.
Laura otra vez.
Contesté.
—Irene, por Dios, ¿has visto...?
—Lo he visto.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada. Ya está hecho.
—¿Cómo que ya está hecho? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
Miré a mi alrededor. El estudio desordenado. La cama vacía. Su olor en el aire.
—Estoy en casa. Estoy bien.
—No te creo.
—Es verdad. Estoy bien. O lo estaré.
—Irene, no tienes por qué pasar esto sola. Puedo ir para allá, podemos hablar, podemos...
—Luego te llamo, Laura. Te quiero.
—Irene...
—Te quiero. Pero ahora necesito estar sola.
Colgué.
Apoyé la cabeza en la pared. El frío del yeso contra mi nuca. Blanca ronroneaba, su vibración calmante contra mi pierna.
Y por fin, después de todo, lloré.
Lágrimas silenciosas que resbalaban por mis mejillas sin hacer ruido. Lágrimas de rabia, de humillación, de amor herido. Lágrimas por él, por mí, por lo que podríamos haber sido y nunca seríamos.
Lloré hasta que no quedó nada.
Hasta que el estudio se llenó de silencio.
Hasta que solo quedamos Blanca y yo.
—