Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 21
Camila
Al día siguiente, el despertador sonó más temprano de lo habitual.
Me levanté casi de inmediato, con una sensación clara de urgencia. No era estrés. Era decisión.
Llegué a la empresa antes que la mayoría. Los pasillos todavía estaban medio vacíos y el silencio de la mañana me resultó extrañamente estimulante. Me quité el abrigo, encendí la computadora y comencé a trabajar sin pausa: correos, informes, llamados pendientes, todo aquello que había ido postergando.
Quería terminarlo todo.
Quería que la tarde quedara libre.
A media mañana, pasé por la oficina de Nicolás. Fernanda levantó la vista en cuanto me vio.
—Buen día, señora Camila.
—Buen día —respondí—. Sabes que nunca me metí en tu trabajo. No es mi intención ahora, pero quería pedirte algo… si es posible.
—Claro, dígame.
—¿Crees que podrías acomodar los pendientes de Nicolás para que, en lo posible, esté libre esta tarde?
Me observó con atención, apenas unos segundos.
—Puedo intentarlo —dijo—. Haré todo lo que esté a mi alcance.
—Te lo agradecería mucho.
Sonrió, como si entendiera algo más allá de mis palabras.
Volví a mi oficina y seguí trabajando hasta que sentí que todo estaba bajo control. Cuando miré el reloj, supe que lo había logrado.
Al mediodía, salí directo a casa. Le dije a mi asistente que lo que me quedaba pendiente, lo pasáramos para mañana.
Al llegar, almorcé y alimenté a mi bebé.
Y después me instalé en la cocina. Me até un delantal, y ese se convirtió en mi territorio durante las horas siguientes. Busqué en internet una receta para hacer tarta de frutos rojos y me dispuse a seguir paso a paso.
Tamara me observaba desde un costado, con Alvarito en sus brazos.
—¿Crees que vaya a salirme? —le pregunté, revisando por tercera vez las cantidades.
—Señora Camila, tranquila —rió—. Le va a quedar deliciosa. Solo confíe en usted. Y en el proceso.
Medí todo con cuidado obsesivo. La harina terminó en mis manos, en la mesada… y en parte de mi ropa. Probé, ajusté, volví a probar. Quería que saliera bien. No perfecta. Bien.
Cuando el horno finalmente se cerró, solté el aire y me apoyé contra la mesada, observando el reloj.
El sonido del teléfono me hizo enderezarme de inmediato.
—Camila —dijo la voz de Nicolás—. Ya estamos en el aeropuerto. Enseguida despegamos hacia allí.
—Perfecto —respondí—. Cuando llegues ven directo a casa.
—De acuerdo. ¿Está todo bien?
—Sí. Te espero. Te tengo una sorpresa.
Hubo un pequeño silencio.
—Está bien. Iré entonces. Nos vemos en unas horas.
Corté y miré de nuevo el horno. Temía que la tarta fuera a quemarse.
Las siguientes horas fueron eternas. Nicolás envió un mensaje avisando que venía a casa en taxi. Llegaría justo a la hora de la merienda.
Cuando lo vi caminar hasta la puerta de casa, sentí un pequeño vuelco en el estómago.
—¿Hola? Ya llegué —. Avisó desde el recibidor.
—En la cocina.
Apareció en el marco de la puerta y se detuvo al verme. Frunció un poco el ceño algo confundido. Sus ojos bajaron al delantal, luego a la mesada, después a mí.
—Hola —dijo de nuevo, sorprendido.
—Hola.
Tomé la tarta que estaba sobre la mesada. Ya fría.
—Quería sorprenderte —dije—. Recordé que alguien de tu familia comentó que esta era tu tarta favorita… y quise prepararte una.
Me miró unos segundos sin decir nada. Luego sonrió, de esa forma tranquila que pocas veces le había visto.
—¿De verdad la hiciste para mí?
—Sí. Para ti —. Le sonreí.
Sin decir nada más, se acercó y me rodeó con los brazos. El abrazo fue firme, cálido. Real. Me quedé ahí, apoyando la frente contra su hombro, sintiendo algo nuevo acomodarse dentro de mí.
—Gracias, Camila —dijo en voz baja—. De verdad. Valoro mucho este gesto.
Cuando se separó, me miró con una mezcla de sorpresa y gratitud que me dejó sin palabras.
—Bueno. Ve a ponerte cómodo. Porque hoy merendamos en familia.
—De acuerdo. Subiré mi maleta a la habitación.
Lo observé salir de la cocina con una sonrisa.
Y entonces lo supe.
Ese pequeño gesto, esa tarta casi imperfecta, ese delantal manchado… habían significado algo. Para él. Y también para mí.
Por primera vez, sentí que podía comenzar a corresponderle. Y me gustó.
En los días posteriores me fui soltando y cada vez me animaba a ser más demostrativa con Nicolás.
Tenía pequeños gestos hacia él. Como pasar por su oficina en la empresa para conversar sobre cualquier tontería; o en casa, lo sorprendía con su plato favorito, y cosas así, que hacen los matrimonios normales.
Hasta que un día, la sorprendida fui yo.
Yo estaba en mi oficina revisando informes cuando oí pequeños golpes en la puerta que se encontraba entreabierta.
Levanté la vista.
—Soy yo.
Mi expresión se relajó al verlo.
—Tienes prohibido hacer planes para esta noche.
—¿Ah sí? — pregunté fingiendo sorpresa. — ¿Y puedo saber a qué se debe?
—Tienes una cita conmigo. Es una sorpresa —. Me guiñó el ojo.
—Está bien. Entonces, no preguntaré más —. Le sonreí.
Él no pudo reprimir una sonrisa.
—Te veo a las diez.
Dijo, mientras caminaba hacia la puerta.
Lo vi salir y perderse por el pasillo. Sin pensarlo se me escapó un suspiro.
Ya por la noche, me arreglaba en casa. Me observé frente al espejo unos segundos más de lo habitual.
No había prisa, pero sí una atención distinta. Elegí el vestido con cuidado, pasando la mano por las telas como si buscara algo más que comodidad. Al final me decidí por uno de color negro, de caída suave, que no me hiciera sentir disfrazada ni distante. Quería verme bonita, para mí, y para él.
Mientras me acomodaba el cabello, no pude evitar pensar en aquella Camila de hace un tiempo atrás, fría, rígida, preparando su imagen como si fuera una armadura.
Esta vez era diferente. No había tensión en mis hombros ni ese gesto automático de perfección. Había algo más humano, más real.
—¿Ya estás lista? —la voz de Nicolás me sacó de mis pensamientos.
Levanté la mirada y lo vi apoyado en el marco de la puerta.
—Casi —respondí, girándome apenas hacia él.
Me recorrió con la mirada sin prisa.
—Te ves muy hermosa.
Sentí un leve calor subir a mis mejillas.
—Gracias. Tú también luces muy bien — respondí, viendo su traje.
A simple vista parecía vestido para un día normal en la empresa, pero algo en su expresión se veía diferente. Más relajado. Más sonriente.
Tomé mi abrigo y salimos juntos del cuarto. Antes de irnos, pasé por la habitación de Alvarito. Dormía profundamente, ajeno a todo.
—Si llega a incomodarse, por favor, no dudes en llamarnos —le pedí a Tamara una vez más.
Ella sonrió con tranquilidad.
—Quédese tranquila, señora. Ustedes disfruten. Alvarito estará bien, se lo prometo.
Asentí, agradecida, y finalmente salimos de casa.
Durante el trayecto, el silencio no era incómodo. Aun así, no pude evitar sonreír.
—¿No me vas a decir a dónde vamos? —pregunté, mirándolo de reojo.
—Ya te lo dije —respondió—. Es una sorpresa.
—Eres terrible —murmuré, divertida.
Cuando el auto se detuvo y bajamos, lo entendí todo apenas crucé la entrada.
El lugar.
Sentí cómo el recuerdo me golpeaba de lleno.
Fue aquí.
El lugar de nuestra primera cita.
Por un instante, todo se superpuso. Un Nicolás con vestimenta más sencilla, la barba más corta y visiblemente nervioso sentado frente a mí.
Recordé cómo evitaba los silencios, cómo buscaba temas de conversación, cómo se esforzaba por hacerme sentir cómoda. Como parecía seguir un plan estudiado por mucho tiempo.
Yo, en cambio, había llegado sin expectativas, cumpliendo con algo que consideraba casi una obligación más que una ilusión.
Recordé su sonrisa tensa, sus manos inquietas, la forma en que me miraba como si yo fuera lo más increíble que veían sus ojos.
Entonces parpadeé… y volví al presente.
El hombre que caminaba a mi lado ya no era aquel hombrecito nervioso.
Era mi esposo. El padre de mi hijo. El mismo que ahora avanzaba con elegancia y seguridad tranquila, sin necesidad de demostrar nada.
¿Quién lo hubiera imaginado en esa primera cita?
Yo no. Jamás.
En aquel entonces, nunca habría pensado que ese hombre terminaría ocupando este lugar en mi vida, el lugar que pensé que sería de otra persona. Que compartiríamos una casa, un hijo, una historia que todavía se estaba escribiendo.
Nicolás me miró y sonrió, como si supiera exactamente lo que pasaba por mi mente.