Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 14: El goteo constante
Las semanas siguientes se convirtieron en una danza silenciosa.
Kael no volvió a la biblioteca al día siguiente, tampoco al otro. Dejó pasar dos días, luego apareció. Trabajó en silencio, repuso las velas, y cuando terminó, Ethan levantó la vista del libro y le preguntó:
—¿Has leído algo más sobre los pasos del norte?
Kael asintió. Y hablaron.
No fue una conversación larga. Diez minutos, quizás. Pero Kael habló de las rutas de suministro, de cómo abastecer a un ejército en invierno, de cosas que había leído en otros libros. Ethan escuchó, hizo alguna pregunta, y cuando Kael se fue, se quedó pensando.
Dos días después, Kael volvió.
Esta vez hablaron de historia. De las guerras entre el norte y el sur, de cómo las alianzas se forjaban y rompían. Kael mencionó un dato curioso sobre una batalla antigua, algo que había leído en una crónica olvidada, Ethan no lo sabía. Le intrigó.
Tres días después, Kael apareció de nuevo.
Ethan ya no fingía leer cuando llegaba, cerraba el libro y esperaba, con una curiosidad que crecía cada vez. Esa tarde, Kael habló de hierbas medicinales. De plantas que cerraban heridas, que aliviaban fiebres, que podían salvar a un soldado en el campo de batalla si se sabían usar.
—En las Tierras del Sur usamos una mezcla de corteza de sauce y manzanilla para las fiebres —dijo Kael, con esa voz tranquila que Ethan empezaba a reconocer—. No sé si aquí la conocen.
Ethan lo miró, pensativo.
—Los médicos del palacio tienen sus propias recetas —dijo—. Pero nunca está de más saber más.
Kael asintió, y no dijo nada más.
Pero cuando se fue, Ethan se quedó pensando en esas palabras. En cómo un omega de séptimo rango, un sirviente, sabía cosas que ni siquiera sus generales le habían contado.
El almizcle llegó sin hacer ruido.
Kael lo dosificaba con la precisión de un relojero. Un susurro, apenas perceptible, flotando por debajo de la lavanda, nada que Ethan pudiera identificar, nada que pudiera señalar. Solo una sensación, un calor difuso que se instalaba en su pecho cuando Kael estaba cerca.
Al principio no lo notó. Era solo una pequeña molestia, una inquietud que no sabía nombrar. Pero con cada encuentro, con cada conversación, esa sensación crecía.
Empezó a mirarlo más.
La primera vez fue casi sin querer. Kael estaba hablando de los mapas, señalando un punto con el dedo, y Ethan se descubrió observando la curva de sus labios. Se sorprendió a sí mismo y apartó la mirada.
La segunda vez fue peor. Kael se inclinó para recoger un libro que había caído, y por un instante, la túnica se tensó sobre su espalda, marcando una cintura increíblemente estrecha. Ethan sintió un nudo en el estómago.
¿Qué me pasa?, se preguntó. Es un omega hombre. No es mi tipo, nunca lo ha sido.
Pero sus ojos volvían una y otra vez. A esos ojos grises que parecían atrapar la luz. A esa sonrisa pequeña que aparecía cuando hablaba de algo que le gustaba. A esa forma de moverse, tranquila, serena, como si nada en el mundo pudiera perturbarlo.
Y siempre, siempre, ese aroma, Lavanda y algo más. Algo que no podía identificar pero que lo envolvía, lo calmaba, lo hacía sentir… no sabía qué.
Tres días después de la última conversación, Ethan almorzaba con Sera.
Era un almuerzo como tantos otros, ella hablaba de los gastos del harén, de las nuevas telas que habían llegado, de las quejas de las concubinas. Ethan escuchaba con media atención, asintiendo de vez en cuando.
Pero en un momento, cuando Sera mencionó la asignación de tareas a las sirvientas, Ethan levantó la vista.
—Hablando de eso —dijo, con un tono que pretendía ser casual—. He notado algo curioso.
Sera arqueó una ceja.
—¿Curioso?
—Hay un concubino que hace trabajo de sirviente, un omega hombre. Lo he visto varias veces fregando suelos, barriendo jardines.
Sera se quedó inmóvil. Por un instante, sus ojos ámbar perdieron su habitual frialdad. Solo un instante.
—¿Un concubino? —repitió, como si no entendiera.
—Sí, Kael creo que se llama, de las Tierras del Sur. Llegó con un tratado hace años.
Sera bajó la vista a su plato, procesando. Luego, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, dijo:
—Ah, ese. Sí, lo recuerdo, un omega hombre. Cuando llegó, usted no mostró interés en recibirlo, no es de su preferencia, según tengo entendido; así que decidí que era mejor darle alguna utilidad. Las Tierras del Sur son gente humilde, nadie va a reclamar por él.
Ethan la miró fijamente.
—Eso no tiene nada que ver —dijo, y su voz era más fría que antes—. Llegó como un regalo para mí. Es mi propiedad. Solo yo puedo tomar decisiones sobre su lugar en el harén.
Sera apretó la mandíbula.
—Majestad, yo solo intentaba administrar con eficiencia…
—Tú administras el harén, Sera —la interrumpió Ethan—. Pero la última palabra la tengo yo. No lo olvides.
Silencio.
Sera inclinó la cabeza.
—Por supuesto, Majestad. No volverá a pasar.
Ethan asintió y volvió a su comida. Pero el almuerzo terminó poco después, y Sera se retiró con una reverencia que ocultaba mal la tensión.
En sus aposentos, Sera se dejó caer en el sillón frente al tocador. Sus manos temblaban ligeramente, algo que no ocurría desde hacía años.
Ese maldito omega.
La imagen de Kael apareció en su mente. Esa postura sumisa, esa voz temblorosa, esa forma de hacerse pequeño cuando ella lo amenazó.
¿Cómo lo hizo? ¿Cómo logró que Ethan se fijara en él?
Recordó su advertencia. "Las hormigas que se vuelven molestas tienen un final desafortunado". Él había asentido, había temblado, había prometido mantener la cabeza baja y ahora el Emperador preguntaba por él. No fue casualidad, no pudo ser, Ethan no se fija en nadie por pasar y verlo fregando un suelo. Él hizo algo, llamó su atención de alguna forma. A pesar de mi advertencia—apretó los puños— Pero ahora no puedo hacer nada, el Emperador está alerta. Si toco a ese omega ahora, sabrá que fui yo.
Se miró al espejo, sus ojos ámbar brillando con una furia fría.
Pero no para siempre. La paciencia es mi arma, él no sabe quién soy, no sabe de lo que soy capaz. Cuando pase el tiempo, cuando Ethan se olvide de esta conversación, cuando ese omega vuelva a ser invisible… entonces actuar. Sonrió, pero era una sonrisa que no tenía nada de amable.
Te aplastaré, hormiga. Como tendría que haber hecho desde el principio.
Esa misma tarde, Kael volvió a la biblioteca.
Ethan lo esperaba; no quería admitirlo, pero lo esperaba. Cuando la puerta se abrió y esa figura de túnica gris apareció, algo en su pecho se relajó.
—Buenas tardes, Majestad —dijo Kael con su voz sumisa, inclinando la cabeza.
—Buenas tardes, Kael.
Fue la primera vez que Ethan pronunció su nombre sin preguntar. Y Kael lo notó.
Trabajó en silencio, reponiendo velas, avivando el fuego. Pero mientras lo hacía, dejó escapar ese hilo de almizcle, ese susurro que apenas se notaba, solo lo justo para que Ethan lo sintiera sin saber que lo sentía. Cuando terminó, se sentó en el suelo, como si aquello fuera ya una costumbre. Ethan se sentó frente a él.
—Hoy he estado leyendo sobre las minas del norte —dijo Kael, abriendo un libro—. ¿Sabía que hay una veta de hierro en la montaña que podría abastecer a todo el ejército durante décadas?
Ethan arqueó una ceja.
—¿Hierro?
—Sí, pero está en territorio disputado. Si los clanes del norte la controlan…
Y siguió hablando. Y Ethan escuchaba. Y mientras escuchaba, sus ojos se desviaban una y otra vez hacia esos labios, hacia esos ojos grises, hacia esa cintura que la túnica no lograba ocultar del todo.
¿Qué me está pasando?, pensó, pero no encontró respuesta. Solo esa sensación, ese calor en el pecho, que no sabía nombrar
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