Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El beneficio de la duda
El eco de los pasos de Adrian y Aeryn aún vibraba débilmente en las maderas de la casa principal cuando el silencio se apoderó de la estancia. Kaelen, que había permanecido como una estatua de sal en el rincón más oscuro, soltó un gruñido sordo y se retiró hacia los balcones, dejando a los dos soberanos a solas bajo la luz agonizante de las velas de cera de abeja.
Elyan permaneció de pie, con la mirada fija en el umbral por donde el humano se había marchado. Su inmovilidad no era la de alguien que descansa, sino la de un depredador que analiza el rastro de una presa que no termina de encajar en el ecosistema. Lyra, por el contrario, se acercó a la gran mesa y comenzó a recoger las copas de cristal con una parsimonia que delataba su profunda preocupación.
—Es un vacío, Elyan —dijo Lyra, rompiendo el silencio. Su voz de loba, siempre cálida, tenía ahora un filo de incertidumbre—. Kaelen tenía razón en algo: su presencia no agita el aire. Pero lo que vi esta noche en sus ojos cuando la pequeña Miri le entregó la piedra... no fue el vacío de un hombre sin alma. Fue el terror de un hombre que acaba de recordar que la tiene.
Elyan se giró lentamente. Su rostro, tallado por siglos de inviernos y guerras que la historia humana había borrado, se tensó. Caminó hacia el ventanal, donde la luna del solsticio bañaba su piel de mármol.
—No es solo el vacío, Lyra —murmuró el Ancestral, y su voz sonó como el crujir de pergaminos antiguos—. Es su nombre. Valerius. He pasado tres siglos intentando olvidar ese linaje, esperando que el tiempo hubiera diluido la sangre de los Cazadores de la Cruz de Plata, pero la genética es una cronista implacable. Los Valerius no son simples humanos; son una estirpe de verdugos. Sus ancestros fueron quienes sitiaron el Castillo de los Susurros en el siglo XVIII. Fueron ellos quienes diseñaron las primeras trampas de mercurio que diezmaron a mis hermanos.
Lyra dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos dorados se encendieron con una chispa de alarma.
—¿Estás diciendo que Aeryn ha traído a un descendiente de la Orden Helix al corazón de nuestro hogar? —preguntó, y el vello de sus brazos se erizó por el instinto de protección de la manada—. Si es así, debemos actuar ahora. Kaelen no esperará a que el sol salga para sacarlo de la ciudad.
—Eso es lo que me inquieta, mi amada loba —Elyan se acercó a ella, tomándole las manos con una frialdad que siempre la reconfortaba—. Su linaje es de hierro, pero sus latidos... sus latidos estaban domados por algo que no es natural. No era la calma de un inocente, era la supresión de un soldado. Sin embargo, cuando esa niña le tocó la mano, algo en su armadura se quebró. Sentí el pico de su pulso, un estallido de adrenalina que el muchacho intentó sofocar con una voluntad aterradora.
Lyra suspiró, recordando la imagen de la pequeña Miri entregándole el amuleto de río. Miri era una Primogénita, una de las pocas niñas del Enclave cuya conexión con la Tierra era absoluta. Ella no veía apariencias; ella veía esencias.
—Miri no entrega piedras de protección a los enemigos, Elyan —argumentó Lyra, buscando un punto de esperanza—. Ella dijo que su sombra era larga, pero que sus manos estaban frías. Los niños no mienten con los dones del bosque. Si ella sintió que Adrian necesitaba una guía para no perderse cuando la luna se apague, es porque hay una batalla librándose dentro de ese chico. Una batalla entre lo que le enseñaron a ser y lo que su espíritu reconoce al vernos.
—O quizás es la trampa más elaborada que jamás hayan diseñado —replicó Elyan con una severidad gélida—. Han pasado siglos desde que un Valerius se atrevió a mirarme a los ojos sin una espada de plata en la mano. Este joven no traía armas visibles, pero traía una curiosidad que es mucho más peligrosa. Estaba mapeándonos, Lyra. Estaba bebiendo de nuestra historia no como un amante, sino como un estratega.
—Aeryn confía en él —recordó Lyra, y su corazón de madre dio un vuelco—. Ella siente esa conexión que solo los de nuestro linaje entendemos. Una atracción que desafía la lógica. Si lo destruimos sin pruebas, destruiremos la fe de nuestra hija en su propio instinto. Y eso, para una futura líder del Enclave, es una muerte peor que la física.
Elyan guardó silencio por un largo rato, mirando las estrellas que se reflejaban en el cristal. Su mente viajó a través de los siglos, recordando los rostros de otros Valerius, hombres de mandíbulas cuadradas y ojos llenos de un odio fanático. Adrian tenía la misma mirada, pero bajo la superficie, había una grieta. Una duda que Elyan nunca había visto en sus antepasados.
—Le daré el beneficio de la duda que el bosque le otorgó a través de Miri —sentenció finalmente el Vampiro Ancestral—. Pero no bajaré la guardia. Si él es el caballo de Troya de la Orden, encontrará que este Enclave no es una ciudad de madera, sino un nido de pesadillas para quienes vienen con fuego.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Lyra, sintiendo la resolución de su pareja.
—Lo observaré de cerca —dijo Elyan con una sonrisa mínima que no prometía piedad—. Mañana, durante la ceremonia de clausura del solsticio, lo invitaré a las Crónicas de Sangre. Quiero ver cómo reacciona un cazador cuando se le muestra la verdadera historia de las víctimas de su estirpe. Si es un hombre de honor, se quebrará. Si es una máquina de Helix, intentará destruirnos antes de que termine la noche.
Lyra asintió, aunque el miedo seguía latente en su pecho. Conocía a Elyan; sabía que su paciencia era tan vasta como su crueldad cuando se sentía amenazado. Miró hacia la puerta por la que Adrian se había ido, deseando que el joven humano fuera lo suficientemente inteligente para elegir el lado correcto de la historia antes de que el solsticio terminara.
—Que la Luna nos proteja a todos —susurró Lyra, apagando la última vela con un soplo—. Porque si ese chico es lo que tú crees, la sangre que se derrame esta vez no será solo la de nuestros enemigos. Será la de nuestra propia hija.
Elyan no respondió. Simplemente se fundió con las sombras de la habitación, sus ojos rojos brillando débilmente en la oscuridad, esperando el primer movimiento en falso del joven Valerius. El juego de ajedrez entre la tecnología y la magia había entrado en su fase más crítica, y el tablero era el corazón de Aeryn.