Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 24
El aire en São Paulo estaba cargado de electricidad estática. Mientras las sombras se alargaban, dos frentes de batalla se cerraban sobre los protagonistas. Helenina Hawser creía tener el control total, pero no contaba con que los "peones" de su tablero estaban a punto de rebelarse con una violencia que no pudo prever.
En el café de la estación de Sé, Renata sentía que el oxígeno se agotaba. A través del cristal empañado, vio cómo dos hombres de hombros anchos y chaquetas de cuero negro bajaban del coche. No eran policías; tenían el caminar depredador de quienes matan por un sueldo.
—"Cálmate, Renata. Piensa como cronista, no como víctima", se dijo a sí misma.
Cerró la laptop y la metió en su mochila junto con la tablet de Arnaldo. Sabía que si salía por la puerta principal, la atraparían en segundos. Miró hacia la barra. Un grupo de motoboys (repartidores en moto) charlaba ruidosamente mientras esperaban sus pedidos. Eran la caballería invisible de São Paulo.
Renata se acercó al líder del grupo, un joven con una chaqueta fluorescente desgastada.
—Cien reales si me prestas tu chaqueta y tu casco por diez minutos —le susurró, mostrándole el billete.
El chico la miró confundido, pero al ver el miedo real en sus ojos y el billete, aceptó el trato sin preguntar.
Segundos después, mientras los hombres de Helenina entraban por la puerta principal escaneando el lugar con la mirada, una figura con casco integral y chaqueta de repartidor salía agachada por la puerta de la cocina, mezclándose con otros tres motoboys que arrancaban sus motores ruidosamente.
Uno de los mercenarios se percató del movimiento y salió corriendo tras ellos, pero el estruendo de los escapes y la velocidad de las motos en las estrechas calles del centro lo dejaron atrás. Renata no se detuvo hasta llegar a un barrio antiguo, lejos del radar de las cámaras de seguridad principales. Se refugió en un pequeño apartamento que pertenecía a su hermana, una bibliotecaria que estaba fuera de la ciudad.
Allí, con las manos aún temblando, abrió la tablet de Arnaldo. Pero esta vez, no solo miró el video. Empezó a enviar copias cifradas a tres servidores internacionales distintos.
—Si me matas, Helenina, este video se publicará automáticamente en la portada de los cinco diarios más grandes del mundo —susurró, sintiendo por primera vez que tenía una oportunidad contra el monstruo.
***
Mientras tanto, en la Favela do Jaguaré, la noche se iluminó con destellos de pólvora. Los "Termitas", los mercenarios de élite contratados por Helenina, habían cometido un error fatal: subestimar el terreno. Habían entrado con equipos de visión nocturna y silenciadores, avanzando en formación táctica por los callejones estrechos, creyendo que los hombres de Zico solo eran delincuentes con pistolas viejas.
Pero Zico jugaba en casa.
—¡Ahora! —gritó Zico por un radio de mano.
De repente, una serie de fuegos artificiales estallaron sobre los techos de zinc. No era una celebración; el resplandor cegó momentáneamente a los mercenarios que llevaban gafas de visión nocturna. En ese segundo de confusión, la favela despertó. Desde las ventanas altas y los tanques de agua, los hombres de Zico abrieron fuego cruzado.
Danilo, a pesar de tener el costado vendado y sentir que cada respiración era como un cuchillo, se había arrastrado hasta una posición desde donde podía ver el callejón principal.
—¡Zico! —gritó Danilo, apoyado contra una pared de ladrillos—. ¡Están usando una formación en "V"! Van a intentar flanquearte por la escalera de la lavandería. ¡Manda a tus hombres por el túnel de los desagües!
Zico, aunque desconfiaba, hizo una señal. Sus hombres, conocedores de cada grieta del cemento, aparecieron por detrás de los mercenarios. Lo que siguió fue una emboscada brutal. Los "Termitas", atrapados entre el fuego que venía de arriba y los hombres que surgían de las sombras por detrás, perdieron la ventaja tecnológica.
Zico mismo avanzó con una escopeta, su rostro iluminado por las ráfagas de los disparos.
—¡Aquí no manda el dinero de los Hawser! —rugió, derribando al líder del equipo de asalto de un disparo certero—. ¡Aquí manda la sangre!
En menos de veinte minutos, el equipo de élite de Helenina había sido diezmado. Los pocos que quedaron con vida huyeron hacia la periferia, dejando atrás sus equipos y su orgullo.
Zico caminó hacia Danilo, que estaba sentado en el suelo, pálido y exhausto. El líder de la favela bajó su arma y le tendió una mano llena de hollín.
—Sabes mover las fichas, Hawser —dijo Zico con un respeto amargo—. Mis hombres dicen que gracias a tu aviso no perdimos la escalera.
—Solo quiero terminar con esto, Zico —contestó Danilo, aceptando la mano para levantarse—. Helenina no se detendrá. Enviará a la policía, enviará al ejército si hace falta.
—Que vengan —escupió Zico—. Jaguaré es una fortaleza. Pero ahora... tienes que decirme qué hay en ese maletín que vale tanto como para que esa mujer queme a sus mejores perros por él.
Danilo miró el maletín. Sabía que si le contaba la verdad a Zico, el hombre podría verse tentado a chantajear a Helenina. Pero también sabía que, sin Zico, no saldría vivo de allí.
—Es la prueba de que el imperio Hawser está construido sobre cadáveres que no deberían estar muertos —reveló Danilo—. Y necesito que me ayudes a llevarlo a la luz.
***
A cientos de kilómetros de allí, en la costa de Itacaré, el silencio volvió al manglar, un silencio más aterrador que los disparos. Marcos estaba agazapado en el barro, con un cuchillo de supervivencia en la mano. A solo cinco metros, Tulio caminaba lentamente, apuntando con su pistola hacia las raíces de los árboles.
—Sé que estás aquí, Marcos. Puedo oler tu miedo... y el perfume de la princesa —provocó Tulio con voz melosa—. Entrégame a la chica y te dejaré ir. Helenina solo la quiere a ella. A ti te dará por muerto en el mar.
Marcos no respondió. Sus ojos estaban fijos en una rama que había preparado como trampa. Davina, escondida en el hueco de un árbol milenario a unos metros de allí, cerró los ojos y se llevó la mano al vientre. Sintió una patada. El bebé estaba vivo. Y por primera vez, Davina no sintió miedo, sino una furia helada…