Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: El consejo de guerra
Viollet
El mapa sobre la mesa del consejo era un mapa de pesadillas.
Aldric de Valdris había marcado sus posiciones con calderilla de cobre sobre el pergamino: pequeñas monedas rojas que parecían gotas de sangre derramadas sobre las montañas del norte. Su ejército, según los informes de los espías, sumaba unos cinco mil hombres. No era una cifra enorme, pero era suficiente para sembrar el caos si lograban atravesar el paso de Hierro, la única ruta natural que comunicaba nuestros reinos.
—Cinco mil —repitió Lars, con el ceño fruncido—. Nosotros tenemos tres mil en la guarnición del norte. Más mil que podemos movilizar desde la capital. Cuatro mil en total.
—Contra cinco mil —dijo Rubén, con los brazos cruzados—. No son malas cifras si defendemos desde una posición elevada.
—El paso de Hierro es defendible —intervino el general Morwen, un veterano de barba cana que el rey había convocado para el consejo—. Pero solo si llegamos antes que ellos. Si Aldric se adelanta y ocupa las alturas, tendremos que luchar cuesta arriba.
—Entonces tenemos que salir hoy —dije, y todos los ojos se volvieron hacia mí—. O mañana a más tardar. No podemos esperar a que Grecia cruce la frontera.
—La duquesa tiene razón —asintió el rey Emilio, que presidía la mesa desde su asiento al fondo—. Pero enviar un ejército al norte sin saber si Grecia está realmente con Aldric es arriesgado. Podría ser una trampa para dejarnos la capital desprotegida.
—¿Y si es una trampa y no hacemos nada? —pregunté—. Entonces Aldric ocupará el paso, Grecia cruzará la frontera, y tendremos una guerra en dos frentes: el norte y el sur.
El rey enmudeció. Sus dedos tamborilearon sobre el reposabrazos de su silla, y en sus ojos verdes vi el mismo miedo que había visto cuando me habló de mi madre. El miedo a decidir. El miedo a equivocarse.
—Yo iré —dijo Rubén, rompiendo el silencio—. Con mis hombres. Con los que pueda reunir. Si Aldric está en el paso, lo enfrentaré. Si no, regresaremos.
—¿Solo? —preguntó el rey.
—No solo. Viollet vendrá conmigo.
—¿La duquesa? —El rey arqueó una ceja—. Esto es una misión militar, no una excursión.
—Viollet ha demostrado ser más valiente que la mayoría de mis soldados —respondió Rubén, y en su voz había un orgullo que me calentó el pecho—. Además, conoce a Grecia mejor que nadie. Si Grecia está en el campamento de Aldric, Viollet puede identificarla.
El rey nos miró a los dos, evaluándonos. Luego, lentamente, asintió.
—Está bien. Pero quiero informes diarios. Y si la situación se complica, quiero que retiren.
—Como ordene su majestad —dijo Rubén, haciendo una reverencia.
---
Rubén
Salimos del consejo con el corazón acelerado y la mente llena de planes.
—No me gusta esto —dijo Lars a mi lado, mientras caminábamos hacia los aposentos—. Ir al norte con tan pocos hombres es una locura.
—No es una locura. Es una estrategia. Si llevamos todo el ejército, Aldric se replegará y esperará. Si vamos con un grupo pequeño, puede que muerda el anzuelo.
—¿Y si muerde el anzuelo y nos masacra?
—Entonces habremos comprado tiempo para que el rey movilice al resto del ejército.
Lars negó con la cabeza, pero no insistió. Me conocía lo suficiente para saber que no cambiaría de opinión.
Viollet me esperaba en la puerta de nuestros aposentos, con el cabello recogido en una trenza apretada y la daga al cinto. Llevaba ropas de viaje: pantalones de cuero, botas altas, una chaqueta de ante que le daba un aire casi guerrero.
—¿Te gusta? —preguntó, notando mi mirada—. Las mandé hacer cuando empezamos a planear la cacería de Grecia.
—Me gustas tú —respondí, acercándome a ella—. Las ropas son solo un adorno.
Sonrió, y esa sonrisa borró por un instante la tensión de los últimos días.
—¿Cuándo salimos?
—Mañana al amanecer. Prepara lo que necesites.
—Ya está todo preparado. —Señaló un hatillo en el rincón de la habitación—. Solo esperaba tu orden.
—Entonces la orden está dada.
La besé, y el beso fue breve, casi casto, pero en él había una promesa: la de que volveríamos, la de que sobreviviríamos, la de que esto no sería el final.
---
Viollet
Esa noche, mientras los soldados cargaban los carros y los caballos en el patio del palacio, Rubén y yo nos retiramos a nuestros aposentos para pasar juntos las últimas horas antes de la partida.
No hablamos. No hicimos falta.
Nos desnudamos con una lentitud que era una ceremonia, tocándonos como si fuera la última vez. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una ternura que me desarmó, y yo respondí con la misma intensidad, grabando en mi piel la memoria de sus dedos, de sus labios, de su respiración entrecortada.
Cuando me penetró, fue con una suavidad que contrastaba con la urgencia de otros días. Nos movimos juntos al ritmo de la noche, despacio, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Yo enredé los dedos en su cabello oscuro y él apoyó la frente en la mía, y en sus ojos grises vi todo lo que no hacía falta decir.
—Te amo —susurré, cuando el placer empezó a crecer como una marea.
—Te amo más —respondió, y su voz se quebró en un gemido.
Llegamos juntos, y por un instante el mundo desapareció. No había guerra, no había Grecia, no había reyes ni traiciones. Solo nosotros dos, fundidos en uno solo, respirando el mismo aire, latiendo al mismo ritmo.
Después, nos quedamos abrazados, con el sudor secándose en nuestra piel y las sábanas enredadas en nuestros pies.
—Prométeme algo —dije, con la mejilla apoyada en su pecho.
—Lo que sea.
—Prométeme que si las cosas se ponen feas, no vas a hacer de héroe. Que no vas a sacrificarte por mí.
—No puedo prometer eso —respondió, y en su voz había una honestidad que me partió el corazón—. Si hay que elegir entre tu vida y la mía, elegiré la tuya. Siempre.
—Y yo elegiré la tuya —dije, alzando la cabeza para mirarlo—. Así que estamos empatados.
Sonrió, y esa sonrisa era la cosa más hermosa que había visto en dos vidas.
—Entonces tendremos que cuidarnos mutuamente —dijo—. Para que ninguno tenga que elegir.
—Eso suena como un plan.
Me besó, y el beso fue suave, casi un roce, pero suficiente para saber que me amaba, y yo a él.
---
Rubén
Salimos de Giosem al amanecer, con el sol asomando entre las montañas y el rocío brillando en los adoquines.
Éramos doscientos hombres. No muchos, pero los mejores: veteranos de las guerras del norte, soldados que habían luchado a mi lado durante años, hombres que sabían que la muerte era solo una compañera de viaje más.
Viollet cabalgaba a mi lado, con el cabello blanco recogido bajo una capucha y la daga al cinto. Su rostro era una máscara de calma, pero yo conocía la tensión de sus hombros, el modo en que apretaba las riendas con los nudillos blancos.
—¿Tienes miedo? —pregunté, acercando mi caballo al suyo.
—Sí —respondió, sin apartar la vista del camino—. Pero no de la guerra.
—¿De qué, entonces?
—De no volver. De que esto sea un adiós.
—No lo es —dije, y mi voz fue más firme de lo que me sentía—. Volveremos. Los dos.
Viollet me miró, y en sus ojos violetas vi la misma duda que me corroía a mí.
—Prométemelo —dijo.
—Te lo prometo.
No era una promesa que pudiera cumplir. Pero ella necesitaba oírla, y yo necesitaba decírsela.
---
Viollet
El camino al norte era largo y polvoriento.
Atravesamos bosques de robles y colinas cubiertas de brezo, pasamos por aldeas donde los campesinos se arrodillaban al vernos pasar, y dormimos bajo las estrellas en campamentos improvisados. Los hombres de Rubén eran disciplinados, eficientes, y me trataban con un respeto que no esperaba. Sabían quién era, sabían lo que había hecho, y aunque algunos me miraban con curiosidad, ninguno me faltó al respeto.
—Duquesa —dijo Lars una noche, mientras compartíamos el fuego—. He oído que enfrentó a su padre sola.
—No sola —respondí, señalando a Rubén, que estaba afilando su espada al otro lado del campamento—. Él estaba allí.
—Pero usted sostuvo el cofre. Usted lo desafió. Eso requiere valor.
—No fue valor. Fue necesidad.
Lars arqueó una ceja.
—¿Necesidad?
—Mi madre murió por ese cofre. Mi hermano también. No podía dejar que su sacrificio fuera en vano.
Lars asintió, y en sus ojos vi algo que no esperaba: admiración.
—Mi señor tiene suerte de tenerla a su lado.
—Yo soy la afortunada —respondí, y no era una cortesía.
Rubén alzó la vista del trabajo y me sonrió. Era una sonrisa cansada, pero real. Y en ella, vi todo el amor que dos vidas no habían podido borrar.
---
Rubén
Llegamos al paso de Hierro al atardecer del cuarto día.
El desfiladero se abría entre dos montañas como una herida en la tierra, con paredes de roca negra que se elevaban hacia el cielo y un suelo cubierto de grava y maleza. El viento soplaba con fuerza, trayendo consigo el olor a pino y a tierra húmeda.
—No hay señales de Aldric —dijo Lars, bajando de su caballo para examinar el terreno—. Las posiciones están vacías.
—Demasiado vacías —respondí, desmontando también—. Esto es una trampa.
—¿Una trampa para qué? —preguntó Viollet, a mi lado.
—Para que bajemos la guardia. Para que creamos que no hay peligro. Y entonces, cuando menos lo esperemos…
—Nos atacarán —terminó ella, con el rostro pálido.
—Exactamente.
Lars dio la orden de acampar, y los hombres comenzaron a montar las tiendas mientras los exploradores se adentraban en el desfiladero. Yo me quedé junto a Viollet, con la mano en la empuñadura de mi espada y los ojos fijos en las sombras que empezaban a alargarse entre las rocas.
—Esta noche no duermo —dije.
—Yo tampoco —respondió ella.
—¿Quieres turnarte?
—Quiero quedarme contigo. Despierta. Los dos.
La tomé de la mano, y sus dedos se enredaron con los míos.
—Va a salir bien —dije, aunque no lo creía del todo.
—Tiene que salir bien —respondió ella—. Porque si no, no sé qué haré.
—Lo mismo que siempre. Luchar.
Viollet me miró, y en sus ojos violetas vi el fuego que la había mantenido viva durante dos vidas.
—Sí —dijo—. Luchar. Siempre.
---
Viollet
La noche cayó sobre el paso de Hierro como un manto de terciopelo negro.
Las estrellas brillaban con una claridad que dolía, y la luna, llena y blanca, iluminaba las rocas como si fueran de plata. Los hombres de Rubén se turnaban en las guardias, pero yo no podía dormir. No con la sensación de que algo malo estaba a punto de suceder.
—Estás tensa —dijo Rubén, sentado a mi lado en una roca.
—Estoy asustada.
—Eso no es malo. El miedo te mantiene viva.
—¿Tú tienes miedo?
—Siempre —respondió, y en su voz había una honestidad que me desarmó—. Desde que Darell murió, el miedo es mi compañero de viaje.
—¿Y cómo lo sobrellevas?
—Pensando en las cosas que merecen la pena. En los amigos que aún viven. En las batallas que he ganado. En ti.
—¿En mí?
—En ti, sobre todo. En volver a casa y encontrarte esperándome. En el jardín que vamos a plantar. En los hijos que vamos a tener. En todo eso pienso cuando el miedo me quiere paralizar.
Me acerqué a él y apoyé la cabeza en su hombro.
—Yo también pienso en eso —dije—. En la finca. En el mar. En nosotros.
—Entonces no dejemos que el miedo nos gane —dijo, besándome la coronilla—. Porque tenemos demasiado que perder.
—Y demasiado que ganar.
—Exactamente.
Nos quedamos en silencio, mirando las estrellas, y por un momento, el miedo desapareció. No del todo, pero lo suficiente para respirar.
---
Rubén
El ataque llegó al amanecer.
No hubo advertencia. No hubo trompetas ni gritos de guerra. Solo una flecha que silbó desde las rocas y atravesó el hombro de uno de mis hombres, que cayó al suelo con un grito ahogado.
—¡A las armas! —grité, desenvainando mi espada.
Los soldados de Aldric surgieron de entre las rocas como hormigas, con sus armaduras negras y sus espadas relucientes. Eran más de los que esperábamos. Muchos más.
—¡Lars, formación defensiva! —ordené, mientras me abría paso entre los enemigos.
Viollet estaba a mi lado, con la daga en la mano y el cabello blanco flotando al viento. Vi cómo se enfrentaba a un soldado que la doblaba en tamaño, esquivando su espada con una agilidad que me dejó sin aliento.
—¡Detrás de ti! —grité, cortando a otro enemigo que se acercaba a ella por la espalda.
Viollet asintió, sin tiempo para dar las gracias, y siguió luchando.
La batalla era un caos. El sonido del acero contra el acero, los gritos de los heridos, el olor a sangre y a sudor. Yo me movía entre los enemigos como una máquina de matar, pero por cada uno que caía, dos más ocupaban su lugar.
—¡Rubén! —gritó Viollet, señalando hacia lo alto de una colina.
Allí, recortada contra el sol naciente, vi una figura con capa negra y cabello rubio.
Grecia.
Y a su lado, un hombre alto, de armadura dorada y barba roja.
El rey Aldric.
—¡Es ella! —grité—. ¡Está ahí!
Viollet me miró, y en sus ojos vi la determinación de dos vidas.
—Ve tras ella —dijo—. Yo cubro tu espalda.
—No puedo dejarte sola.
—No estoy sola. Estoy con tus hombres. Y tú me necesitas aquí.
—Viollet…
—¡Ve, Rubén! ¡Es nuestra única oportunidad!
La besé rápido, con el sabor de la sangre en los labios, y me lancé hacia la colina.
Las flechas silbaban a mi alrededor, pero no me detuve. No podía. Grecia estaba ahí, a unos cientos de metros, y si lograba escapar una vez más, todo esto habría sido en vano.
Subí la colina con las piernas ardiendo y la espada en alto. Los guardias de Aldric intentaron detenerme, pero los corté como si fueran de papel. Nada me detendría. Nada.
Cuando llegué a la cima, Grecia y Aldric ya estaban montando a caballo.
—¡Grecia! —grité, con la voz ronca—. ¡No huyas!
Grecia se volvió hacia mí, y en sus ojos grises vi el mismo odio que había visto en el juicio.
—Esto no ha terminado, cuñado —dijo—. Ya volveré.
Y espoleó su caballo, desapareciendo entre los árboles.
Aldric me miró un instante, con una sonrisa que me heló la sangre, y luego también desapareció.
Me quedé solo en la cima de la colina, con la espada goteando sangre y el corazón latiendo con una furia que no podía contener.
Había escapado.
Otra vez.
---
Viollet
La batalla terminó al mediodía.
Los soldados de Aldric se replegaron cuando vieron que su rey huía, dejando atrás a sus muertos y heridos. Nosotros también habíamos perdido hombres. Demasiados.
Rubén bajó de la colina con el rostro desencajado y la espada aún en la mano.
—Se fue —dijo, sin mirarme a los ojos—. Grecia se fue.
—Lo sé —respondí, tomándole la mano—. La vi escapar.
—No pude alcanzarla.
—No importa. Vamos a encontrarla. Como siempre.
Rubén me miró, y en sus ojos grises vi el cansancio de un hombre que ha luchado demasiado.
—¿Y si no podemos? ¿Y si siempre escapa?
—Entonces la perseguiremos siempre —dije, apretando su mano—. Hasta el fin del mundo. Porque eso es lo que hacemos, Rubén. No nos rendimos.
Me miró largo rato. Luego, lentamente, asintió.
—No nos rendimos —repitió.
Y en sus labios, esas palabras fueron una promesa.
Una promesa que yo pensaba cumplir.
Aunque me costara la vida.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰