Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Parte: 7.
7. Los restos de una fe fracturada y El renacer del Herético.
El regreso a su propia dimensión fue como ser arrojado a un mar de hielo. Perseo apareció en medio de un bosque en las afueras de su ciudad natal, pero el paisaje estaba transformado. Los árboles, antes verdes y majestuosos, ahora eran esqueletos negros retorcidos por un viento que olía a ceniza. El cielo estaba cubierto por una capa perpetua de nubes grises que ocultaban el sol de Santini.
Caminó hacia la ciudad, ocultando su rostro con los restos de su abrigo. A medida que se acercaba, vio que la teocracia se había vuelto aún más opresiva. Había hogueras en cada esquina, y los inquisidores de la Orden patrullaban las calles con máscaras de hierro. La gente caminaba con la cabeza baja, murmurando oraciones con un fervor desesperado que olía a miedo puro.
Perseo se dirigió a su antiguo estudio en los muelles, pero solo encontró un montón de escombros carbonizados. Los vecinos le dijeron que el herético Perseo, había sido condenado por el pecado de herejía y que cualquiera que pronunciara su nombre sería ejecutado. Se dio cuenta de que para su mundo habían pasado diez años, aunque para él solo habían sido unas semanas de saltos dimensionales.
Buscó a Samanta, esperando encontrar un rastro de humanidad en medio de la desolación. La encontró en un hospicio de la Orden, trabajando como enfermera para los leprosos y los heridos de las constantes guerras santas. Cuando ella lo vio, no gritó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y lo llevó a una habitación privada.
—Pensamos que habías muerto —susurró Samanta, tocando las marcas negras en su rostro—. ¿Qué te ha pasado? Pareces... como si hubieras visto el fin del mundo.
—Lo he visto, Samanta… —respondió Perseo con voz ronca—. Y he visto quién lo causa. Santini no nos protege. Ella nos está preparando para Amine. Todo este sufrimiento, esta fe, es solo para darle sabor a nuestras almas.
Samanta retrocedió, horrorizada.
—No digas eso. Si alguien te oye...
—Ya no me importa —dijo Perseo, mostrando el manuscrito—. He aprendido la lengua de la creación y la destrucción. Puedo detener esto, o al menos puedo hacer que el final sea en nuestros propios términos.
De repente, la puerta de la habitación fue derribada. Ekilem, ahora un hombre mayor con una cicatriz que le cruzaba el rostro, entró con un grupo de soldados. Su armadura de plata brillaba con una luz artificial que parecía herir los ojos de Perseo.
—Sabía que volverías, herético —dijo Ekilem con una sonrisa cruel—. La Luz siempre encuentra su camino hacia la sombra. Entrégame el libro y quizás tu muerte sea rápida.
Perseo miró a Samanta y luego a Ekilem. Sintió la presencia de Amine en el cielo, una presión que solo él podía percibir. El tiempo de esconderse había terminado. Abrió el manuscrito y las palabras en Aklo comenzaron a fluir de sus labios como un torrente de obsidiana.
La habitación del hospicio se llenó de un zumbido eléctrico mientras Perseo recitaba el Aklo. Ekilem y sus soldados retrocedieron, sus espadas de plata vibrando en sus manos. Perseo no sentía miedo; sentía una claridad absoluta. Ya no era el investigador curioso, sino el testigo del abismo.
—¡Cadant inimici mei ante me! —grito Perseo.
—¡Deténgalo! —gritó Ekilem.
Los soldados cargaron, pero Perseo simplemente extendió la mano. Una onda de choque de energía oscura lanzó a los hombres contra las paredes, rompiendo sus armaduras y huesos como si fueran de cristal. Ekilem, protegido por un amuleto de Santini, logró mantenerse en pie, pero su rostro reflejaba un terror que nunca antes había sentido.
—Ese poder... es la blasfemia pura… —jadeó el inquisidor, llenándose de ira.
—No es blasfemia, Ekilem. Es la verdad —dijo Perseo, caminando hacia él—. Tu diosa y mi demonio están cenando juntos mientras nosotros nos matamos en su nombre. Mira al cielo, inquisidor. Mira lo que realmente viene.
En ese momento, el techo de la catedral, visible desde la ventana, comenzó a brillar con una luz blanca cegadora. Pero no era la luz de la salvación. Era el faro de Santini, llamando a Amine para que comenzara la cosecha final. El cielo gris se resquebrajó, revelando las manos de oscuridad que Perseo ya conocía demasiado bien.
La ciudad entró en pánico. Las campanas de la catedral repicaron con un ritmo frenético, y la gente salió a las calles, cayendo de rodillas ante la visión del apocalipsis. Creían que Santini venía a salvarlos, pero lo que vieron fue una boca inmensa abriéndose en el firmamento.
Perseo salió del hospicio, seguido por una Samanta temblorosa. Se dirigió hacia la catedral, el epicentro del engaño. Sabía que allí se encontraba el nexo que mantenía el ciclo de Santini. Si lograba destruirlo, quizás el mundo moriría, pero al menos moriría libre del control de las deidades.
Ekilem lo siguió, su fe rota pero su instinto de cazador aún activo.
—Si destruyes la catedral, nos matarás a todos —rugió entre dientes.
—Ya estamos muertos, Ekilem —respondió Perseo sin mirar atrás—. Solo estoy decidiendo si queremos ser comida o si queremos ser ceniza.
Al llegar a la plaza central, Perseo vio a los altos sacerdotes de la Orden realizando un ritual de bienvenida. Sus túnicas blancas estaban manchadas de la sangre de sacrificios recientes. En el centro del altar, un cristal gigante pulsaba con la energía de millones de almas. Era la batería que alimentaba el faro.
Perseo abrió el manuscrito en la última página, una página que antes estaba en blanco, pero que ahora mostraba un conjuro final: “El Silencio de las Esferas”. Era una magia que borraba la conexión entre el plano material y el divino. El costo era la vida del lanzador, pero Perseo ya no valoraba su vida más que como un arma.
Aklo para mortales:
Perseo: “Cadant inimici mei ante me.” — “Caigan mis enemigos delante de mí.”