Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 24 – NUEVOS AMANECERES
La mañana llegó con un aire fresco y lleno de promesas. Ariel se levantó temprano, como de costumbre, para observar a sus hijos dormidos. Sus respiraciones pausadas y su tranquilidad eran un recordatorio de todo lo que había ganado. Cada día juntos era una victoria silenciosa, un testimonio de que el pasado no podía quebrarlos.
Kael estaba aún medio dormido, recostado en la cama, con el brazo extendido sobre la almohada, como si guardara a Ariel de cualquier peligro invisible. Al verlo, Ariel sintió una oleada de gratitud y ternura.
—Buenos días, mi protector —susurró, rozando los labios de Kael en un beso breve pero cargado de intimidad.
Kael sonrió, abriendo lentamente los ojos.
—Buenos días, mi omega —respondió, con voz ronca por el sueño—. ¿Listo para otro día con nuestros pequeños?
—Siempre —dijo Ariel, dejando escapar una risa suave—. Siempre listos.
Prepararon juntos el desayuno. Ariel cortaba frutas mientras Kael ayudaba a los niños a vestirse, enseñándoles con paciencia y jugando con ellos entre risas y bromas ligeras. Ariel los observaba y sentía que cada gesto cotidiano se transformaba en un acto de amor. Cada risa de sus hijos era un recordatorio de que habían sobrevivido y construido un hogar lleno de seguridad y alegría.
—Papá, mira, hice esto solo —dijo su hijo mayor, mostrando una torre de bloques tambaleante.
Ariel se inclinó y lo abrazó, haciendo que Kael se uniera al gesto.
—Eso es increíble —dijo—. Y si se cae, la reconstruiremos juntos.
La simplicidad de aquel momento era un refugio. Para Ariel, cada sonrisa, cada abrazo y cada palabra de sus hijos eran más valiosos que cualquier aplauso o reconocimiento. Aquí, en su hogar, estaba su verdadera victoria.
Mientras recogían los juguetes, un mensajero llegó con una carta dirigida a Ariel. El corazón de Ariel dio un vuelco. Aunque había cerrado formalmente sus problemas pasados, la vida parecía decidida a recordarle que no todo era tan sencillo. Kael lo vio abrir el sobre y puso una mano firme sobre la suya.
—Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos —dijo Kael, con la seguridad que siempre lo calmaba.
Era una invitación inesperada: un encuentro con antiguos conocidos de su pasado, personas que podrían traer tanto oportunidades como recuerdos dolorosos. Ariel suspiró, sabiendo que no podía evitarlo. Kael asintió y lo abrazó con fuerza, como si quisiera transferirle toda su valentía.
—Confío en ti —susurró Kael—. Confío en nosotros.
Esa tarde, mientras se dirigían al lugar del encuentro, Ariel sintió cómo las sombras del pasado intentaban acercarse. Sin embargo, la presencia de Kael a su lado lo hizo sentir invencible. Cada paso que daban juntos era una declaración de que no huirían más.
Al llegar, fueron recibidos por miradas que mezclaban sorpresa, curiosidad y cierto recelo. Ariel respiró hondo y tomó la mano de Kael, entrelazando sus dedos con fuerza. Era un recordatorio silencioso de que no estaba solo, y que cualquier desafío se enfrentaría junto a su compañero.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo uno de los antiguos conocidos—. No pensé que nos encontraríamos bajo estas circunstancias.
—Sí —respondió Ariel, con una sonrisa cálida pero firme—. He cambiado, pero sigo siendo yo. Lo que importa ahora es quién soy con mi familia y con quienes amo.
Kael apretó suavemente su mano, enviándole un mensaje silencioso de apoyo. Ariel continuó hablando, mostrando la confianza que había construido a lo largo de los años. No era solo una defensa personal, sino una afirmación de la vida que habían creado juntos.
Después del encuentro, mientras regresaban a casa, Ariel se permitió soltar un suspiro de alivio. Kael lo rodeó con un brazo y lo atrajo hacia sí, besando su cabello mientras ambos caminaban.
—Cada día es un nuevo amanecer —dijo Kael—. Y aunque el pasado intente susurrar, nuestro presente y nuestro futuro son más fuertes.
Ariel cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro. Cada palabra, cada gesto y cada roce reafirmaban la verdad que ambos sabían: mientras estuvieran juntos, no había sombra que pudiera separarlos.
Al llegar a casa, los niños corrieron hacia ellos, llenando el aire con risas y abrazos. Ariel sintió que su corazón se desbordaba de amor. Cada abrazo, cada mirada y cada sonrisa era una promesa de que los días difíciles podían enfrentarse, pero los días felices valían más que cualquier miedo.
Esa noche, mientras los niños dormían, Ariel y Kael se sentaron en el porche, observando el cielo estrellado. El silencio entre ellos no era vacío; estaba lleno de comprensión, cariño y seguridad. Ariel apoyó la cabeza en el hombro de Kael, sintiendo cómo la fortaleza del delta absorbía cualquier temor que aún pudiera quedar.
—Kael… gracias por ser mi refugio —susurró Ariel—. Por quedarte cuando yo dudaba, por amarme incluso cuando no me sentía digno.
Kael lo abrazó más fuerte, susurrando al oído:
—Amarte también es resistir contigo —dijo—. Siempre.
El viento nocturno acarició sus rostros.
Ariel cerró los ojos.
El pasado seguía existiendo.
Podía susurrar.
Podía intentarlo.
Pero ya no tenía poder.
Porque ahora tenía algo más fuerte.
Un hogar.
Una familia.
Un amor que no se rompía.
Y por primera vez…
Ariel no pensó en huir.
Pensó en quedarse.
Siempre.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”