Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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El Rechazo de Mi Madre
El salón se había convertido en un ruido blanco ensordecedor. Las personas gritaban, insultaban, y otros tomaban fotos mientras los flashes me golpeaban como si fuesen piedras, la gente se empujaba entre si para grabar mejor mi humillación. Y sólo pude quedarme allí arrodillada, con las rodillas clavadas en el suelo frío, el vestido verde arrugado y manchado de lágrimas y rímel corrido. Intenté ponerme de pie una vez más, apoyándome en una mesa cercana, pero mis manos no paraban de temblar tanto que casi volqué una copa. Alguien —una mujer que no reconocía— me observó con asco y susurró algo lo suficientemente alto como para que yo lo escuchara:
—Qué vergüenza de hermana. Está bien que sea hermosa, pero aprovechar eso para meterse con el marido de su propia hermana, da asco.
Otra voz, mucho más lejos, gritó:
—¡Qué se largue con su amante!
Marcos ya no se encontraba aquí. Los guardias se habían encargado de arrastrarlo fuera entre empujones y abucheos. Y lo último que pude ver de él fue su rostro descompuesto, dándose la vuelta hacia mí mientras la seguridad lo sacaba a la fuerza, gritando algo que no alcancé a entender. Probablemente mi nombre. O quizás una súplica. Pero eso ya no importaba. Ya no había nadie que pudiera salvarme.
Mis padres se habían marchado detrás de Elena. Corriendo por esa salida lateral como si yo ya no existiera y solo fuera una completa desconocida para ellos, como si la hija arrodillada en el suelo no fuera suya. Y mi madre ni siquiera se volteó para verme una última vez. Pero mi padre si lo había hecho, solo un segundo: pero fue lo suficientemente claro como para que su mirada me atravesara como un cuchillo helado. No era ira. Era algo mucho peor. Era decepción absoluta. Como si yo ya no fuera su hija.
La multitud comenzó a dispersarse lentamente, pero no sin antes pasar cerca de mí. Algunos me escupían palabras al pasar, tales como:
—Zorra
—Traicionera
—Cómo pudiste hacerle algo así a tu propia hermana.
Otros solo me observaban como si me tuvieran lástima, pero su compasión por mí solo era fingida, mientras sacudían la cabeza como si yo fuese un animal herido en medio de una carretera. Una mujer mayor —amiga de mi madre desde hacía décadas— se detuvo delante de mí, se agachó un poco y me dijo con un tono de voz bajo pero cortante:
—Pensé que eras diferente, Sofía. Pensé que al menos tenías un corazón incapaz de hacerle daño a alguien. Pero veo que me equivoqué.
Y después de decirme esas palabras, se dió la vuelta y se marchó. Y luego de eso me quedé sola. Completamente sola en medio de un salón que se vaciaba. Intenté limpiarme la cara con el dorso de la mano, pero lo único que pude conseguir solo fue esparcir más el maquillaje corrido. El vestido se me pegaba a la piel por el sudor frío. Y el estómago no paraba de dolerme como si alguien me hubiese dado un puñetazo fuerte. Y el bebé... el bebé dentro de mí se movió, con un pequeño golpecito que me hizo sollozar más fuerte. No era justo. No era justo que mi hijo tuviera que pagar por esto.
Logré ponerme de pie finalmente, mientras me tambaleaba. Nadie se molestó en ayudarme. Nadie me tocó. Solo me observaban. Cómo si esto fuese un espectáculo que ya había llegado a su fin pero que aún querían ver los créditos.
Me limité a caminar hacia la salida lateral —la misma salida por donde mis padres y Elena se habían marchado—. Y cada paso que lograba dar era un esfuerzo. Porque las piernas me pesaban. El salón parecía infinito. Y cuando logré llegar a la puerta, me detuve por unos segundos, recostándome en el marco de la puerta. Afuera, en el pasillo, escuché voces. Voces familiares.
Y las identifiqué de inmediato, era mi madre, y estaba llorando.
—Mi niña... mi pobre niña... cómo no lo vimos, cómo dejamos que le pasara esto...
Mi padre fue el segundo en hablar, y su tono de voz salió ronco: —Tranquila, amor. Elena solo está destrozada, y necesita tomarse un tiempo para procesar todo esto. Vamos a llevarla a casa, y allí hablaremos de esto. Pero Sofía... Sofía va a tener que explicarnos muchas cosas.
Elena contestó algo que no alcance a escuchar, pero su tono de voz era bajo, tembloroso, como si realmente estuviera rota.
Yo permanecí allí, escondida detrás de la puerta entreabierta, mientras escuchaba como mis padres no paraban de consolarla a ella. Cómo la abrazaban a ella, y como planeaban llevársela a casa... a nuestra casa... sin mí.
Y en ese momento pude sentir como algo dentro de mí se estaba rompiendo definitivamente. No era solo humillación, no era solo el rechazo público. Era darme cuenta de que, para ellos, Elena siempre había sido su verdadera hija. Y yo... yo siempre había sido la otra. La que solo sobraba. La que ahora podía ser desechada si ellos lo quisieran así.
Me apoyé en la pared, y me deslicé hasta quedarme sentada en el suelo del pasillo. Las lágrimas seguían saliendo sin control. Y no había absolutamente nadie que me mirara ya. Nadie que me consolara y me dijera que todo estaba bien. Ni tampoco nadie que pudiera defenderme.
Solo estaba yo, y el bebé que llevaba dentro. Y la única certeza absoluta de que todo lo que había construido —con mentiras, con pasión, con ambición— se había derrumbado en una sola noche.
No me esperaba nada de esto. Pero ahora ya no había vuelto atrás. Y lo peor era que, en el fondo, sabía que me lo merecía. Porque yo lo había elegido así, porque yo lo había querido, y ahora... ahora tenía que vivir con las consecuencias.
👏más....