Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 23 — Como si no lo deseara
Samantha
El día amaneció con ese frío seco que me obliga a esconder las manos en los bolsillos desde que salgo de casa. Caminamos con Clara desde la parada del colectivo hasta la entrada de la universidad hablando de cosas tan comunes que, por momentos, casi podía olvidar que llevaba el cuerpo tenso desde la noche anterior. Clara hablaba de una compañera que se había teñido el pelo de un violeta espantoso, yo me reí más por compromiso que por otra cosa, aunque me gusta que ella no lo note, o al menos que no lo diga.
No hablamos de Gabriel. No hacía falta. Pero lo pensaba. Todo el tiempo.
En la primera clase me senté al lado de Clara, saqué mis apuntes, me forcé a mirar el pizarrón, a escribir, a responder cuando el profesor (no él) preguntaba algo, a parecer una versión funcional de mí misma. Pero en mi cabeza solo repetía su voz. Esa frase. Esa maldita frase. Y cada vez que alguien abría la puerta, sentía que iba a entrar él.
No lo vi hasta la segunda clase. Entró con la misma tranquilidad de siempre, saludó al curso y se puso a dar indicaciones sobre el trabajo grupal como si nada hubiera pasado, como si no me hubiese tocado, besado, subido a una mesa, susurrado al oído. Me encantó y me molestó a la vez. Parte de mí quería que me mirara diferente, que se notara, que se traicionara siquiera un poco con los ojos. Pero no lo hizo. Y yo me limité a observarlo por el rabillo del ojo, atenta a cualquier cambio en su voz o su postura. Estaba igual que siempre. Y sin embargo, yo no podía dejar de verlo distinto.
Durante la clase pasó por los escritorios corrigiendo ideas, comentando cosas del proyecto. Cuando llegó a nuestra mesa, Clara le explicó algo que no recuerdo. Yo solo lo miré de cerca, sin moverme, sin hablar. Él escuchó, respondió con calma, hizo una corrección mínima en el boceto y se alejó. No me miró ni una sola vez. Pero al dar la vuelta, me rozó los dedos con los suyos al pasar por detrás. Apenas un roce. Tan breve que podría haberlo imaginado. Pero no lo hice.
Pasó toda la clase así. Aparentemente normal. Hasta que al final, mientras Clara hablaba con otra compañera, me acerqué al escritorio a entregar unas hojas. Él estaba guardando sus cosas. Levantó la mirada y esta vez sí me sostuvo los ojos.
—Buen trabajo hoy —dijo, simple, sin emoción en la voz.
—Gracias —respondí, igual de neutra.
Pero antes de que me alejara, se inclinó apenas hacia mí. Nadie miraba. Nadie escuchaba.
—Me gustó lo que llevabas anoche… —susurró— aunque todavía estoy esperando verte con falda.
No pude responder. Me tembló algo en el estómago. Me alejé sin mirarlo, fingiendo que nada había pasado. Volví con Clara, que no sospechaba nada. Hablaba de que quería comer algo dulce y yo asentí como si pudiera pensar en otra cosa.
Nos fuimos juntas a la cafetería, compartimos un café con medialunas y hablamos de cualquier cosa. Ella me hizo reír con una tontería, y por un rato, me sentí ligera. Pero por dentro, mi cuerpo seguía caliente, vivo, cargado. Porque él no me había tocado. No me había besado. Pero me había hablado como si su deseo estuviera en pausa. Y el mío… ya no sabía cómo disimularse.
Ese día no pasó nada.
Y sin embargo, me volví a casa sintiendo que algo había cambiado otra vez. Que entre todo lo que no se dijo, ya habíamos dicho demasiado.