Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 6
Alexander Montclair
Conocer a los padres de Luciana Ríos no estaba en mi agenda original.
Eso, por supuesto, significaba que era inevitable.
Acepté la invitación con la misma lógica con la que firmo cualquier acuerdo delicado: preparación, control y observación. Sabía exactamente qué decir, qué no decir y qué imagen proyectar.
Aun así, algo era distinto.
No era nerviosismo. No era miedo.
Era expectativa.
La casa de los Ríos era elegante sin pretensiones. Nada ostentoso. Todo funcional. Un reflejo claro de la mujer que habían criado.
Su padre me observó como se evalúa a un hombre antes de confiarle algo valioso. Su madre, en cambio, lo hizo con una calidez que no esperaba.
—Así que tú eres Alexander —dijo ella—. El famoso Montclair.
—Prefiero pensar que solo soy el comprometido de su hija —respondí.
Luciana me miró, sorprendida. Apenas una fracción de segundo. Pero la noté.
La cena fue directa. Sin rodeos. Preguntas claras. Respuestas honestas. No vendí un cuento de hadas. No prometí amor eterno.
Prometí respeto, seguridad y protección.
Y eso fue suficiente.
Dos días después, la cláusula se activó, maldije.
El informe llegó temprano. Filtraciones coordinadas. Ataques mediáticos cruzados. Riesgo real para la estabilidad del dinero que tenía que recibir
—Procedemos —dije a mi asistente—. Activa la cláusula diecisiete.
No dudé.
Luciana llegó esa misma tarde.
No sola.
Camiones. Cajas. Maletas. Portatrajes. Fundas.
Muchas fundas.
Observé en silencio cómo mi casa se transformaba en algo… distinto.
—¿Todo eso es tuyo? —pregunté con calma.
—Solo lo esencial —respondió sin pestañear.
Un asistente dejó caer una caja pesada.
—Zapatos —anunció.
Otra.
—Bolsos.
Otra más.
—Skincare.
Fruncí el ceño.
—¿Cuántas caras tienes?
Luciana sonrió, satisfecha.
—Las necesarias para sobrevivir contigo.
Primer choque.
No fue una discusión. Fue una invasión organizada.
—Este armario no alcanza —dijo, evaluando el espacio.
—Es un vestidor completo —respondí.
—Exacto. Y ahora es compartido.
Segundo choque.
Mi rutina perfecta se vio alterada en cuestión de horas. Perfumes nuevos. Prendas que no combinaban con mi esquema de colores. Silencios distintos.
Ella caminaba como si siempre hubiera pertenecido allí.
—Reglas —dije finalmente.
Luciana levantó la vista.
—De acuerdo.
—No desorden en el estudio.
—Negociable.
—No interrupciones durante llamadas importantes.
—Depende del tono.
—No… —me detuve—. No entres a mi habitación sin avisar.
Ella arqueó una ceja.
—Alexander, vivimos juntos.
—Por contrato.
—Exacto —respondió—. Y el contrato no dice nada sobre tocar puertas.
Suspiré.
Esa noche, revisé los reportes. Los ataques no se detenían. Rodrigo estaba moviendo piezas. Bárbara filtrando rumores.
Y entonces ocurrió.
Un comunicado apareció en todos los medios.
“Alexander Montclair y Luciana Ríos confirman convivencia inmediata tras su compromiso.”
Cerré la pantalla.
La miré.
Ella estaba de pie en la sala. Descalza. Tranquila. Como si el caos no la tocara.
—Parece que ya no podemos fingir desde lejos —dijo.
Asentí lentamente.
—No —respondí—. Ahora tenemos que ser convincentes de verdad.
Y por primera vez desde que firmamos ese contrato, entendí algo con absoluta claridad:
La convivencia no iba a ser el mayor riesgo.
Lo peligroso sería…
acostumbrarme a ella.
Casa de Alexander Montclair, ahora también de Luciana Ríos.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/