Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°24
Capítulo: Solo Isabella
La puerta del colegio se cerró tras ella con un clic seco. Isabella tragó saliva. El bullicio la envolvía: niños corriendo, risas, mochilas saltando en los pasillos. Todo era nuevo, caótico… y fascinante.
No corras. No llores. No muestres miedo.
Y, por sobre todo, no hables más de la cuenta.
Las palabras de León todavía zumbaban en su cabeza.
—¡Hola! —una niña de coletas gruesas apareció frente a ella, con una sonrisa sincera—. ¿Eres nueva?
Isabella asintió con cautela.
—Sí... Me llamo Isabella.
—Yo soy Maite. ¿Quieres sentarte conmigo? Hay espacio en mi banco.
Isabella la estudió por un segundo. Ojos grandes, mirada limpia. Parecía inofensiva.
—Claro —aceptó con una pequeña sonrisa.
Entraron a la sala justo antes que sonara el timbre. La profesora, una mujer de rostro amable y voz firme, las recibió con atención.
—Tú debes ser la nueva alumna —dijo mirando a Isabella—. Pasa adelante, por favor.
Isabella dio unos pasos al centro de la sala, sintiendo un mar de miradas clavadas en ella. Algunos murmuraban, otros la observaban en silencio.
—Clase —dijo la profesora—, ella es Isabella...
Hizo una pausa, hojeando discretamente una hoja que tenía en su escritorio. Luego levantó la vista con una sonrisa neutral.
—Solo Isabella.
La niña respiró hondo y asintió.
—Sí. Solo Isabella —repitió con firmeza.
Un par de risas suaves se escaparon entre los compañeros, pero la profesora no les dio importancia.
—Puedes sentarte junto a Maite.
Durante las primeras horas, Isabella fue un ejemplo. Escuchó con atención, levantó la mano con discreción, respondió sin exagerar. Cuando tocó leer, lo hizo con seguridad. Y cuando vino matemáticas, resolvió los ejercicios con rapidez, pero sin presumir.
A la hora del recreo, se sentó con Maite en una banca del patio. Compartían un sándwich mientras miraban a los demás niños correr.
—Oye —dijo Maite, con voz curiosa—. ¿Y tu papá? ¿Vive contigo?
Isabella se quedó quieta. Por dentro, una alarma se encendió. Podía esquivar la pregunta. Mentir. Cambiar de tema.
Pero entonces pensó en León. En su forma de cuidarla, de enseñarle, de estar cada mañana ahí, sin falta.
Así que, nerviosa pero con decisión, dijo:
—Sí. Vivo con mi papá. Se llama León.
Maite sonrió.
—Qué nombre más raro. ¿Es simpático?
Isabella bajó la mirada y sonrió apenas.
—A su manera.
—El mío también es medio serio —dijo Maite—. Pero me deja ver tele hasta tarde.
—León no. A las nueve ya tengo que estar en cama.
Maite rió y le dio otro trozo de sándwich. Isabella lo aceptó con una sensación rara en el pecho. Como si hubiera dicho algo grande. Como si, por fin, lo que sentía fuera real.
A las cinco en punto, el timbre de salida sonó. Isabella estaba lista desde antes. Mochila colgada, paso firme, mirada alerta.
Y ahí estaba.
León, de pie junto al auto negro, con las gafas oscuras y ese aire que siempre parecía sacado de una película. Serio, tranquilo… y completamente fuera de lugar frente al resto de los apoderados.
Isabella corrió hacia él.
—¡León!
Él le abrió la puerta del auto sin decir una palabra, pero con una sonrisa en los labios.
—¿Cómo fue?
—Bien —dijo ella, entrando y abrochándose el cinturón—. Me porté bien, no dije nada extraño, leí en voz alta, resolví problemas... y conocí a una niña.
—¿Sospechó de algo?
Isabella dudó un segundo.
—Me preguntó por mi papá —dijo en voz baja—. Y le dije que... que tú eras mi papá.
León la miró por el retrovisor, sorprendido. Por un instante no dijo nada. Luego asintió, lento.
—Si eso es lo que tú sientes… está bien.
Isabella miró por la ventana, su reflejo pequeño en el vidrio.
—No se sintió como una mentira.
—No lo es —dijo León, con voz grave, firme—. Al menos para mí, no lo es.
El auto arrancó, alejándose del colegio.
—¿Vuelvo mañana? —preguntó Isabella.
—¿Tú qué dices?
Ella sonrió.
—Sí. Mañana vuelvo. Pero esta vez... voy a observar más.
León soltó una pequeña risa.
—Eso ya suena más a ti.
Y mientras las calles se deslizaban frente a la ventana, Isabella supo que, por primera vez, podía tener una vida fuera de la mansión… sin dejar de ser ella misma.
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