Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
NovelToon tiene autorización de ISA Miranda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Peso de la Ausencia
Cristian
Me encontraba sentado en una banca de hierro forjado en el parque del condominio, un espacio diseñado con una perfección geométrica que, en ese momento, me resultaba asfixiante. Observaba a un grupo de niños correr tras un balón sobre el césped impecable. El susurro del viento entre los sauces y las risas infantiles eran sonidos familiares, pero ahora se filtraban en mi pecho como agujas de hielo.
Hacía una semana que no veía a Miranda ni a Marian. Una semana desde que el silencio se instaló en mi departamento, transformándolo en un mausoleo de recuerdos. Cada rincón me gritaba sus nombres: extrañaba la estridencia de las comiquitas de Marian por la mañana y la imagen casi sagrada de Miranda, con su sudadera gris demasiado grande y sus gafas de montura fina, sumergida en los expedientes de sus pacientes sobre el sofá.
Marian solía correr por este mismo sendero con Mandy, su muñeca despelucada, persiguiendo palomas con una ferocidad tierna. Podía verla en mi mente, estirando su mano pequeña para pedir un helado después de cada paseo. Esas memorias eran mi único refugio, pero también mi condena.
Sabía que esa noche cruzamos líneas rojas. Miranda es una psicóloga brillante, capaz de desarmar la psique de cualquier desconocido, pero es incapaz de gestionar el caos de sus propios sentimientos. Estaba herida, celosa de Anya, y mi decisión de mandarla a seguir —una maniobra de control que para mí es instintiva— fue el detonante. Si a eso le sumamos lo que leyó en mi cuaderno... sus emociones simplemente colapsaron.
—Cris, ¿me estás escuchando o estás diseñando un nuevo oleoducto mentalmente? —La voz de Anya, afilada y pragmática, me trajo de vuelta a la realidad.
A mi lado, Anya no era una compañía, era una extensión de mi ambición. Tenía sobre el regazo una carpeta con los borradores del holding energético que estábamos consolidando en Suiza. Nuestra asociación no era fruto del azar; en el sector petrolero, cada paso debe estar fríamente calculado. Anya es ambiciosa, una mujer que entiende el lenguaje del poder y cuya habilidad para cerrar acuerdos millonarios me resulta admirable. Sin embargo, ni el éxito financiero ni nuestro contrato "casual" —ese pacto de piel sin compromisos— lograban acallar el ruido de mi soledad.
—Lo siento —respondí, tomando el contrato de sus manos. Garabateé mi firma con una indiferencia mecánica, sin leer las cláusulas que horas antes me habrían parecido vitales—. ¿Decías?
Anya entrecerró los ojos, analizando mi lenguaje corporal con la precisión de un halcón.
—Estás distante, Cristian. Inalcanzable. ¿Todo bien?—.
Solté un suspiro pesado, mis ojos volvieron a los niños en el césped.
—Es este lugar. Me recuerda a ellas —.
No pronuncié sus nombres. Hacerlo era abrir una compuerta que no estaba listo para manejar; sentía que si decía "Miranda", me levantaría en ese mismo instante para buscarla y llevarla lejos, sin importarme nada más. Pero Anya, que conoce mis debilidades mejor de lo que me gustaría admitir, captó el subtexto de inmediato.
La rusa dejó los papeles a un lado. En su mirada se mezclaban la rabia contenida y una empatía que me resultaba fastidiosa.
—No puedes seguir torturándote, Cris. Si tanto te duele el vacío, ¿por qué no bajas la guardia y arreglas las cosas con ella? —Su voz sonaba suave, pero sus palabras llevaban el veneno de la indignación. Odiaba que ellas ocuparan un pedestal que ella no podía escalar.
—No es tan simple —negué con la cabeza, recuperando mi máscara de frialdad—. Miranda es terca, y yo no suelo retroceder. Nuestra última discusión dejó cicatrices que no se cierran con una disculpa. Además, retroceder ahora arruinaría la estrategia que tenemos para Suiza.
—¿Y la niña? —preguntó ella, fingiendo una curiosidad casi maternal que no le sentaba bien—. Alejarte de Marian parece estar rompiéndote por dentro. Es curioso que un hombre tan... calculador, se deje quebrar por una niña que ni siquiera lleva su sangre.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Para mí, ella es mi hija. Pero tal vez este exilio sea lo mejor. Miranda la protegerá de todo, incluso de mí —dije, aunque mi mente ya estaba trazando el plan para recuperarlas apenas volviera de Europa.
Anya se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su perfume era caro, intenso, muy diferente al aroma a vainilla y hogar que emanaba de Miranda.
—Sabes que no tienes que llevar esa carga solo. Estoy aquí para apoyarte, en los negocios... y en lo que decidas hacer en tu cama.
Asentí levemente, aunque su disposición me fastidiaba. Era consciente de sus intenciones: Anya quería borrar el rastro de "las nenas" de mi vida, quería que yo fuera el hombre de hielo que el mundo conocía, pero solo para ella. Mi plan era utilizar esa devoción a mi favor. Si para asegurar mi posición y hacerle entender a Miranda que somos el uno para el otro tenía que usar a Anya, lo haría. Si tenía que fingir que este juego de socios con derechos era algo más profundo, no me temblaría el pulso. Soy un estratega; conozco las debilidades de mis socios y las uso a mi conveniencia.
Sin embargo, sabía que mi armadura era de cristal. Pensé en mi cuaderno de notas, en las verdades crudas que Miranda leyó y que yo nunca tuve el valor de verbalizar.
Cerca de nosotros, un niño pasó corriendo con una pelota, gritando de pura alegría. El vacío en mi pecho se expandió hasta volverse insoportable. Marian debía estar en algún lugar, quizás en otro parque, riendo sin mí.
—Te extraño, pequeña —pensé, cerrando los ojos por un breve segundo.
Me puse de pie y recogí la carpeta de los negocios en Suiza. La frialdad volvió a mi rostro, esa máscara que me permitía devorar competidores y cerrar tratos en paraísos fiscales.
—Vámonos, Anya. Tenemos un vuelo que tomar y mucho dinero que ganar.
Caminé hacia el auto sin mirar atrás, sabiendo que, aunque mi cuerpo se dirigía a las montañas de los Alpes, mi alma se quedaba sentada en aquella banca, esperando un perdón que todavía no sabía cómo ganar.