Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 23
Valentino salió corriendo de la casa de campo, con el corazón latiéndole dolorosamente. Se acercó al coche y marcó el número de Lucía con manos temblorosas. Cuando contestó, su voz sonó asustada:
—Valentino, ¿la encontraste? ¿Está bien?
—No está aquí, Lucía —dijo él, con voz tensa—. Y necesito que me digas la verdad ahora mismo. ¿Dónde estaba realmente la fiesta? ¿Era aquí?
Hubo un silencio al otro lado que lo confirmó todo.
—No… —admitió ella en un susurro—. Era en la finca de los padres de Sofía, pero en la otra salida de la ciudad. Le dije a Mariana que te diría que era aquí para que no sospecharas. No pensé que pasaría algo malo. Solo queríamos divertirnos sin que nos vigilaran.
Valentino se apoyó contra el capó del coche, sintiendo que le faltaba el aire.
—¿O sea que he estado buscándola en el lugar equivocado toda la noche? —susurró, horrorizado—. Nadie la vio salir. Nadie sabe con quién se fue.
—Lo siento, Valentino… de verdad lo siento —lloró Lucía—. Pensé que ya estaba en casa. Pensé que tú sabías dónde estaba.
Colgó lentamente. La culpa lo golpeó con toda su fuerza. Se llevó las manos a la cabeza, respirando con dificultad.
—Es mi culpa —murmuró, con los ojos llenándose de lágrimas que no dejaba salir—. Yo debí insistir. Debí saber que algo no estaba bien. Vi que estaba nerviosa. Vi que evitaba mirarme a los ojos. Y aun así… confié ciegamente. No la cuestioné. No la protegí.
Cerró los puños con fuerza, temblando por dentro.
—Ella mintió, sí. Pero yo fui quien le dio la oportunidad de irse sin preguntar lo suficiente. Si hubiera sido más cuidadoso, si hubiera ido con ella… ahora estaría aquí. A salvo.
Miró hacia la carretera oscura, hacia ningún lugar en específico, y sintió un vacío enorme en el pecho.
—No sé a dónde fue. No sé con quién se fue. Y cada minuto que pasa… está más lejos. Y es mi culpa por no haber estado ahí para ella.
Se obligó a respirar hondo. La culpa no la devolvería. Tenía que buscarla. Tenía que encontrarla. No importaba dónde estuviera. No importaba cuánto tiempo le llevara.
—Te encontraré, Mariana —prometió al viento, con voz firme y llena de determinación—. No importa cuánto cueste. Te traeré de vuelta. Y me aseguraré de que nunca más te sientas sola. Perdóname por no haberlo hecho antes.
Valentino se dejó caer en el asiento del coche, con las manos temblorosas sobre el volante. Cerró los ojos y respiró hondo, intentando no derrumbarse aunque todo en su interior se sentía hecho pedazos.
—¿Qué hice mal? —se preguntó en voz baja, hablando con su propio reflejo en el espejo retrovisor—. ¿Por qué no vi las señales? Estaba tan contento de que por fin me hablara… que bajé la guardia por completo. Creí que si le daba confianza, lo valoraría. Pero le di demasiado. Y ahora está pagando las consecuencias.
Sacó el teléfono y llamó a su padre, con la voz quebrada antes incluso de que contestara.
—Papá… necesito ayuda. Es Mariana. Se ha perdido. Creo que alguien se la ha llevado.
—¿Qué dices, hijo? —se escuchó la voz grave y serena de su padre al otro lado—. Respira y cuéntame todo despacio.
—Me mintió sobre a dónde iba —confesó Valentino, con dolor—. Yo debí darme cuenta. Debí haberla acompañado. Debí haber hecho algo. Y ahora no sé dónde está. Nadie la ha visto desde anoche. Es mi culpa, papá. No la cuidé como debía.
—Valentino, escúchame bien —dijo su padre con firmeza—. Culparte no la va a traer de vuelta. Lo hecho, hecho está. Lo que importa ahora es lo que hagas a partir de este momento. ¿Recuerdas lo que siempre te digo? El miedo paraliza, pero la determinación mueve montañas. No te castigues pensando en lo que pudiste hacer. Enfócate en lo que sí puedes hacer ahora.
—Pero… ¿y si llego tarde? —susurró él, con lágrimas que por fin se le escaparon—. ¿Y si le hagan daño? No me lo perdonaría nunca.
—Entonces muévete. Busca cada pista, cada detalle, cada persona que la vio por última vez. Y cuando tengas un nombre, síguelo hasta el final. Eres fuerte, hijo. Y ella te necesita más que nunca. No como alguien que se culpa, sino como alguien que no se rinde.
Valentino se secó la cara con la manga, enderezó la espalda y apretó los labios.
—Tienes razón. No tengo tiempo para hundirme. Ella está esperando que llegue. Y voy a llegar. Cueste lo que cueste.
—Bien. Te ayudaré con todo lo que necesites. Pero tú mantente firme. Esa chica confió en ti, aunque no siempre lo demostrara. No la falles ahora.
—No lo haré —prometió él, arrancando el coche con determinación—. No importa dónde estés, Mariana. Voy por ti. Solo espera por mí.