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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 - El local vacío

Pasé por el local vacío tres veces antes de animarme a entrar. La cuarta vez, la puerta estaba entreabierta y se escuchaba una radio adentro. Empujé con cuidado. Olía a polvo y a madera vieja.

Adentro había una señora mayor barriendo. Tenía el pelo blanco recogido y un delantal azul. Me miró por encima de los lentes y me dijo, ¿buscas algo, niña? Le dije que vi el cartel de se alquila. Me dijo que sí, que era de ella y que lo alquilaba barato porque nadie lo quería, porque está en la calle del fondo y no pasa mucha gente. Me preguntó para qué lo quería.

Le dije la verdad a medias. Le dije que quería poner un lugar para cuidar animales. No le dije que escuchaba lo que pensaban. Pensé que me iba a mirar raro. No lo hizo. Me dijo, yo tuve una perra que vivió quince años y cuando se murió no supe a dónde llevarla. Si pones algo para animales, me gusta. Me dijo el precio. Era poco, pero para mí era mucho. Era casi todo lo que había ahorrado de mis cumpleaños. Le dije que lo iba a pensar. Me anotó su número en un papelito amarillo y me dijo que no lo limpiara mucho, que le gustaba así.

Salí con el papelito apretado en la mano. Caminé hasta la academia con la cabeza llena de números. No sabía cómo decirle a mi madre que quería alquilar un local. Ella quería que yo estudiara para ser abogada, como mi tía. Si le decía que quería ser veterinaria de animales callejeros, se iba a enojar.

En la biblioteca, la señora Lía me estaba esperando. Me había dejado sobre la mesa un libro que decía cómo empezar un negocio pequeño sin dinero. Me dijo, lo encontré en la parte de atrás, nadie lo pide nunca. Le conté lo del local. No le conté lo del precio. Solo le dije que era chico y que tenía una ventana grande. Me dijo que conocía a la dueña, que era su prima. Me dijo que si quería, ella podía hablar con ella para que me diera un mes gratis para probar.

Le dije que sí, que por favor. Me sentí con vergüenza por pedir ayuda, pero también aliviada. La señora Lía me dijo, no tengas vergüenza, yo empecé mi biblioteca con tres libros prestados.

A la hora del almuerzo, fui al cobertizo a ver a Tizón. Leo ya estaba ahí. Le había llevado leche sin lactosa en una botellita y un trapito limpio. Tizón estaba mejor. Ya abría los dos ojos y caminaba un poco más firme. Tenía la panza menos hinchada. Leo lo levantó con cuidado y me dijo, está ganando peso. Le dije que sí. Nos sentamos en el suelo, los dos, con Tizón en medio.

Leo me preguntó si había pensado qué iba a hacer con él después. Le dije que quería llevarlo al local que vi. Le conté lo del local vacío y lo de la señora. Leo me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, me dijo, yo te ayudo a pintar si quieres. Yo tengo un tío que tiene pintura blanca que le sobró. Le dije que me daba vergüenza pedirle tanto. Me dijo que no era nada, que a él le gustaba ayudar.

Estábamos ahí cuando escuchamos voces en el establo de al lado. Era el establo grande, el de los caballos del rey. Había un hombre alto, de pelo negro y ropa simple, revisando al caballo blanco que yo había ayudado el día anterior. Era más grande de lo que parecía desde lejos. Tenía una chaqueta de cuero gastada y botas con barro. No parecía un rey. Parecía un cuidador.

Leo me susurró, es él, es el rey Silas. Yo no le creí. Pensé que los reyes usaban corona y capa. Este no tenía nada de eso. Tenía las manos sucias y estaba agachado mirando la pata del caballo.

El hombre nos vio. Nos saludó con la mano y nos dijo, ¿ustedes son los que encontraron la piedra? Yo me paré rápido y me limpié el pantalón. Le dije que sí, que fui yo. Se acercó y me miró. Tenía ojos claros y una cicatriz chica en la ceja. Me dijo, gracias, si no la sacaban se le podía infectar. Me preguntó cómo supe que era una piedra. Le dije que lo vi. No le dije que lo escuché.

Me preguntó mi nombre. Se lo dije. Me dijo, Alina, yo soy Silas. No dijo rey. Solo Silas. Me preguntó si me gustaban los animales. Le dije que sí, que mucho. Me preguntó si quería ver cómo se curaba bien una pezuña. Le dije que sí. Me mostró cómo se limpia, cómo se pone una pomada y cómo se venda sin apretar mucho. Todo lo hacía con calma, sin apuro, hablándole al caballo en voz baja. El caballo estaba tranquilo. No se movía.

Mientras lo veía, escuché otra vez esa voz en mi cabeza, la del caballo, que decía, menos ruido, bien, gracias. Me quedé quieta. Silas me miró y me dijo, ¿estás bien? Le dije que sí. Me preguntó si quería intentarlo yo. Le dije que me daba miedo lastimarlo. Me dijo que si lo hacía con respeto, no lo iba a lastimar. Me puso la venda en la mano y me guió. Lo hice. El caballo no se quejó.

Cuando terminamos, Silas me dijo, tienes buena mano. Tienes que estudiar eso. Le dije que quería, pero que no sabía cómo. Me dijo que en el pueblo, hace años, había una mujer que curaba animales y que no cobraba mucho, que aprendió mirando. Me dijo que si quería, podía pasar por su casa en dos días y me prestaba un libro de veterinaria que él tenía, que era de su padre.

En ese momento, por el camino de tierra apareció Kian. Venía con su uniforme limpio y con dos amigos. Se paró al vernos. Miró a Silas, luego me miró a mí con Tizón en brazos, luego a Leo sentado en el suelo. No dijo nada por unos segundos. Después dijo, Alina, ¿qué haces acá? Su voz sonaba molesta. Le dije que estaba viendo al caballo. Me dijo, este no es tu lugar. Silas lo miró y le dijo, todo el que quiera ayudar es bienvenido acá. Kian se puso rojo y se fue sin decir más. Sus amigos lo siguieron.

Me sentí incómoda. Leo me dijo que no le hiciera caso, que Kian estaba así porque últimamente nadie le hace caso. Le dije que no me importaba. Pero por dentro sí me importó un poco. No porque quisiera volver con él, sino porque me dolió que me hablara así delante de Silas.

Esa tarde, cuando volví a casa, mi madre estaba en la sala con una carta en la mano. Era una carta de la academia que decía que había bajado mis notas en matemáticas. Me preguntó qué me pasaba, que antes era la mejor. Le dije que me había distraído. No le conté nada del local, ni de Tizón, ni de Silas. Solo le dije que iba a estudiar más.

Subí a mi pieza y abrí mi cuaderno. En la página donde había escrito El Susurro Salvaje, escribí abajo, con letra chica, local de la señora del delantal azul, 1 mes gratis, libro de la señora Lía, ayuda de Leo, libro de Silas en dos días. Lo leí y sentí que por primera vez tenía un plan que no dependía de que alguien me quisiera. Era un plan mío.

Tizón estaba en el cobertizo, pero esa noche lo escuché igual, como si estuviera en mi cabeza, ronroneando bajito. Me dormí pensando en la ventana grande del local y en cómo iba a entrar el sol por ahí en la mañana.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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