Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 23
La mañana siguiente amaneció gris y silenciosa. Elara llegó al hospital con el corazón más ligero después de la conversación con Kael, pero una inquietud persistente seguía anidando en su pecho. La carta de su madre, el baile, las propuestas de matrimonio... todo eso seguía ahí, esperando su momento para complicar las cosas.
Pero hoy no quería pensar en eso. Hoy quería concentrarse en el trabajo, en los pacientes, en la rutina que le había dado un propósito en esta nueva vida.
Llegó a su oficina y comenzó a organizar los informes de la semana anterior. Elías, el paciente al que había operado la astilla, estaba en plena recuperación. La niña de la fiebre reumática ya había sido dada de alta. Todo parecía ir bien.
Fue entonces cuando encontró la carpeta.
Estaba en el estante más bajo de su oficina, donde guardaba los papeles que no sabía dónde poner. Una carpeta vieja, de cuero desgastado, que no recordaba haber visto antes.
La abrió con curiosidad y encontró varios documentos, todos escritos con la letra firme y meticulosa que reconocería en cualquier parte.
Emilian Hawthorne.
Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía cómo había llegado esa carpeta a su oficina, pero la curiosidad pudo más que la prudencia.
Se sentó y comenzó a leer.
Los primeros papeles eran informes médicos de hace años, escritos en un lenguaje formal y frío. Pero luego encontró algo diferente: una carta. No era un informe. Era una carta personal, escrita a mano, con la tinta desvaída por el tiempo.
"Mi querida Nelly..."
Elara se detuvo. Elena. ¿Quién era Nelly?
Siguió leyendo.
"...No puedo expresar con palabras lo que siento al saber que estarás esperándome cuando regrese. La guerra es dura, pero la idea de volver a verte me da fuerzas para seguir. Prometo que cuando todo esto termine, te llevaré lejos de aquí. A un lugar donde no haya sufrimiento ni muerte. Solo tú y yo."
Elara sintió un nudo en la garganta. No era una carta cualquiera. Era una carta de amor.
Bajó la mirada y vio el nombre al final.
"Con todo mi amor, Emilian."
Elara dejó la carta sobre la mesa y respiró hondo. Emilian había tenido una prometida. Y por el tono de la carta, la había amado profundamente.
¿Qué había pasado?
Siguió buscando y encontró más documentos: registros militares, informes de batalla, un certificado de defunción.
El nombre de Nelly aparecía en todos ellos.
Elara los leyó con atención, sintiendo cómo el peso de la historia se posaba sobre sus hombros. Nelly había muerto en la guerra del norte. Había sido cirujana de campo, como Emilian. Y según los informes, había fallecido en un ataque enemigo mientras atendía a los heridos.
Pero lo que más llamó la atención de Elara fue un informe adjunto: un registro de la operación que Emilian había realizado. El informe estaba detallado, frío, casi impersonal. Pero al final, en una nota escrita a mano, la letra de Emilian decía:
"No pude salvarla. No pude salvar a nadie."
Elara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Él había estado allí. Había intentado salvarla. Y no había podido.
Eso explicaba todo. Su frialdad, su distancia, su miedo a abrirse. No era que no sintiera; era que tenía miedo de volver a perder.
Elara guardó los papeles en la carpeta y la cerró con cuidado. Sabía que no debería haberlos leído, que aquello no era asunto suyo. Pero ahora lo sabía, y no podía fingir que no.
Emilian la encontró en su oficina horas después. Ella estaba sentada, mirando la ventana, con una expresión que él no sabía interpretar.
—¿Has estado bien? —preguntó, entrando—. Esta mañana no te vi en la sala de urgencias.
Elara se giró lentamente.
—Estaba... organizando unos papeles. —Su voz sonó más suave de lo que pretendía.
Emilian se acercó y notó la carpeta sobre la mesa. Su expresión cambió al instante.
—¿Qué es eso?
Elara siguió su mirada y supo que no podía mentir.
—Encontré esta carpeta en mi oficina —dijo, con calma—. No sé cómo llegó aquí. Pero... la abrí.
Emilian se tensó. Dio un paso hacia ella y tomó la carpeta, abriéndola con rapidez. Al ver los documentos, su rostro se volvió pálido.
—Esto no es asunto tuyo —dijo, con voz fría—. No deberías haberlo leído.
—Lo sé —respondió Elara, sin apartar la mirada—. Lo siento. Pero ya lo he hecho.
Emilian la miró con una mezcla de ira y dolor. Su mandíbula se tensó, y sus dedos se aferraron a la carpeta como si quisiera romperla.
—No tienes derecho a husmear en mi pasado.
—No estaba husmeando. Estaba en mi oficina.
—No es excusa.
Elara se levantó lentamente.
—Emilian, entiendo que esto te duele. Pero no estoy aquí para juzgarte. Ni para sentir lástima por ti.
Él la miró con desconfianza.
—¿Entonces?
—Quiero ayudarte.
—No necesito ayuda.
—Todo el mundo necesita ayuda.
Emilian soltó una risa amarga.
—¿Y tú crees que puedes ayudarme? —dijo, con un tono que bordeaba el sarcasmo—. ¿Tú, que apenas me conoces? ¿Tú, que tienes una vida llena de secretos que ni siquiera te atreves a compartir?
Elara sintió el golpe de sus palabras. Era cierto, ella también tenía secretos. Y por mucho que confiara en él, aún no podía contarle la verdad sobre su origen.
—Tienes razón —admitió, con honestidad—. No te he contado todo sobre mí. Pero eso no significa que no pueda entender tu dolor.
Emilian guardó silencio.
—¿Sabes qué hice después de que ella murió? —preguntó finalmente, con voz baja—. Me encerré en mi trabajo. Operaba sin descanso. No dormía, no comía, no hablaba con nadie. Creía que si salvaba suficientes vidas, algún día podría compensar la que no pude salvar.
Elara sintió un nudo en la garganta.
—Pero no funcionó —continuó él—. Porque cada vez que salvaba a alguien, recordaba a ella. Cada vez que perdía a alguien, sentía que la perdía a ella de nuevo.
Elara dio un paso hacia él.
—No tienes que cargar con eso solo.
Emilian la miró, y por un instante, su máscara se resquebrajó.
—¿Y qué quieres que haga?
—Solo quiero que sepas que estoy aquí —dijo ella, con voz suave—. No para juzgarte, ni para sentir lástima. Solo para escucharte. Para estar contigo.
Emilian la observó en silencio. Sus ojos oscuros buscaban algo en los de ella, algo que le diera una razón para confiar.
—¿Por qué haces esto? —preguntó finalmente—. ¿Por qué te empeñas en quedarte a pesar de todo?
Elara sonrió.
—Porque vales la pena, Emilian. Y porque no quiero que estés solo.
El silencio se hizo pesado. Emilian la miró un momento más, y luego, con un movimiento que pareció costarle un esfuerzo, dio un paso hacia ella.
—No sé si puedo hacer esto —admitió, con voz ronca—. No sé si puedo volver a abrirme.
—No tienes que hacerlo todo de una vez —respondió Elara—. Solo quiero que sepas que estoy aquí.
Emilian la miró, y por un momento, el tiempo se detuvo. Luego, lentamente, extendió una mano y rozó su mejilla.
—Eres increíble, Elara —dijo, con voz apenas audible—. No sé qué he hecho para merecerte.
Elara sintió que el corazón se le desbocaba en el pecho. La distancia entre los dos se volvió insoportable.
—No has hecho nada —respondió ella, inclinándose apenas un milímetro más hacia él—. Solo estás siendo tú.
Emilian rompió el último espacio entre sus rostros. Su mano se desplazó de la mejilla hacia la nuca de Elara, enredando los dedos en su cabello para atraerla con una necesidad contenida durante demasiado tiempo. Cuando sus labios finalmente se unieron, el mundo pareció detenerse.
No fue solo un rose; fue un beso profundo y ardiente, una explosión de todo el dolor, la gratitud y el deseo reprimido que ambos llevaban a cuestas. Elara ahogó un suspiro contra su boca, respondiendo al contacto al sujetarle con firmeza las solapas de la ropa, buscando anclarse a él. El calor de Emilian la envolvió por completo, transformando la fragilidad del momento en una chispa viva y apasionada que les aceleró la respiración a ambos.
Cuando finalmente se separaron apenas unos centímetros, él apoyó la frente contra la de ella, intentando recuperar el aliento sin romper la cercanía.
—Gracias —susurró, con los ojos aún entreabiertos y la voz quebrada por la emoción.
Elara sonrió, con los labios todavía tibios y el pulso latiendo con fuerza en sus oídos.
Elara sonrió.
—No tienes que agradecerme.
Emilian la abrazó, y ella sintió que, por primera vez, él no estaba huyendo.
Pero en el fondo de su mente, las palabras de él seguían resonando.
"Tú tienes una vida llena de secretos que ni siquiera te atreves a compartir."
Sabía que, tarde o temprano, tendría que decirle la verdad.
Y eso la aterraba más que cualquier otra cosa.
...⁜...
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que alguien me explique 🤔🤔🤔